martes, 13 de diciembre de 2016

Crítica EL SER DEL PLANETA X (1951)

EDGAR G. ULMER










¡Ay! La ciencia ficción de serie B de los 50. ¡Cuántos buenos ratos! Ya sea por esos títulos de increíble calidad que han trascendido el tiempo, algunos incluso se han mantenido ocultos para el gran público, como por los entrañables, ingenuos y descacharrantes desastres sinsentido que produjo.

Aquí os traigo una que es modelo de los dos, una película que no es del todo mala (tampoco buena), pero que tiene cosas absolutamente surrealistas que dejan perpleja la mirada cariñosa e ingenua con la que la vemos. Hay algunas buenas ideas y una estupenda atmósfera, pero también es mediocre en muchos sentidos, y como ocurre en tantas series B de este tipo, el espectador debe ser generoso, poniendo de su parte. Entiende lo que le quieren contar, aunque lo que ve plasmado en pantalla resulta absurdo o incoherente.



Dirigida por Edgar G. Ulmer, director de la magistral “El desvío” (1945), “El ser del planeta X” tiene en los recursos estéticos, expresionistas y atmosféricos sus más destacadas virtudes. La noche, las rocas, los lugares escarpados y de difícil acceso, la niebla, que evita que se vean las costuras (esos fondos pintados y discretos decorados, ese planeta que parece hecho en una clase infantil de manualidades, la nave descubierta…) de la misma forma que potencia el look y la atmósfera…


También en el encuadre destaca la dirección de Ulmer, como en la presentación del protagonista, ocultando su rostro voluntariamente (espalda, mano sobre el rostro, algún elemento del decorado que lo tapa…). La planificación clásica es la constante, con secuencias largas sin corte o del plano general a planos más cortos. Planos largos sin corte con personajes yendo y viniendo a primer plano, es otro rasgo que podemos ver repetido.



En contrapicado John y el profesor Elliot tendrán su primera conversación sobre las investigaciones del segundo y el misterioso planeta.



A ras de suelo, enfatizando el momento, encuadrará el grito de la chica desde la distancia cuando entre en la celda donde tienen al extraterrestre, logrando una mayor expresividad.



De inicio, la sencilla puesta en escena nos va llevando en exteriores de lo normal, una agradable y plácida playa, a lo tenebroso, un pantanoso y tétrico entorno para situar el castillo donde tendrá lugar la acción, rodeado por la niebla. Es ahí cuando la voz over del protagonista, John Lawrence (Robert Clarke), relatará un misterioso y terrorífico encuentro con un extraterrestre y un futuro y próximo enfrentamiento con él.


Ulmer va introduciendo elementos extraños, narrativos y visuales, para acrecentar la tensión y el suspense. La aparición de un nuevo planeta extrañamente cercano a la Tierra que amenaza con colisionar y que provoca el desconcierto. Hechos y ondas extrañas, rayos sin truenos y la aproximación constante del planeta hacen temer lo peor, y todo parece localizarse en una zona, Burry, investigada por el profesor Elliot.

Esa aparición del “Planeta X” descubierta por el profesor Elliot (Raymond Bond), llevará al periodista John Lawrence a Burry para visitarle, ya que el científico prometió cederle la exclusiva a él.

En Burry se nos presentarán al resto de personajes. La chica, Enid Elliot (Margaret Field), hija del profesor; el propio profesor Elliot y el siniestro Dr. Mears (William Schallert), que da mal rollo desde que lo vemos por allí.


Enid y John se conocieron cuando ella era una niña. Han pasado 6 años y el periodista ya se pone a ligar con ella, es decir, en cuanto fue legal nuestro protagonista fue a saco… Él es americano, mientras que el profesor y su hija son británicos.


Sobre Mears, que se presenta desde el inicio como el villano de la función, aunque algo confusamente, se nos informará de ciertas circunstancias de su pasado, para que quede claro que es el malo, aunque no hacía falta porque Mears se esmera con denuedo en parecer siniestro. Un pasado de exconvicto del que John y Enid hablarán como cotillas a sus espaldas, de lo que Mears se enterará. Aquí sentimos más empatía por Mears que por los cotillas, bien es cierto. La chica se deja llevar, pero el periodista es un tiquismiquis bastante borde (con Mears especialmente). Lawrence llegará a llamar a Mears “ambicioso”, que es como absurdamente nos lo han querido mostrar, y el espectador enseguida piensa que se le podrían llamar cosas peores si lo que se pretendía era insultarlo… Mears siempre se está ocultando, aunque la mayoría de veces no sabemos por qué, ya que en la escena siguiente aparece y habla de cualquier tema con total naturalidad... Ya su aparición en casa de los Elliot es extraña, acogido por el profesor al verle desvalido y sin dinero…




Lo que pretende Mears no es nada extraño: investigar para intentar reproducir el material del artefacto que encontraron al azar, que tampoco es un delito, pero Lawrence lo mira como si le planteara resolver una integral… La extraña máquina, que confundieron con un meteorito, es de material ligero y más duro que el acero, desconocido en la Tierra, por lo que deducen sagazmente que debe venir del espacio…


Enid es intrépida y osada, como demostrará acercándose sola a la nave extraterrestre. Se merece el susto, pero bien por ella... Allí verá a una criatura extraterrestre.




Esto llevará a una expedición donde se sumará el profesor Elliot, que será alcanzado por una luz que parece someter su voluntad.




En estas idas y venidas hacia la nave y el extraterrestre, con esos intentos de comunicación, hay cierta reiteración que sirve para rellenar los 79 minutos que dura la película. En los primeros intentos de comunicación, infructuosos, tendremos algunas de esas cosas irrisorias que nos regala la película, como la repentina asfixia del extraterrestre, que tiene la última tecnología pero el tema de las válvulas no lo controla. Podría entenderse como un truco del alien, pero no tiene pinta. El extraterrestre es una especie de E.T. para torpes.




Algunas de las apariciones del E.T son interesantes, repentinas (en la nave), en off (tras la mirada aterrada de Enid)...




Hay múltiples lagunas de guión e incoherencias. Algunas ya están citadas, otras irán apareciendo. Los tiempos no se manejan del todo bien, como en la noche donde Mears pretende sacar información del extraterrestre y acaba atacándolo y quitándole el oxígeno, donde no se define bien la duración de la noche y la tardanza de Lawrence en ir a la farmacia, tras cambiar la rueda al coche pinchado. Ambas situaciones no parecen concordar y la duración de la noche se hace extremadamente corta. La escena del cambio de rueda resulta bastante ridícula, parece querer presentar al policía exclusivamente.



Las desapariciones comenzarán a multiplicarse, dándole un nuevo impulso a la narración y un aceptable interés y suspense. Primero serán Enid y el extraterrestre quienes desaparezcan sin dejar huella; luego dos aldeanos que buscan otros dos (no estaba la cosa para tirar el dinero en extras); más tarde Mears y la nave también se esfumarán. El profesor Elliot se unirá a los desaparecidos cuando el extraterrestre se valga de Mears, una vez lo tiene bajo su voluntad. El extraterrestre es capaz de anular la voluntad de cualquiera para someterlo a la suya.





Auténticos zombies. Dos de ellos intentarán atrapar a Lawrence, como hacen con otros para aumentar el ejército a las órdenes del extraterrestre que está fortificando su nave. Todo esto ocurre con el pueblo incomunicado, salvo por un mensaje lanzado in extremis a un barco que pasaba por allí, mensaje que será recibido, por lo que inspectores de Scotland Yard y el ejército llegarán para ayudar…


Aquí se les va la olla del todo. Al protagonista le dan 11 minutos para resolver la situación antes de ponerse a tirar bombas, que es para lo que suelen salir los ejércitos en las películas. Urge, ya que han deducido que los extraterrestres quieren invadir la Tierra para huir de su congelado y moribundo planeta. Esta idea la hemos visto en miles de películas posteriores.


El caso es que todo es absurdo. Desde los juegos con la válvula de oxígeno del extraterrestre a la misión del protagonista, que se planta solo sin mayor problema junto a la nave y le va diciendo a los “zombies” que se vayan de allí. Unos zombies desobedientes que en cuanto alguien les dice que hagan lo contrario lo hacen sin problema. ¡Traidores!





Lawrence es cruel, porque ordena escapar a todos menos a Mears, al que deja arrodillado hasta que acaba con el alien, para luego permitir que se dirija hasta su salvación previo empujón.

Así tenemos que la única resistencia es un único alien rodeado de un ejército, un alien al que físicamente le pueden todos, incluso Mears, como vimos en el calabozo, pero mandan sólo a Lawrence a que resuelva el asunto. Que uno piensa que mandando a tres o cuatro el problema se hubiera resuelto antes y con mayor eficacia, pero así son las cosas y lo cierto es que el protagonista hasta ese momento no había hecho nada heroico, así que había que compensar.



Para que no hubiera dudas de la victoria y para aprovechar el viaje, el ejército, una vez reducido el alien, se lía a lanzar bazucas y misiles sobre la zona por si acaso ha quedado alguna piedra encima de otra.

Mears es un personaje sin sentido, su relativa o supuesta maldad es absurda e incomprensible (no le vemos hacer apenas nada malo, salvo comportamientos extraños, pero ser raro no es ser malo), dibujado penosamente y totalmente prescindible.



Los drásticos cambios del alien también son de estudio. De aparente amigo a querer invadirnos… Si el alien se enfadó, con no “ajuntarnos” valía…




Regulera, mediocre, con su punto entrañable de “mega serie B” y alguna buena idea muy utilizada en el posterior cine de aliens.




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