viernes, 29 de junio de 2012

Crítica: NOCHE EN LA CIUDAD (1950)

JULES DASSIN










Una película de picos, picos que van desde elementos absolutamente brillantes a torpezas absurdas. Desde luego las virtudes son muchas más que esos defectos que no van a manchar una obra espléndida, pero sí que provocan que se quede en medio del camino hacia la obra maestra que podía haber sido.

Harry Fabian es un vividor que trabaja de captador de clientes para un club aunque sus aspiraciones son más ambiciosas, conseguir grandes sumas de dinero de manera fácil. Harry es listo pero sólo sabe encauzar sus cualidades hacia el delito y la estafa. Ve su gran oportunidad en el mundo de la lucha libre cuando convence a Gregorius (Stanislaus Zbyszko), el mejor luchador de lucha greco-romana, para ser su socio. El problema es que esa alianza le enfrentará al hijo de Gregorius, Kristo (Herbert Lom), que es el que controla la lucha en Londres.





Cuando he hablado de las torpezas de la película en ningún caso quiero que se piense que son algo importante o esencial para valorar la valía de esta extraordinaria cinta. Esos defectos sólo dejan un regusto incómodo por el mero hecho de que estamos ante una película que estaría muy cercana a la obra maestra. Son defectos en el guión que la soberbia dirección de Dassin procura disimular, pero que son evidentes. Defectos que, insisto, no influyen de manera significativa en los propósitos de la cinta pero que denotan cierta ligereza, dejadez o pereza en el guión. Estos defectos, que son mínimos, estarían casi todos englobados en el personaje de Adam, interpretado por Hugh Marlowe. Es un personaje que apenas aparece en la película a pesar de que al comienzo tiene una escena donde parece que tendrá un rol importante. Esta idea de que sólo apareciera en ese momento me estaba gustando, hasta que aparece dos veces más de forma absurda. La idea era buena porque no se desarrolla un romance a tres, como podía haberse caído en la tentación, tan solo se intuye el amor que él siente hacia el personaje de Tierney y al no
desarrollarlo se muestra que no es recíproco. En esa escena inicial, además, Adam da algunas claves sobre el personaje de Widmark, lo que me pareció un buen detalle. El problema viene en un par de escenas mal construidas desde el guión y que la puesta en escena no logra solucionar. La primera es el momento en que el personaje de Widmark convence a su novia Mary para que salga de la casa y así robarla el dinero que tenga allí. El plan parece bueno pero cuando Mary sale de la casa y Harry se dispone a entrar el bueno de Adam sale también en ese momento saludándole efusivamente, desde ese momento todo se torna previsible, ya sabemos que Adam se encontrará en algún momento con Mary para decirle que vio entrar a Harry en casa, eso sin contar que su aparición justo en el momento adecuado queda forzada y artificial. Ese encuentro entre Adam y Mary se sucede casi sin solución de continuidad, en el colmo de las coincidencias, resultando artificioso también, ya que Mary sale corriendo con las prisas y el bueno de Adam, relajadamente, encuentra un taxi al lado de casa 30 segundos después de que saliera ella. Por supuesto en el trayecto de su taxi se encuentra con Mary y le da la información, lo que provocará que Mary pille in fraganti a Harry. Un Deus ex machina poco convincente. La otra escena es al final, un final extraordinario que se ve manchado por la aparición de todo el mundo en el sitio donde se esconde Harry, como si Londres fuera un pueblo de poco más de 100 metros donde todo el mundo se encuentra con facilidad, y donde vemos a Kristo, al “estrangulador”, a Mary, a la policía que misteriosamente intuye lo que allí va a pasar o ha pasado, y lo que es más grave, también aparece Adam sin que nadie sepa cómo demonios sabía dónde tenía que buscar, ni que buscaba allí, ni porqué. Todo para que Adam y Mary se fundan en un abrazo y de la apariencia de un final feliz o esperanzador para esa pareja que vuelve a resultar forzado y artificial. Esos son los mayores fallos de estructura de guión y de la película, que si bien no manchan la excepcionalidad de ésta misma sí incomodan.







Una vez referidos esos pequeños defectos hablaremos de las virtudes, que son innumerables. Es obligado comenzar por la dirección, absolutamente soberbia en todos los sentidos, la composición de planos es excepcional, repletos de significación y profundidad en sí mismos, planos como el de la conversación entre Mary y su jefe, con él en un primer plano a la izquierda de la imagen (según miramos) y ella en un plano general al fondo a la derecha de la pantalla, en un contraste entre la manipulación de él y la honestidad de ella, o la memorable secuencia de la persecución a Harry en la parte final de la película son pequeños ejemplos de lo que comento. La fotografía es espectacular tanto en interiores como en exteriores y sublime en la escena de la persecución ya mencionada. El retrato de los locales y lugares por donde se mueve Harry, bajos fondos, clubs de ocio, lugares destinados a la lucha y las apuestas, buscavidas... están ambientados a la perfección. Las escenas de exteriores, con un magnífico Londres de fondo, expresivos primeros planos, como el de Harry cuando tiene la idea de meterse en el mundo de la lucha al oír la conversación de Gregorius con su hijo, y planos generales y detalle, como en la planificación de la persecución final, son más pinceladas de una dirección en estado de gracia. Dassin logra transmitir esa sensación de asfixia, de opresión urbana con un magnífico retrato de la ciudad y el juego con los claroscuros, así como dota a la cinta de un ritmo y una fuerza espectaculares. La puesta en escena es espléndida también, llena de matices y detalles, y las interpretaciones que saca a los actores son sensacionales, con un Richard Widmark que realiza uno de sus mejores trabajos sino el mejor. La idea de situar en gran parte de la trama a Widmark corriendo y escapando es extraordinaria. Así en la presentación le vemos huyendo de un acreedor y nos dibuja su retrato con una contundencia, profundidad y concreción asombrosas. Lo mismo pasa con el resto de personajes, una honesta y enamoradísima Gene Tierney, el matrimonio dueño del local donde trabajan Mary y Harry, uno manipulador pero que no logra tener lo que ansía, podrido en lo material y eternamente frustrado y rencoroso, y ella una ambiciosa egoísta.



Como decía, en la presentación vemos a Harry huyendo, como lo veremos en el final de la película, y cuando no huye corre, siempre corre por algo, para esconderse, para buscar dinero…




Noche en la ciudad” es una reflexión sobre la frustración, sobre ambiciones frustradas, sobre la impotencia, sobre las malas elecciones, sobre el talento mal conducido, sobre perdedores. Harry es un hombre inteligente que encauza esa inteligencia al éxito fácil y rápido en una lucha interna por huir de la mediocridad, no le vale ser bueno o dedicarse a cosas honestas siendo uno más, lo que le interesa es ser alguien importante independientemente de los medios. Mary dice de Harry que es impulsivo y demasiado imaginativo lo que le lleva a vivir en el aire constantemente, Adam le define como “un artista sin arte”, alguien que no encuentra su sitio. Es notable esa escena entre Mary y Adam donde él se autodefine como “listo para las cosas sin importancia”, lo que de alguna manera le acerca a Harry, hace que le entienda de alguna forma. Precioso el gesto de la entrega del dinero de Adam a Mary cogiendo un puñado sin mirar siquiera cuanto, no dando la más mínima importancia al asunto. Amor incondicional, desamor, venganza, traición… Son muchísimos los temas, perfectamente entremezclados, que desarrolla con maestría Dassin, sin que el guión sea memorable.



Aparte de todos estos temas mencionados es fácil encontrar paralelismos entre la historia que vemos en la película y la situación del director. Jules Dassin se vio obligado a abandonar Estados Unidos al ser denunciado en la caza de brujas de McCarthy. Tras dirigir películas como “Fuerza bruta”, 1947 o “La ciudad desnuda”, 1948, se fue a Francia. En Inglaterra rodó esta “Noche en la ciudad” y en ella se muestra la desesperación, el miedo, el terror, el cansancio, el aislamiento, la soledad… de Harry Fabian como reflejo del propio sentir del director al tener que huir de su país.



La primera escena entre Harry y Mary define perfectamente a los dos personajes. Harry viene de huir de un acreedor y al llegar a casa busca dinero en las cosas de Mary. Harry se muestra como un ser sin escrúpulos, egoísta y al que sólo le importan él y sus propósitos. Mary en cambio es una mujer honesta, enamorada, generosa y fiel. Una relación de polos opuestos que parece condenada al fracaso ante la impotencia de Mary de llegar a Harry y hacerle comprender sus sentimientos y lo verdaderamente importante.


Posteriormente vemos a Harry en medio de la carretera rodeado de coches en la imponente ciudad, imagen de grandeza que cambia instantáneamente al meterse por un callejón, su hábitat natural, donde él se siente el rey y cómodo. Ese contraste marca también, en cierta medida subrayado con los diálogos, partes de la personalidad de Harry, ese afán de grandeza y gusto por las apariencias. En su trabajo Harry nos muestra su talento como captador de clientes para el club de su jefe, pero es algo que se le queda pequeño. En estas escenas vemos ambientes en clubs, rings de lucha libre, calles repletas de gente (es una película muy urbana), y también la vida en los bajos fondos. El conflicto entre la lucha greco-romana y la lucha libre moderna es también un tema importante en la cinta, el conflicto entre tradición y modernidad, entre lo auténtico y lo artificial, entre lo artístico y lo comercial.



"Nunca huyas de mí" (Peter Godfrey, 1947), película protagonizada por Errol Flynn e Ida Lupino, aparece anunciada en los neones de la ciudad.


Es una maravilla la fotografía en toda la película, y en los interiores es de una potencial extraordinaria, depurada y donde los blancos y los negros son sumamente intensos. El “despacho” del jefe de Harry cubierto de sombras semejantes a barrotes, los juegos de luces que viene del exterior y se reflejan en el interior son buenos ejemplos de ello, y dan al aspecto visual del film la más alta consideración. Un placer estético que integra perfectamente fondo y forma.

Magistral el periplo de Harry buscando dinero, donde una vez más la recreación de ambientes y la fotografía, con una espectacular e intensa iluminación, dicen todo de forma expresiva. Dassin mueve la cámara con fluidez y los actores se mueven con soltura por la pantalla en una puesta en escena de un desgarrado realismo y una sutileza desencantada. Un estilista potente y visceral.



La escena con el jefe de Harry y Mary, antes mencionada, es de una maestría espectacular, una puesta en escena y dirección perfecta, un auténtico placer para el espectador, en un momento donde lo menos importante es lo que dicen y quién lo dice, ya que el verdadero sentido de esa escena sólo tiene que ver con Harry. Así al ver al jefe de espaldas tras la puerta que parece una cárcel y ver a Mary sentada en una mesa totalmente libre de cualquier accesorio estético, en contraste con el jefe, representan lo que significan y significarán cada uno de estos personajes en la vida de Harry. Escenas iluminadas con velas o con pequeñas lámparas redundan, más aún, en las virtudes visuales del film. Contrapicados y picados para expresar la opresión de los personajes, su angustia o tensión con marcados contrastes entre sombras y luces, abundan en la película. El despacho del jefe de Harry, Phil (Francis L. Sullivan), es un lugar de opresión, son muchísimos los planos de los actores detrás de barrotes (de la escalera, la puerta o simulados por la iluminación).


Dassin retrata un mundo casi sin valores positivos, salvo por el personaje de Mary y también de Adam. Positivo es también el personaje de Gregorius, pero acaba muriendo como representante de la tradición y la honestidad, de lo auténtico, en un mensaje sumamente pesimista.


Una vez que Phil le dice a Harry que le ha engañado y éste se va de su despacho, le vemos salir de las sombras del callejón donde le vimos entrar al principio de la película, su hábitat natural, justo cuando sale casi es atropellado por un coche en un claro símbolo de su desubicación en un mundo hostil.

En la última media hora somos testigos de dos escenas que podrían formar parte de cualquier antología cinematográfica, la pelea de Gregorius y la huida de Harry.




La primera de ellas es francamente sorprendente por su realismo y violencia inusual en la época, fantásticamente rodada e impactante.


La segunda es sencillamente esplendorosa. Posiblemente se trate de la mejor persecución al hombre rodada jamás, junto a la de Orson Welles en “El tercer Hombre” de Carol Reed, 1949, si es que no la supera. Una persecución por toda la ciudad, (retratada de forma magistral), con momentos extraordinarios de suspense, con una calidad visual perfecta, repleta de significación y con un clímax final en las obras que es un colofón que transmite toda la angustia, desesperación y miedo del personaje. Una huida donde se darán cabida muchos de los temas mencionados, la soledad, el sentimiento de traición, el pánico…


Las interpretaciones son soberbias con el único pero del escaso papel que tiene Gene Tierney, que está estupenda por otra parte. El resto raya a gran altura, con un Richard Widmark pletórico a la cabeza.

Otras joya indispensable.






Dedicada a Rubén Redondo, un auténtico cinéfilo de gusto exquisito.


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