jueves, 12 de diciembre de 2013

Crítica: LA KERMESSE HEROICA (1935)

JACQUES FEYDER











Magistral comedia francesa, no muy conocida, del director Jacques Feyder realizada en 1935, este último dato no deja de sorprender cada vez que se disfruta de su vusionado… Una obra maestra fresca divertida y sorprendente.

Una de las cosas más llamativas es lo bien tratados que somos los españoles en esta cinta a pesar de ser francesa, si bien es cierto que el director es belga. La Kermesse, que son los festejos típicos que se celebran cada año en los Países Bajos, en este caso en el pueblo holandés de Boom (ficticio), es el ambiente elegido para esta singular comedia. En medio de los preparativos de la celebración 3 jinetes traen el mensaje de que un tercio español pasará por el pueblo y se alojará en el mismo unos días. Flandes estaba bajo domino español, es 1616 la fecha donde se sitúa la acción, bajo el reinado de Felipe III. Si bien dicha dominación no era muy severa los recuerdos de la guerra atemorizaban a los ciudadanos, como es lógico. Era una época de tregua en las rebeliones flamencas, la famosa guerra de los 80 años (1568-1648).




La noticia de la llegada del tercio supone un caos en el pueblo, que cree que pueden ser arrasados y devastados por el ejército español.  Así los hombres y grandes autoridades del pueblo ingenian un plan donde el burgomaestre se haría pasar por muerto. Ante la cobardía mostrada por los varones, serán las mujeres las que se encarguen de gestionar la llegada del tercio español.



Con una fluidez narrativa como sólo el cine clásico logra, en la fase de exposición se plantean todos los conflictos, tramas y personajes de la historia de forma sublime, dando el tono divertido, ágil y fresco que tendrá toda la película de principio a fin.


Con una estética que homenajea a los artistas flamencos y su estilo y que invade todos los planos, Feyder retrata con ironía, cariño, frescura, brillantez y sin ningún complejo a la comunidad de Boom.



Los aspectos técnicos son como mínimo tan brillantes como los temáticos, una dirección soberbia con unos movimientos de cámara espectaculares y sorprendentes para la época, una fluidez narrativa y en la puesta en escena  que deja anonadado; cómo se mueven los actores por el decorado; cómo juega con el fuera de campo a lo Lubitsch; con la frescura y desparpajo que toca temas arriesgadísimos y atrevidos para la época y con unas interpretaciones donde todos están impecables. El guión es magnífico y el ritmo trepidante sin un solo bache y lleno de hallazgos, como todos los aspectos anteriores. Es un placer para el espectador. Una de las grandes comedias de la historia.





En esa estética buscada basada en los pintores flamencos y holandeses tenemos que mencionar algunos de ellos que pudieron servir de inspiración. Así podríamos distinguir a Vermeer, Rubens, Van Ostade, Teniers, Ruysdael, Rembrandt, Brueghel… en los exteriores y también los interiores, en las escenas de fiestas y en las de rutina, vamos, en casi todas.









Desde el comienzo Feyder muestra el carácter positivo y alegre de sus gentes de forma entrañable. Como ejemplo, a la llegada de los tres jinetes que antecede al tercio español y crea toda clase de estropicios comportándose con una total falta de educación y respeto, haciendo que se entienda mejor y se haga más comprensible el miedo que tienen los hombres a la llegada de los soldados españoles, el pueblo en general no se lo toma a mal, sino que incluso se oyen comentarios sobre la habilidad de los jinetes. Magnífico.



En esta primera parte, como digo, hace un retrato entrañable del pueblo holandés así como se ríe de él sin ningún complejo. Vemos ese ejército “amateur” que apenas sabe usar las armas y que es el primero en huir cuando entran los 3 jinetes con las noticias de la llegada de los españoles, al carnicero peripuesto para ser retratado y la vida rutinaria en el pueblo y con los preparativos de La Kermesse





Desde ese mismo comienzo vemos a unas mujeres decididas y con personalidad y a unos hombres que ostentan el mando por tradición pero que son débiles y cobardes, y a los que Feyder no duda en ridiculizar, en lo que es un tema en el que hace especial hincapié, el de ridiculizar la autoridad o la supuesta autoridad. Así el retrato que hará del burgomaestre (André Alerme) y sus subordinados es tronchante y más con el contraste del lado femenino del pueblo en general y de la mujer del burgomaestre en particular. 



Mujeres trabajadoras, pescaderas o amas de casa, vamos viendo escenas de una naturalidad y frescura asombrosas. Que las mujeres sean más decididas y hagan gala de una mayor personalidad y los hombres parezcan cobardes no está planteado de un modo maniqueo, ya que hay retratos masculinos positivos y femeninos no tanto, si bien es cierto que retratos negativos no hay ninguno realmente reseñable, todo está bañado con un sentido del humor alegre y sano. Así son la mujer del burgomaestre, Cornelia de Witte (Françoise Rosay), y su hija, Siska (Micheline Cheirel), en cambio el burgomaestre, Korbus de Witte (André Alerme) que se muestra autoritario con sus subordinados no lo es tanto con su mujer, y el novio de la chica, Julien Breughel (Bernard Lancret), también es indeciso a la hora de la verdad aunque se haga valer en su trabajo. Hombres prácticos y mujeres más románticas es otra característica que vemos en este inicio. 







Los enredos amorosos a lo Lubitsch con salidas y entradas en habitaciones y con gags físicos tronchantes son una de las grandes virtudes de la cinta. Los diálogos son extraordinarios, frases como “cuando un marido es amable es porque te está engañando” no tienen precio. Por supuesto es el mundo femenino el que se preocupa por los sentimientos en líneas generales, ante la frialdad, practicidad e intereses del masculino. Las dotes de seducción, manipulación y la inteligencia femenina para manejar a los hombres están perfectamente retratadas con sutileza y brillantez, reivindicando lo femenino.



Es que la película es muy grande, como esa escena donde la mujer del burgomaestre le echa la bronca por su decisión de casar a su hija con alguien al que ella no quiere en medio de la calle y todo el pueblo va cotilleando a su paso. La vida misma. La entrada en la casa consistorial del jinete, sin palabras, es soberbia, pero es que todas las escenas lo son. Una de las más sorprendentes es la del imaginario asalto de los españoles al pueblo una vez que llegan, de una rudeza, crueldad y explicitud que deja anonadado. Espectacular.





El retrato ajustadísimo, divertidísimo y profundo de todos los personajes y sus caracteres, estando a la vez integrados en la historia que se cuenta, es perfecto, sobre todo en una película que no escatima en personajes con diálogo.











Ante la inminente llegada de los españoles y el miedo atroz que sienten en el pueblo, los mandamases planean algo absurdo y reivindican su orgullo de macho ante las féminas diciendo que se trata de “intereses superiores que no incumben a las mujeres”… Por supuesto quedarán en ridículo. Es asombroso como se mezclan los gags, ya sean de diálogo o físicos (bromas culturales incluidas), y la narración de la historia con el retrato de las rutinas del pueblo, sus quehaceres y trabajos, con una naturalidad y precisión perfectas.



La modernidad de sus planteamientos no dejará de sorprender nunca, ese alegato en favor de la mujer, de su valía, y de ridiculizar la autoridad y determinadas tradiciones patriarcales, del autoritarismo y el “mando porque sí”, es maravilloso.


Como ya comenté, a los españoles se les deja en muy buen lugar, algo supuestamente sorprendente tratándose de una película francesa, incluso a la iglesia, representada en el cura dominico interpretado por Louis Jouvet, se la trata con amabilidad, sin que ello signifique que no haya elementos de crítica en todas direcciones.





El enredo de la fingida muerte del burgomaestre y la encomiable labor de su mujer tejiendo todas las tramas para lograr sus propósitos es exquisito, con un humor moderno, ágil y regocijante. La fiesta con los españoles es desbordante en lo técnico y lo artístico, con las pueblerinas relacionándose y quedando fascinadas con los soldados españoles, con escenas de sutil sexualidad, como esa patrona de la taberna que va entrando en sucesivas habitaciones recibiendo los “favores” de los soldados que están en ellas, en unas escenas muy lubitschianas, donde entra y sale de las habitaciones pero no vemos lo que pasa en ellas, salvo como se corren las cortinas del interior. También se muestra la buena disposición de los españoles, que ante un robo a una mujer del pueblo castiga sin contemplaciones al ladrón. El tratamiento del adulterio está retratado con tanta gracia y superficialidad que es realmente divertido. La inteligencia de la protagonista, la mujer del burgomaestre, Cornelia, está perfectamente desarrollada en todo momento, como por ejemplo cuando se ve a ella misma aplaudiendo efusivamente un baile en la fiesta y se corrige al ver la actitud más calmada del monseñor, interpretado por Jean Murat, el Duque de Olivares. Es muy graciosa también la mujer que intenta flirtear y ligar con varios de los soldados sin suerte.




Más escenas comentables (casi todas) son la contemplación del cuadro y su análisis crítico por parte de los españoles con disparidad de opiniones o las sorprendentes escenas de homosexualidad latente de un soldado español de modales exquisitos y muy amanerado, en el colmo de la libertad y riesgo que es esta película, no me puedo cansar de mencionar que es de 1935, primero rehusando las atenciones de esa mujer que busca una conquista, antes mencionada, (no tenía suerte la pobre), y luego hablando de costura con un afable holandés, marido de la anterior. Tronchante.

El Duque es la prueba o una de ellas de que todos los personajes masculinos no son ni mucho menos negativos, ya que es honesto, discreto y honorable.

Son muchísimos los temas, mercenarios que hablan de venderse al mejor postor, la liberación de las mujeres, reivindicación de lo femenino, retrato social, homosexualidad, la iglesia, la autoridad, el honor, la cobardía... que se ven entremezclados en la exquisita trama de “La Kermesse Heroica”.

Lo peculiar se funde con lo cotidiano, esa escena de la cena con el monseñor y la esposa del burgomaestre, con ese enano que creen un niño pero que en realidad está lejos de serlo y los intentos por manejar tenedores y cuchillos, son ejemplos de la absoluta brillantez que tiene la película.



Escenas de fiesta, vodevil de altura, y esa relación entre la mujer del burgomaestre y el Duque, que no llega a nada por los principios de una y otro, donde la honestidad y las buenas formas se imponen a lo demás, se van sucediendo hasta una conclusión que deja un sabor de boca extraordinario pero en el que se mezclan sentimientos de alegría y cierta nostalgia. Al fin y al cabo triunfa el amor, especialmente el de la joven pareja que quiere casarse, muy románticos ellos, que hablan de morir a cuchillo o con veneno si su amor no es posible. Todo en ese tono descarado y atrevido que tiene esta película impecable.




Con un derroche de medios extraordinario, donde se recreo la aldea flamenca en su totalidad así como muchos interiores, todos los aspectos técnicos son del más alto nivel. Un guión majestuoso, grandísima fotografía, las interpretaciones inmejorables y una dirección perfecta que muestra todo tipo de recursos, manejando grandes multitudes, un número elevadísimo de extras, encuadres de todo tipo, una maestría con la cámara alucinante, con unas panorámicas, unos travellings y unas grúas absolutamente espectaculares y sorprendentes para la época... Todo de una modernidad y un nivel técnico que no desmerece a nada ni a nadie en tiempo y forma. Las escenas con muchedumbres son para revisar una y otra vez y los movimientos de cámara lo mismo.
































Estamos, sin duda, ante una de las mejores comedias de la historia del cine.





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