viernes, 24 de mayo de 2013

Crítica: INFIERNO 36 (1954)

DON SIEGEL










Nada más y nada menos que Don Siegel e Ida Lupino juntos, uno como director y la otra como guionista e intérprete. Buenas referencias para este estupendo thriller. Un Don Siegel que iba dando sus primeros pasos en la dirección y que se convertiría posteriormente en uno de los grandes nombres de su generación, especialmente con sus policiacos, y una Ida Lupino que destacó en todo lo que hizo, uno de los personajes femeninos más interesantes de Hollywood (actriz, guionista, directora…), una auténtica pionera que también tenía especial predilección por el thriller y el género negro, no hay más que recordar su “El autoestopista” (1953), por poner un ejemplo, su cinta más notable.


Infierno 36” es un estupendo título que muestra el talento de sus creadores, Siegel y Lupino, que escribe el guión junto a Collier Young. Tiene todos los componentes del cine negro clásico y la frescura de la mirada en la dirección de Siegel, que ya llevaba varios títulos fogueándose.

La noche, la ciudad, un edificio, un ascensor, un crimen, un aparente ascensorista con una cartera… un robo y un asesinato. De esta forma precisa y escueta inicia Siegel la narración de la película, depurado al máximo. Estamos en Nueva York.


También habrá una voz over, que sólo parecerá en esta presentación y en la conclusión. Ahora nos describirá brevemente la cuantía del robo, trescientos mil dólares, y la reapertura del caso en Los Ángeles. Un año después.

Siegel muestra muchos rasgos estilísticos e ideas visuales interesantes durante toda la narración, un ejemplo lo tenemos en la siguiente secuencia, donde la acción, de mucho suspense, queda semioculta por los títulos de crédito, una idea muy interesante.

La noche, las sombras, los callejones oscuros y húmedos, el crimen que no descansa, un policía haciendo su trabajo…

Uno de los mencionados rasgos estilísticos que más usa Siegel en la película son los planos cortos, escindidos, que muestran una parte del todo, un objeto, al que se da importancia y con el que logra dar las claves de la escena. En otros casos, de ese plano detalle se pasará, mediante un corte o un travelling, al plano general, mostrando ese todo que nos ocultaba el plano corto. Vimos un ejemplo en la primera escena, cuando el asesino portaba una cartera, la del dinero, que será clave, encuadrándola solamente a ella de manera significativa.



Ahora en esta segunda secuencia todo se hará con esta planificación, las piernas de alguien maniatado que está en el suelo y que descubrimos repentinamente, un coche de bomberos de juguete con el que el policía tropieza y que mediante una panorámica nos lleva a las piernas y una pistola sostenida por alguien anónimo a quien no vemos el rostro… Un rigor en la puesta en escena muy acertado.

El ingenioso truco de los maleantes y la contundente lucha que sucede a continuación, tienen ya el toque Siegel en el tratamiento de la violencia. Un comienzo realmente trepidante.


Así se nos ha presentado a uno de los dos policías protagonistas, Cal Bruner (Steve Cochran). Al otro nos lo presentarán a continuación, y con uno de los rasgos estilísticos mencionados, plano corto del teléfono que va a plano general en un travelling de retroceso mostrando el rostro de Howard Duff, que interpreta al agente Jack Farnham.

Se nos describe brevemente el trabajo de comisaría y se comienza a desarrollar la relación de los dos agentes. Una escena importante dentro de la trama, que muestra el gran trabajo de guión de Young y Lupino, es la que tiene lugar en el vestuario y que avanza muchos de los elementos de la personalidad de los agentes, de sus motivaciones y de su forma de proceder, que veremos ir desarrollándose posteriormente.



Veremos como Bruner se refleja en un espejo, poco después entrará Farnham, al que verá desde ese mismo espejo. Con esto se avanza el carácter retorcido, mentiroso o falso que mostrarán los dos personajes, pero con una salvedad, el que está más cerca del espejo mirándose en él es Bruner, el que ideará y perseguirá su objetivo hasta el final, mientras de Farnham aparece en segundo plano, su participación será más accesoria, mostrará siempre sus dudas y mala conciencia y finalmente rectificará. En los diálogos además se desarrollan las motivaciones de los personajes, que justificarán su posterior comportamiento, reflexiones sobre el trabajo, su peligrosidad, los riesgos para la familia que tiene Farnham, su desprecio al trabajo de despacho del teniente Lubin (Kenneth Patterson), que está manco...


Se muestra también el contraste entre ambos personajes, uno casado y que piensa en los suyos, otro soltero e individualista que piensa en él mismo.

Una escena sencilla que sienta las bases de la narración con una naturalidad y saber hacer asombrosos.

Otro objeto, un billete, será el inicio para la investigación.





El toque Lupino se aprecia en los personajes femeninos, en ese interés por los momentos cotidianos de las parejas, especialmente por la del matrimonio Farnham. Hace hincapié en la preocupación de la mujer por el trabajo del marido, especialmente ahora que tienen un hijo recién nacido, le insta a buscar otro empleo. Todo esto crea el sustento psicológico que motivará a Farnham a cometer los futuros actos. Lupino demuestra manejarse a la perfección en los códigos del género, siempre lo demostró, un género muy masculino, dando además su toque personal, una sensibilidad femenina de forma sutil.


Un nuevo espejo será testigo de la entrada de nuestros dos agentes, en esta ocasión en el bar donde trabaja Lilli Marlowe (Ida Lupino). Elementos que intermitentemente avisan de su futuro engaño. Ni que decir tiene que la Lupino actriz está estupenda y muy seductora. Otro objeto será utilizado con ella, la representará, una boquilla de oro para los cigarros. Lilli es una interesada, le gusta el dinero, los caprichos y el lujo, todo ello queda ejemplificado con ese objeto. Será también una excusa narrativa, lo que motivará un nuevo encuentro con Bruner.



Infierno 36” desprende sensualidad y sexualidad por los cuatro costados, todo gracias a Lupino y su tórrida relación con Bruner. Ejemplos a montones, la mirada del agente a la pierna desnuda de ella y como ésta la oculta.

Lupino es la única persona que vio al dueño del billete que ha caído en manos de la policía, Bruner se asegurará de que colabore para seguir la investigación, que continuará en el hipódromo. Cinco días de investigación de campo buscando a un hombre con bigote. En estas escenas Siegel recurrirá a otro objeto, una pulsera de diamantes que Lilli observa con ansia, para desarrollar su personaje y su relación con Bruner.


Steve Cochran compone un acertado Cal Bruner, un policía con dejes de mafioso que funcionan a la perfección para este personaje.

La planificación de planos cortos en objetos o elementos escindidos de personajes también es usada por Siegel para la sensualidad, como esa escena donde muestra los zapatos de Lupino antes de mostrarla de cuerpo entero durmiendo. Aquí tendremos otra escena donde la tensión sexual animal se desborda, con masaje de Bruner a Lilli incluido.



Tras mucho esfuerzo se reconocerá al hombre del bigote, la narración no se precipita nunca, y si bien su ritmo es trepidante nunca resulta acelerado, mostrando interés por los personajes, relaciones y motivaciones en todo momento. Reconocimiento, persecución, accidente y giro inesperado de los acontecimientos, donde los planos de los espejos cobran todo su significado. Bruner se quedará con parte del dinero robado y hará cómplice a Farnham, que acepta a regañadientes. Un giro que dota de mayor interés a la película si cabe, que parecía iba a ir por derroteros más convencionales con una trama de robo e investigación. Ahora se añaden reflexiones sobre la avaricia y el deber. Una desviación de guión evidente. Esta escena del accidente está resuelta con unos excelentes planos generales.





La recolección minuciosa del dinero por parte de los agentes, billetes que se lleva el viento, resulta muy interesante, los sitúa en una posición poco digna que antecede al robo que cometerán a continuación.

Esta película que dirige Don Siegel no es muy conocida, pero aparte de tener todos los elementos del buen cine negro, incluida la fatalidad, desprende talento por todos lados en esa sutileza y sensualidad tórrida digna de los grandes títulos. Otro ejemplo lo vemos en la sutilísima mirada de Bruner a su compañero mientras está mintiendo, confiando en que no lo delate. Una cinta muy moderna que es un perfecto antecedente para lo que nos iría dejando Siegel en el futuro.

Bruner parece tenerlo todo planeado, quizá desde el mismo momento en el que supo la cuantía del dinero del caso que investigaba, así llegaremos a la caravana con el número 36, que corresponde al título, lugar donde guardarán el botín.





Otra tensa escena es la de la cena en casa de los Farnham, con un Jack poco hospitalario y sociable, tenso por su mala conciencia. Howard Duff hace un aceptable trabajo, siempre me han hecho gracia su boca y los gestos que hace con ella. Con todo, resulta algo forzado y exagerado el comportamiento de este experimentado policía ante la situación. Siegel usará expresivos primeros planos tanto de Jack como de su mujer (Dorothy Malone), cuando él está a punto de sincerarse. No lo hará.



Más intensidad y sensualidad, la escena donde Lilly y Bruner parecen resistirse a reconocer su amor mutuo, negándose a renunciar a su preciada independencia, que ven en peligro por dicha atracción y amor creciente. Todo en un coche, agresividad y pasión.


El capitán Michaels (Dean Jagger), comienza a sospechar de sus agentes. Todo esto pone a Farnham en un estado de crispación constante, tremendamente susceptible. Todo perfectamente contrastado con la tranquilidad y decisión de Bruner.


Repetimos planificación en una escena de intimidad sosegada de la pareja Cal-Lilly, plano corto de las cartas a las que juegan que se abre para mostrar en plano general toda la escena. Una llamada del socio del ladrón chantajeando comenzará a remover lealtades e inseguridades entre los dos agentes. En un principio puede resultar un elemento de guión algo forzado, por ilógico, pero luego encaja bastante bien cuando se sabe toda la verdad, con la salvedad de la falta de sospechas por parte de ambos agentes, que no se extrañen de cómo es posible que ese socio sepa lo que han hecho.  


La familia y la mujer fatal, motivaciones para su ansia de dinero, una mujer fatal sin proponérselo. O proponiéndoselo a medias. Bruner querrá complacer sus ansias de lujo y diamantes, como bien se ha ido mostrando al desarrollar el personaje de Lupino.



Siempre he querido ir a Méjico. Me encanta la comida picante”. Esta frase, que expone perfectamente la forma de ser de Lilly y su relación con Bruner, es un eco de otro comentario en la cena de parejas en casa de los Farnham, cuando Francey piensa que sus aperitivos están picantes en exceso y Lilly dice que le encantan. Detalles y sutilezas de guión que pasarán desapercibidos pero redondean un gran trabajo.

El clímax es seco y contundente. Puede resultar bastante moralizante, el hombre de familia tendrá remordimientos, se arrepentirá finalmente y por tanto se librará de la muerte. Por el contrario, Bruner, el soltero, se mostrará traicionero, avaricioso, individualista y egoísta, maquiavélico. Sólo buscará sus propósitos sin mirar las consecuencias ni a quien daña, no tiene lealtades más que consigo mismo y sus deseos, todo ambición, por ello morirá. Esto es así, pero lo cierto es que está muy bien justificado, desarrollado y expuesto. Personajes bien desarrollados, salvo los cambios de Farnham. Tan solo Farnham es capaz de darse cuenta, relativamente, de la verdadera forma de ser de su compañero, como verbaliza en la escena en el café antes de ir a la caravana.



En este clímax tendremos otro ejemplo de la planificación habitual de Siegel en la cinta, por ejemplo en otro plano detalle sobre una pistola, la que saca Bruner. Posteriormente, tras el tiroteo, nuevo plano seccionando una parte del cuerpo de uno de los personajes, las piernas del capitán, mostradas antes de descubrir su rostro.




Aún queda un giro final, muy efectivo también desde el guión. El supuesto socio del ladrón no existe, fue un truco del capitán Michaels que se lanzó un farol debido a sus sospechas, justificando así lo que parecía forzado en la trama. En cambio no se justifica que Farham conozca la voz del chantajista, que es un agente, ya que el que la oyó fue Bruner, no él.

La moralizante voz over final sobra por completo.

Una estupenda película, muy bien narrada, con una gran progresión dramática y tensión, aunque se echa en falta una conclusión al personaje de Lupino tras la muerte de Bruner. Muy recomendable.



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