domingo, 30 de octubre de 2016

EL DESAYUNO

RELATO









Se levantó con energía, se puso una camiseta y se fue hacia el baño. Se lavó la cara y los dientes y preparó la ducha. Escuchó a su madre, que también se había levantado. Se acercó a su habitación, se desearon buenos días y se dieron un beso.

Una vez duchado y vestido atravesó el pequeño jardincito de la casa y se metió en la cocina a preparar los desayunos. Hacía un día estupendo, una temperatura templada y un sol prometedor. Los pájaros trinaban con especial entusiasmo.

Cogió las tazas, echó azúcar en ellas, sacó unas galletas y las colocó en unos platos con mucho mimo. Siete para cada uno, como todas las mañanas. Llenó dos vasos de zumo de naranja. Puso a calentar el café y encendió un cigarro. Se apoyó en el quicio de la puerta mirando hacia el jardín.

Una pequeña inquietud apareció. Ese día era importante, tenía una entrevista que podía cambiarlo todo. Las esperanzas revoloteaban por el aire. La posibilidad de un contrato cinematográfico para una de sus novelas era una perspectiva inmejorable, y la reunión de esa mañana era clave. Revisó su móvil entre calada y calada, distraídamente, mientras esperaba que la cafetera diera el visto bueno. Un pellizco de angustia y tensión lo atenazó suavemente mientras el café comenzaba a borbotear.

Las cosas le iban francamente bien, estaba cumpliendo sueños que parecían imposibles, pero al ver la posibilidad de dar un paso más, de subir aún más alto, de llegar hasta donde jamás pensó, la angustia y el temor de no lograrlo, de que la noria se parase, le acongojaban. Quizá producto de la ambición, quizá de su carácter perfeccionista.

Entró, agarró la cafetera y vertió el líquido en las tazas. Su ritmo pareció ralentizarse conforme le daba vueltas a las cosas. ¡Maldita sea! ¡Pensar no trae más que problemas! Sacó leche fría de la nevera y echó con tiento un buen chorro en el café de su madre y otro cortito en el suyo. Removió ambas tazas y las colocó en los platos.



Miró por la ventana un momento, varios insectos revoloteaban distraídos, una pequeña y juguetona nube gris apareció por el horizonte y dio al día una nueva luz metalizada. Apagó el cigarro.

Puso todo en una bandeja y llevó los desayunos a la salita, colocó una servilleta en el lugar que ocupaba su madre en la mesa y otra en el que se disponía a ocupar él. Distribuyó los platos y las tazas con el sonido de la televisión que veía su madre de fondo.

Mamá, hoy puede ser un gran día”- le dijo. Su madre giro la cabeza lentamente, como absorta en sus pensamientos, como si llegara a regañadientes de otro mundo, uno al que el programa de televisión le hubiera llevado, y un pánico irrefrenable, un terror manifiesto, se apoderó de sus ojos al mirarle.


Ese miedo, ese pavor impotente, se contagió a los ojos, al rostro y al cuerpo del hombre cuando su madre le contestó: “¿Y tú quién eres?


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