jueves, 1 de diciembre de 2011

Crítica: UN DIOS SALVAJE (2011) -Última Parte-

ROMAN POLANSKI







Es evidente que el referente teatral y el enclaustramiento en un piso puede dar la sensación de teatro rodado pero Polanski, como siempre, gracias a su talento visual y como director sortea con brillantez este problema. Cada encuadre es una obra maestra, cada altura y posicionamiento de la cámara tiene un sentido y un contenido, cada situación de los personajes, ya estén sentados, de pie o arrodillados, tiene una intención para mostrar, por ejemplo, la mayor jerarquía moral o posicionamiento dominante en los momentos en cuestión con respecto a otro u otros personajes. Si un personaje se mantiene de pie sobre otro sentado, será por algo, implicará una posición de dominio, seguridad sobre el otro o una posición moral más fuerte. Si se arrodillan o se le coge en ligero picado implicará humillación… No hay puntada sin hilo en la dirección y dominio del espacio fílmico que realiza Polanski.
Cada encuadre desarrollará la evolución tanto de historia como de los personajes. Otro ejemplo lo tenemos en las mencionadas flores y su presencia en primer plano en el inicio de la película.

La progresión dramática es excelente, de la aparente armonía inicial pasamos a las tiranteces que van creciendo hasta llegar al punto de perder totalmente los papeles. Son muy buenos ciertos detalles de guión al respecto, como las frases iniciales de las dos parejas a solas diciendo lo que piensan de la otra pareja respectivamente. Del “son muy majos” a, una vez se han sucedido las primeras trifulcas, de nuevo en la soledad de las parejas, ver cómo han cambiado radicalmente de opinión y pasan a definirse de “horribles”. El paso del tratamiento formal al tuteo es uno de los puntos culminantes en la inflexión de esto que comento, el acercar y el romper las maneras formales es un primer paso en esa paulatina progresión del deterioro en las formas, una demostración de lo vacío, de lo impostados de las maneras sociales, de esa educación y formas que se pretenden mantener. El tuteo es la eliminación de una de las capas de la cebolla del civismo que pretenden las parejas. Al final del tratamiento formal y después de pasar al tuteo se llegará, como es de esperar, al insulto y pérdida de todo respeto y mantenimiento de esas formas que tanto reivindicaban. Unas formas necesarias pero que se antojan falsas en su mayoría, y acaban cediendo ante nuestros prejuicios, complejos y esquemas establecidos. Así la educación como escudo, el escudo que se habían impuesto, que nos ponemos en muchas ocasiones, se va resquebrajando. Vamos viendo el paso al verdadero ser, al más instintivo, que se va imponiendo. El desenmascaramiento de las normas sociales.
Polanski usa un gran sentido del humor durante todo el metraje que relajará la tensión y hará digerir mucho mejor al espectador lo que ve, tiene esa facultad para hacer llegar temas y reflexiones perturbadoras y provocadoras manteniendo el beneplácito de todo tipo de público. Ésta es otra de las grandes virtudes del maestro francés.
Las puertas del ascensor se cierran y las batallas comienzan, un ascensor que más que las puertas del infierno, parecen las del paraíso y la liberación pero nuestros protagonistas no se atreven a cruzarlas. Los personajes se van sintiendo incómodos al tratar los temas más de frente, como el espectador, luchando en un conflicto interno entre mantener las formas y buenas costumbres y dar rienda suelta a todo lo que llevan dentro y realmente piensan.
El único enlace con el exterior será el teléfono, uno fijo pero sobre todo el móvil de Christoph Waltz. Un móvil que es un personaje más y que protagoniza grandes momentos de humor, transmite todo lo que se pretende que transmita, y el espectador se muestra solidario ante la desesperación de los demás cada vez que suena, e incluso cuando se da un chapuzón, como el que salta en trampolín, en un florero.

Otro punto culminante es la tremenda vomitona de Kate Winslet, la comodidad y seguridad de esas normas que son rotas altera a esas personas hasta el punto de no poder controlarse. El vómito como manifestación del yo orgánico, impulsos incontrolables que alteran la aséptica sociedad del bienestar, que perturban la comodidad de las buenas formas. Al verse obligados a alterar esas normas de conducta se produce una manifestación física incluso.
Por supuesto detrás de esas normas se esconde una frialdad total por parte de los personajes y ante la vomitona, la principal preocupación del personaje, que se presenta como el más civilizado y cívico, al menos ella lo cree, de Jodie Foster serán sus libros de arte manchados por las salpicaduras del vómito de Winslet. Luego pedirá disculpas por ello, pero su primer impulso está claro.

En el secado de esos libros tenemos un ejemplo más de esa puesta en escena y colocación de personajes, sumado al encuadre, cuando el matrimonio de John C. Reilly y Jodie Foster usan el secador para intentar arreglar el deterioro de los mencionados libros arrodillados ante el personaje de Christoph Waltz.
Los personajes, una vez el conflicto está lanzado, irán fluctuando, oscilando, en sus alianzas, unas veces los hombres harán piña, otras serán las mujeres, machismos, feminismos, prejuicios o defensa de lo que se considera propio serán algunas de las múltiples causas de dichas fluctuaciones.
Con el “ahogamiento” del móvil el personaje de Waltz queda totalmente desolado, como si la dependencia de ese objeto, podría ser cualquier objeto, le definiese e insuflase vida. Móvil y personaje son casi uno.
Toda la cinta es un deleite de puesta en escena y encuadre, cada posición de personajes está perfectamente calculada,  si se incluye a uno o dos personajes en plano tiene una intención, bien de resaltar afinidades o lo contrario, por ejemplo. Una realización excepcional, como siempre, detallista y muy precisa que hará las delicias de los más exquisitos.
Las apariencias caen definitivamente, el dios salvaje se impone, y los más bajos instintos salen a relucir dejando al descubierto los complejos y la falta de pureza de esos adultos que discuten y pretenden solucionar el problema de una pelea entre sus hijos.

El irónico final, que comenté, es en exteriores y redondea una cinta extraordinaria y muy corta (79 minutos). Vemos a los dos chavales Zachary (Elvis Polanski) y Ethan (Eliot Berger), hablando sin mayor problema en el mismo lugar donde se produjo la agresión. La brevedad de esos dos planos, el inicial y el final, contrasta con el maremágnum montado por sus padres, lo que provoca sonrojo. El mundo adulto pervertido y mezquino, regodeándose en multitud de chorradas ante la naturalidad con la que los chavales resuelven el problema. Planos en exteriores, libres, de dos chavales ajenos a lo acontecido en el piso con sus padres, que en su obsesión y enclaustramiento mental, que bien se simboliza en el piso del que no logran salir, casi una cárcel, muestran todo lo contrario.
Dos planos que enmarcan la película y le dan el sentido definitivo. Como siempre en los films de Polanski, un último giro a menudo pesimista.
La música corre a cargo de Alexander Desplat, autor de la excelente banda sonora de “El discurso del rey” (2010).

Todos los componentes del reparto están estupendos en unos papeles que son muy agradecidos, con gran variedad de matices y registros. Un nuevo acierto de Roman Polanski que sigue mostrando un talento excepcional aunque pasen los años.

 




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