lunes, 26 de octubre de 2015

Crítica: BEE MOVIE (2007)

STEVE HICKNER, SIMON J. SMITH









Hubo un tiempo, finales de los 90, principios de 2000, donde llegué a pensar que rara iba a ser la película de animación que no fuera una joya o cuanto menos algo apreciable, pero esta fugaz idea sólo era producto de mi entusiasmo por la irrupción de Pixar y mi tendencia a la esperanzada positividad. Uno es un ingenuo, en realidad. Los “Toy Story” y toda Pixar en general, “Shrek”, los productos orientales de Miyazaki… Todo esto esperando las Navidades para los estrenos, pero el éxito llevó a una expansión global y una paulatina disminución, como es lógico, de la calidad. Así surgieron subproductos mediocres o intrascendentes que en muchos casos parecían pretender copiar o servirse de éxitos pasados. Disney buscando afinar con productos más que prescindibles, como “Chiken little” (Mark Dindal, 2005), un éxito bastante vulgar;  Dreamworks buscando su sitio, que con la salvedad de “Shrek” ofrecía títulos discretos: “El espantatiburones” (Bibo Bergeron, Vicky Jenson y Rob Letterman, 2005), “La ruta hacia el dorado” (Bibo Bergeron, Don Paul, 2000), “Spirit: El corcel indomable” (Kelly Asbury, Lorna Cook, 2002), “Madagascar” (Eric Darnell, Tom McGrath, 2005) o esta que nos ocupa, “Bee movie”, un título mediocre e insulso que sólo parecía tener el aliciente de la presencia de Jerry Seinfeld, conocido por la serie de culto “Seinfeld”, creador de la historia, que además prestaba su voz al personaje protagonista. Aquí el protagonista fue doblado por Arturo Vals.



Los parecidos con “Hormigaz (Antz)” (1998) han sido resaltados, pero quedando a mucha distancia de la película dirigida por Eric Darnell y Tim Johnson, también en Dreamworks.

Una abeja recién salida de la universidad, Barry B. Benson, tres “bes”, aspira a algo más que al rutinario trabajo de abeja, hacer miel, con lo que no se le ocurre otra cosa que demandar a los humanos por consumir su producto.




La presentación del protagonista y su mundo, como no podía ser de otra manera, es fresca, con apuntes simpáticos: ese acicalamiento y la relación con sus padres, las bromas temporales por la limitada vida de las abejas, sus tópicos, la muerte tras usar el aguijón…



Una estética melosa acorde con esa sustancia que vertebrará la narración, pero lo cierto es que la película vaga hacia ninguna parte, buscado bromas con irregular acierto. Toda la descripción del mundo de las abejas, su división del trabajo, resulta eficaz, pero poco llamativa, visualmente coherente, pero sin brillantez. Los planos voladores, sostenidos y en ocasiones subjetivos, resultan de lo mejor en el aspecto visual del film. Una animación que no es para enmarcar precisamente.





Se marca la diferencia de nuestro protagonista con respecto al resto, que asume con felicidad su rutinaria vida, robótica y ordenada, preestablecida y obediente. Una sociedad perfectamente organizada en la que un espíritu libre, un amante del libre albedrío, no tiene cabida. Barry, en cambio, es más “artístico”, un espíritu libre que a veces se insinúa como un vago. Su carácter fanfarrón, bromas sexuales con abejas que son primas lejanas… pretenden dar encanto y lustre al inicio de la película. Aventurero e intrépido, bien dibujado sin excesivas profundidades. Otra cosa es el sentido y la coherencia de este inicio de la trama, así como del resto de la película. Esas coincidencias con los jugadores de tenis, esa decisión de que acompañe a los recolectores, la relación con la mujer… En esa búsqueda por encontrar bromas efectivas se recurren a demasiadas tonterías sin sentido y sin la pretendida gracia.



Mi escena favorita es la de las pelotas de tenis y todo lo que ocurre a continuación, con mención especial a esa petición de socorro a cámara lenta.


La broma sobre Ray Liotta es buena y da inicio al conflicto principal de la película, su supuesta originalidad, la denuncia a los humanos por consumir miel. También es simpático el momento en el parabrisas del coche junto a otros insectos, un clásico de la vida. La versión abeja de Larry King es otro punto divertido. Más famosos: Woody Allen o Sting en el juicio. En dicho juicio, Liotta está tronchante, con mención a “Uno de los nuestros” (Martin Scorsese, 1990) incluida. Winnie de Pooh también recibirá su merecido.




Solamente un terrón, son la competencia”.

La insinuación de una historia amorosa entre la abeja y la chica sencillamente ofende. Tampoco se le saca partido a esa sociedad de abejas que prometía muchos tras la presentación.





La parte del juicio, entre chascarrillos, resulta débil e intrascendente, paso previo a la resolución del conflicto sobre el equilibrio natural. La sentencia es otro ridículo lamentable de la película. El objetivo reivindicativo del héroe se antoja una chorrada, un monumento a su ego sin sentido alguno que se vuelve en su contra recibiendo una lección moral. El caso es que tanto lío para todo esto deja un poso de vacuidad en toda la película. Que la abeja Barry recurra a un argumento sencillamente científico tras haber ganado un juicio donde esos aspectos se omitieron tranquilamente nos lleva al absurdo completo, algo no justificable ni siendo generoso con las reglas de la propuesta, porque es una incoherencia que va más allá de ellas. Si no hay polinización todo se ve afectado… ¡Un hallazgo!



Es decir, la película acaba dejando todo como estaba previsto al principio, con una aventura vacua de por medio. Con todo, no debe considerarse una apología del conformismo, sino de la aceptación del rol que cada uno tiene, especialmente con sus obligaciones. Lo peor de todo es que la broma final, con Barry de abogado asociado a Vanessa, consiste en reiterar el error cometido en su absurda aventura, es decir, defender vacas que piden remuneración por su leche y todos los productos que se hacen con ella etc.





-Vaca: ¿También es abogado?

-Mosquito: Señora, yo siempre fui un parásito chupasangre, no más me faltaba el maletín.




Lo mejor es que la película puede, y debe, entenderse como una crítica al absurdo del ecologismo, una crítica a esos movimientos ridículos de amor a la naturaleza que no hacen sino perjudicarla, poniendo prioridades surrealistas y jerarquías absurdas que no llevan más que al patetismo. Ese ecologismo que no ama la naturaleza, simplemente no la entiende, capaces de anteponer un animal a una persona, la asepsia buenista al orden y el equilibrio natural, la demagogia barata que tanto daño hace en todos los ámbitos.

La escena del avión roza el ridículo, pero supongo que satisfará a los niños, si bien no parece una película en su fondo muy destinada a ellos. Al menos nos despedimos con una versión del “Here comes the sun” que escribió George Harrison. Renée Zellweger pone voz a Vanessa, Matthew Broderick a Adam. También aparecen John Goodman y Chris Rock entre los dobladores.


Un título repleto de gratuidades de guión, contradicciones, vulneración de sus propias normas, saltos absurdos e ilógicos, una estructura errática y caprichosa salpicada de algunas bromas efectivas. Según vamos descubriendo cosas la película se va hundiendo. De más a menos sin volar nunca a gran altura. Una película que cumple y poco más, que sirve para pasar el rato a duras penas gracias a algún sketch fresco y si no le exiges mucho, o más bien nada.







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