jueves, 27 de octubre de 2011

Crítica: EL ÚNICO TESTIGO (1950)

ROY ROWLAND








Del mismo año que “La ventana indiscreta” y con una temática o punto de partida similar al de la obra maestra de Alfred Hitchcock, esta pasable película de intriga ha pasado bastante desapercibida. Quizá eclipsada por la maestría de la cinta protagonizada por James Stewart.
Sin ser en absoluto una mala película, todo lo contrario, es una cinta entretenida y muy digna, lo cierto es que sirve de ejemplo para ver como tratando un tema similar un gran maestro es capaz de hacer una de las mayores obras maestras de la historia del cine y otro sólo una discreta cinta de intriga.

Roy Rowland tenía todos los ingredientes necesarios para hacer algo realmente interesante, una historia atractiva y unos actores extraordinarios, George Sanders y Barbara Stanwyck.
Cheryl (Stanwyck) ve desde su casa como en el bloque vecino se comete un asesinato, aunque lo denuncia nadie la cree ya que no se encuentra ni el cuerpo, ni prueba alguna, lo que provoca que algunos, incluso la policía, la crean loca.
La película comienza con gran fuerza, un asesinato visto desde la ventana de enfrente (nos suena), un cadáver que no se encuentra (nos suena) y la imposibilidad de coger al culpable por falta de pruebas y porque nadie cree a la protagonista (nos suena también). Lo dicho, una primera escena, la del asesinato, que mete de lleno al espectador en la película y que sigue a buen nivel con la ocultación del cadáver por parte del asesino, un George Sanders tan cínico como de costumbre, en unas escenas de buen suspense. A partir de ahí la película va perdiendo fuerza de forma paulatina, y aunque con algún buen momento y alguna escena notable, no se acaba de recuperar ni siquiera en el final, un final más efectista y estruendoso que brillante.

En esas primeras escenas un viento huracanado mueve con violencia los toldos, un efecto atmosférico simbólico que resalta lo que acabamos de ver y las emociones y actos violentos que se acaban de comentar.
La película se convierte entonces en una persecución del perro al gato, donde la protagonista atosiga al asesino pero donde éste acabará logrando mediante un juego psicológico librarse de las sospechas y convertir a ese perro en gato, ya que logrará que se la vea como una persona desequilibrada.
Ese juego psicológico en que se convierte la película en su parte central si bien tiene grandes momentos y nos deja un buen villano repleto de crueldad y frialdad, pierde fuerza e interés con respecto al potente inicio, como ya comenté. Esto es debido a que la narración que potencia el suspense y el fuerte conflicto entre los protagonistas en base a la trama del inicio se va desvaneciendo, con lo que el suspense y la tensión flojean para dar preeminencia a los aspectos psicológicos. Con ello sólo logra que la trama quede algo difuminada y su fuerza inicial quede reducida al no haber nuevos elementos que sostengan el inicial planteamiento, nuevos giros en dicha trama.

Por tanto pasamos a ver una película que se pierde en divagaciones sobre el pasado nazi del villano (algo que no aporta nada), analizar las consecuencias psicológicas y posible locura de la protagonista, en un plan que, aunque interesante por parte del personaje interpretado por George Sanders, no tiene ni la consistencia ni la fuerza de la trama que se plantea de inicio.
Con todo, las maquiavélicas estrategias de ese villano ex nazi son atractivas y tienen el suficiente interés como para identificar al espectador con la sufrida protagonista. Una protagonista que se salva no por la brillantez de la investigación, sino por pura fortuna.

Una película muy intensa en sus primeros 20 minutos pero que luego se pierde en un juego psicológico de menos interés. La película, sin duda, se atasca en esa parte central, que va a trompicones y es sumamente reiterativa en situaciones (negaciones a las pruebas presentadas por la protagonista, falta de confianza del policía hacia ella, reinicio de investigaciones, investigaciones que no llevan a nada, no hay progreso por tanto…)
La relación entre el policía y el personaje de Barbara Stanwyck también tiene su interés ya que él nunca confía en ella, una relación difícil de mantener.
Parte de la pérdida de la fuerza de toda la parte central, la más psicológica, es debido al punto de vista adoptado por el director. No hay ambigüedad y conocemos en todo momento las maquinaciones del villano, lo que aunque nos identifica con la protagonista, cosa que también pasaría de no conocerlas, disminuye el suspense y la tensión. Un juego de inteligencia, con sus aciertos y defectos pero carente de emoción.
Las escenas en el sanatorio tampoco tienen la fuerza necesaria, se intuye la locura pero en ningún caso se toman riesgos estéticos.

Las interpretaciones son correctas, especialmente las de los siempre eficientes, cuando no sumamente brillantes, George Sanders y Barbara Stanwyck (una de las grandes actrices de la historia). Más discreto está Gary Merrill.
Un entretenimiento agradable y discreto sin más.








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