martes, 15 de enero de 2013

Crítica: VOLVIÓ EL AMOR (1938)

JOSHUA LOGAN, ARTHUR RIPLEY











Discreto y esquemático melodrama protagonizado por los imprescindibles Henry Fonda y Joan Bennett. Una cinta muy convencional dirigida por Joshua Logan y Arthur Ripley donde personajes, desarrollo y trama son básicos, sin elaboración, esquemáticos, simplistas.

Todo pivota entorno a dos personajes, Ives y Julie (Fonda y Bennett), sobre sus motivaciones, caracteres y procederes, y con respecto a ellos aparecerán otros personajes que tendrán importancia en la trama de forma tangencial.



1925. Una joven pareja se promete, pero la tardanza en formalizar ese compromiso y el aparente desinterés del chico, más ocupado en sus libros, desembocan en la fuga de ella con un conocido y alocado escritor.

A esta sencilla trama se le intentan añadir ciertos elementos pero la insulsa e intrascendente dirección no da para más. Un vulgar melodrama que incluso parece estirarse en algunos momentos sin demasiada justificación… y eso que la falta de desarrollo en casi todos los aspectos es patente.

La descripción de los dos personajes protagonistas es básica. Julie es impulsiva, soñadora, pasional, decidida, romántica. Ives, es teórico, calmado, estudioso, platónico, poeta, idealista, recto, romántico.


Estos aspectos se muestran vagamente desde el inicio, un almibarado comienzo, dos personajes que se quieren, atraen, pero chocan por sus diferencias. En base a estos conceptos de su personalidad entrarán en liza un escritor famoso y una alumna atrevida. Dos años de compromiso mientras Ives estudia y se intenta hacer un camino profesional olvidándose de su novia. Estamos en la Navidad de 1927. Veremos las diferencias en la escena donde Ives se mantiene ajeno a una fiesta donde chicos de su edad se divierten y él prefiere discutir con la tía Williams sobre filosofía. Un contraste de humor. Ives se mantiene fiel a su forma de ser… Julie hará lo mismo.



El director jugará dos veces con los fenómenos climatológicos en momentos muy concretos de la narración, en el primero de los casos una gran nevada, de bella factura y muy bien ambientada, conducirá a Julie a la casa del escritor, que allí mismo y en una noche la seducirá y fugará con ella para casarse. Del mismo modo la atrevida y tentadora alumna que se lanzará en brazos de Ives en la segunda parte de la película, le hará descubrir un mundo de diversión al que se había negado el aplicado profesor.



Por tanto, estos dos personajes accesorios son clave para la evolución de los dos personajes protagonistas, obligados a madurar y comprender al otro para limar sus diferencias de carácter, las circunstancias y formas de ver las cosas que los separan, un encuentro en el término medio, madurez. Una vez logrado se impondrá y quedará el amor.

Estos dos personajes, el del escritor (Alan Marshal) y el de la alumna, tendrán aspectos cuestionables, no están a la altura de los protagonistas. Él es inmaduro, alcohólico, seductor, encantador, irresponsable, inconsciente… su breve descripción nos llevará a París, a descubrir el mundo del arte parisino, el “utilitarismo”, su excéntrico mundo de artistas sui géneris. En una de esas fiestas desfasadas encontrará la muerte de forma absurda, dejando a Julie y a su hija en difícil situación. La alumna es impulsiva, manipuladora, díscola, deshonesta, variable, de sentimientos débiles, jovial y vitalista… querrá una figura de poder, un capricho de niña rica, y ese será Ives, aunque anteriormente fueron otros, incluido un chófer.



Otros aspectos dificultarán la relación, la familia de Ives, que se opone a esa relación por el comportamiento de Julie, algo comprensible. Ives les hará poco caso. Por el contrario estará la tía de Julie, que incitará al joven a recuperarla, a ella sí se lo hará. La tía representa el papel mediador, la moderación y sentido común, la lucidez ante los verdaderos sentimientos de los chicos. Otro personaje instrumental. Ives irá a recuperarla pero cederá a la inactividad, algo coherente con su forma de ser, al verla feliz entrar en una habitación de hotel con su marido.


La película se estructura en episodios, elipsis temporales enmarcadas en anotaciones en diarios o cartas. Han pasado tres años, estamos en 1930. 

Llegamos a 1937, la dura vida en París donde no se da trabajo a los extranjeros debido a una crisis económica, aspecto de interés por su actualidad. La situación de Julie y su hija Michel, nombre en honor a su padre, aunque en realidad se llama Michelle, contrasta con los progresos profesionales de Ives, que prospera, escribe artículos y da clases… pero está igualmente falto de algo, de amor. Se siente decepcionado con su vida. Su analogía en clase entre hormigas y adolescentes es una digresión simpática.



Volvemos a ver que a los dos personajes les falta algo para sentirse completos, realizados. Aquí la tía William (Dame May Whitty), volverá a ejercer su papel de mediadora y de Cupido, un cheque salvador que solucionará los apuros económicos de Julie y posibilitará su regreso a Estados Unidos.

Julie tendrá un lógico sentimiento de culpa por cómo se comportó con Ives y su tía al volver tras 10 años, si bien es cierto que en su fuero interno tendrá la esperanza de volver con él, alimentada por su propia tía.


La torpeza en la puesta en escena y en la dirección se aprecia en muchos momentos, el artificioso regreso de la feliz pareja, tras comprometerse, dando gritos desde la parte baja de la escalera a la tía Williams; la escena donde se desarrolla la relación entre Ives y la alumna, estirada de forma absurda en varias escenas cuando podría resolverse de una forma más precisa. Que se detengan no se sabe bien por qué tras emprender camino en coche hacia la casa de la chica resulta impostado y alargado sin motivo. Algunas de estas cosas pueden deberse a la falta de presupuesto.



Todo esto y la convencional dirección provoca que tras el giro de los acontecimientos que fue la huida de Julie todo resulte moroso, previsible, anodino, como estirado, incluso siendo el esquematismo uno de los principales defectos del film, incluso siendo una película muy corta. Se alargan escenas intrascendentes y se dedica poco a otros aspectos que deberían tener más desarrollo (personajes, justificación en las motivaciones, desarrollo que justifique los cambios…). Muchos defectos, cambios de actuación poco elaborados, mal desarrollo, confusas motivaciones, difusos sentimientos…

Ives se mantendrá siempre recto y firme, no cederá a la tentación de esa ansiosa alumna, Brenda (Louise Platt).


La parte final también se centrará en el desarrollo de la reconciliación entre Ives y Julie, una primera escena en un estanque, simbólico, donde los peces y la hija de Julie serán protagonistas, es interesante, se mantendrán a distancia, como corresponde a su situación. Un relación en pausa.


Esas distancias se irán acortando hasta el día del baile, donde volverán a comprometerse con un fenómeno climatológico de fondo nuevamente, que vuelve a ser la manifestación perfecta de las pasiones que se desbordan en esta parte final, ejemplificando el tumulto emocional de los personajes. Contrasta además con el estanque antes mencionado. Pasiones como el amor entre Ives y Julie que se quieren casar, la frustración de la familia de Ives que se niega al enlace y hace hincapié en la atadura que supone la hija de Julie, los celos de Brenda, la oposición de la propia hija de Julie… La escena en la tormenta con una nueva huida de Julie terminará con un beso reconciliador. 


Sagrado.

Hay cierta crítica social a los prejuicios y habladurías en el pueblo, pero todo muy vago y difuso también.



El final feliz tras una vertiginosa carrera catártica que desvela los verdaderos sentimientos de las dos mujeres supuestamente enamoradas de Ives, Julie y Brenda, y el convencimiento de la tía Williams a Michael, la hija de Julie, para que acepte a Ives, son nuevos ejemplos de ese esquematismo y falta de elaboración en las situaciones y sentimientos. La carrera en coche al menos funciona mejor.



Hay aspectos interesantes, algunos ya mencionados, el buen manejo de los fenómenos climatológicos vinculados a los sentimientos de los personajes, la escena donde Julie es seducida mientras un potente fuego, símbolo de la pasión sin freno que unirá a esa pareja, preside la misma. La escena del estanque con un simbolismo acertado también y, sobre todo, las interpretaciones de unos jóvenes Henry Fonda y Joan Bennett, muy acertados, especialmente él, con ese tono tan habitual suyo, melancólico, apesadumbrado, taciturno, afligido…


Una floja cinta melodramática.


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