martes, 11 de junio de 2013

Crítica: LA GATA SOBRE EL TEJADO DE ZINC (1958) -Parte 1/4-

RICHARD BROOKS












Tennessee Williams no sólo ha dejado un gran recuerdo en el mundo del teatro, sino que también lo ha hecho en el mundo del cine gracias a las adaptaciones de sus obras, que han dado un buen número de joyas cinematográficas.

Personajes al límite, sufridos, desorientados, perdidos, conflictivos, extremos, donde el alcohol, la locura y las pasiones arrebatadas siempre comparten intimidad. Historias de madurez y aprendizaje, de superación, de complejos, miedos y conflictos, de una intensidad dramática mayúscula, excesiva, y una construcción ejemplar.

Williams es un talento indiscutible y tanto sus obras como sus adaptaciones han dado buena cuenta de ello.

El Kowalski que interpretó Marlon Brando en la adaptación de Elia Kazan de “Un tranvía llamado deseo” (1951), obra por la que Williams ganó el premio Pulitzer en 1948, representante de la masculinidad más ruda y basta, bebedor y sin tacto alguno. La Blanche DuBois que interpretó Vivien Leigh en la misma cinta, coqueteando o cayendo de lleno en la locura y la pasión. El reverendo T. Lawrence Shannon, interpretado por Richard Burton en la adaptación de John Huston en 1964 de "La noche de la iguana", excesivo, conflictivo, dubitativo, alcohólico, como no podía faltar, y en el límite de la locura. El Paul Newman alcohólico de la cinta que nos ocupa y obra por la que Williams volvió a ganar el Pulitzer en 1955, un juguete averiado, ansioso de cariño paterno…





Todos ellos son ejemplos del universo intenso y extremo del dramaturgo, con constantes fácilmente discernibles. De igual forma podemos ver en la Blanche Dubois o la Maggie de “La gata sobre el tejado de zinc” a representantes femeninos de la mujer sureña, o alguno de ellos, algo que resulta también evidente. Su forma de mostrar y desarrollar sus dramas sureños dejan al desnudo aquel entorno y sus personajes son estereotipos claros.

Como se puede comprobar la bebida y el alcohol están muy presentes en las historias de estos personajes, sobre todo los masculinos, de igual forma que la locura, no nos olvidemos de otra joya cinematográfica como “De repente el último verano” (J. L. Mankiewicz, 1959), obra escrita por Williams en 1958, y Catherine Holly, su protagonista, interpretada en la cinta de Mankiewicz por Elizabeth Taylor, que pierde el juicio e incluso se la quiere practicar una lobotomía…



La sexualidad es otro tema intensamente presente en la obra de Williams, una sexualidad desbordada o por contraste contenida, de homosexualidades latentes, como en algún personaje de “La noche de la iguana” o “De repente el último verano”, una sexualidad que se palpa y necesita, como el personaje de Taylor en “La gata sobre el tejado de zinc” o la incontenible de Burton en “La noche de la iguana", por no citar la expresión máxima de Marlon Brando en “Un tranvía llamado deseo”. La homosexualidad es explícita en la obra teatral original en la que se basa la película que nos ocupa.



Personajes sexuales, acomplejados, de sexualidad contenida, perdedores, en declive, decadentes, que buscan un último refugio o una pequeña redención…Personajes arquetípicos que retratan a la perfección la sociedad sureña con ricos decadentes, jóvenes y sumisas mujeres sometidas al macho dominante, retrógrados sexuales… entornos cada vez más opresivos y sórdidos donde es fácil distinguir en los roles creados y situaciones contadas referencias a la propia vida y experiencia vital del dramaturgo.

Muchas otras obras como “El zoo de cristal”, llevada en dos ocasiones al cine, la primera por Irving Rapper en 1950 y la segunda por Paul Newman, habitual en las obras del dramaturgo, en 1987, “La primavera romana de la Sra. Stone” (José Quintero, 1961) o “Propiedad condenada” (Sydney Pollack, 1966) han sido adaptadas. Más otras muchas versiones de las ya citadas o adaptaciones para televisión.

Baby Doll” (Elia Kazan, 1956), con muchas similitudes con la “Lolita” de Nabókov, también está basada en un texto de Williams, por ejemplo.

Richard Brooks, rodó otra estupenda cinta basada en una obra de Tennessee Williams, “Dulce pájaro de juventud” (1962), donde la decadencia, los sueños rotos y últimas aspiraciones para lograr recomponer viejas glorias lo vertebran todo una vez más.


Brooks es uno de los grandes de Hollywood, un escalón por debajo de los 5 o 10 imprescindibles pero de lleno en la lista de los más grandes. Siempre procuro reivindicarlo porque su legado es inmenso. Un director ameno, ágil, profundo y que tocó un buen número de palos, tan artista como artesano.

Debut con Cary Grant de protagonista en la correcta “Crisis” (1950), obras tan magníficas en esta primera etapa como “El cuarto poder” (1952) con Bogart. Otras tan conocidas como “La última vez que vi París” junto a Elizabeth Taylor, protagonista de la que nos ocupa. Westerns de la categoría de “La última caza” (1956), no muy conocido pero título a reivindicar; “Los profesionales” (1966) joya para enmarcar o “Muerde la bala” (1975), entretenidísima y una debilidad personal… Un género que se le dio bastante bien. Agradables comedias como “Banquete de bodas” (1956) con Bette Davis y Ernest Borgnine; aventuras como “Lord Jim” (1965), sobre la novela de Joseph Conrad adaptaciones a Dostoievski, que no todo va a ser Tennessee Williams, como “Los hermanos Karamazov” (1958) y obras de arte como “El fuego y la palabra” (1960), indiscutible obra maestra que posiblemente sea su mejor cinta o “A sangre fría” (1967), adaptación de la novela de Truman Capote… Un director excepcional.






Aquí Brooks se mete de lleno en el universo de Williams, con tremendo acierto, y como he comentado no sería la única vez, rematando uno de sus mejores y más recordados trabajos.

Estamos en el sur, en una gran plantación de algodón. Entramos en la vida de la adinerada familia Pollitt, un imperio levantado por el patriarca de la misma, interpretado por Burl Ives, Big Daddy Pollitt, un hombre hecho a sí mismo, algo que es su principal orgullo, que tiene en lo material su mayor deseo, su mayor éxito y la única forma que conoce de manifestar su cariño. Mississippi.



Ecos del pasado inician la narración, un pasado exitoso que ha tornado en tormentoso, todo retratado en un alcohólico Paul Newman, al que veremos con una copa en la mano en todas las secuencias de la primera parte de la película. Sólo bebe, se tumba, deambula y farfulla… El retrato de un perdedor, de un derrotado. En un desfase etílico se dedicará a intentar revivir viejas glorias, saborear en su cabeza antiguas ovaciones, las que le daban cuando era un exitoso jugador de rugby… se lesionará una pierna al intentar saltar vallas en una pista de atletismo, cuando esto ocurra esas ovaciones dejarán de oírse en su cabeza, la cruda realidad. Enseguida se encadenará esta escena con un picado sobre Newman y su omnipresente copa en la mano. La evasión constante del alcohol, acallando voces y recuerdos.



El retrato de la familia y su entorno es perfecto, así como de cada uno de los personajes. Lujo, situación más que acomodada; banderas; preparaciones para la celebración del cumpleaños del gran patriarca; niños maleducados del matrimonio de Gooper (Jack Carlson), hermano de Brick (Paul Newman) y Mae (Madeleine Sherwood); Maggie (Elizabeth Taylor), la mujer de Brick, que no se corta un pelo ante ellos… Perfecta presentación.


La piernas de Elizabeth Taylor comenzarán pronto a ser una tentación, así se irá desarrollando la compleja relación entre Brick y Maggie. El espejo de la habitación de la pareja, que está en la planta alta, también será un elemento importante del decorado. Taylor manifestará su desprecio por los hijos de Gooper y Mae, así como por las intenciones de éstos. En esos desprecios se esconde cierta envidia por no haber podido tener ella ninguno aún, su relación con Brick es puro formalismo.





En esta conversación se pondrán sobre el tapete algunos de los temas indispensables de la trama, la futura herencia, los movimientos del hermano de Brick y su esposa, la posible muerte del abuelo… Todo con el espejo de imperturbable espectador, un espejo que desvela los sentimientos ocultos de los personajes, que se esfuerzan en esconder en corazas de rencor, odio o frustración, como iré explicando.

Taylor no sólo nos tentará a nosotros, hará todo lo posible para hacerlo también con su marido, sus piernas, cómo se coloca las medias sugerentemente, despreocupada pero consciente, sobre todo cuando ve a su marido a través del espejo que desvela el impulso controlado de Newman, de lo que logra. Una tentación que no logra romper la barrera que Brick ha creado, aparentemente inmune a sus encantos, aunque el pobre se muere de ganas, como le delatan sus gestos en el espejo cuando cree no ser visto, cómo la observa, su deseo en la mirada...

Este juego con el espejo tendrá un momento significativo cuando Taylor cuente la anécdota del salivazo a Mae. La mirada de Brick a través de él, su pequeña sonrisa ante la carcajada de ella, hacen que Maggie distinga ese deseo, aunque él no cederá y se resistirá al acercamiento que intentará a continuación “la gata”. Despreciándola. El espejo como extractor de la sinceridad. Dicho espejo estará muy presente en los encuadres, en ocasiones sin reflejar a ningún personaje, cuando la honestidad no sea lo que prime, precisamente, en la conversación.




En esta escena y en ese momento mencionado es interesante como se vincula la lesión de Newman con su deseo sexual, su muleta como símbolo fálico que sube y luego señala a Taylor, distraída mientras cuenta su anécdota del salivazo. Brick está autocastrado, negándose a su mujer por un complejo, frustración y odio que traslada hacia ella… injustamente. La ambición de ella, su búsqueda de dinero, que él entiende mal, y un hecho del pasado con un amigo y compañero de equipo lo alejan. Maggie, por su parte, está frustrada por no poder tener hijos, por la negación de Newman, incluso se podría sospechar en el inicio que por impotencia de éste, con la muleta como posible símbolo.


Brick ha caído en una total y derrotada apatía. Maggie se revela ante la injusticia, se muestra ambiciosa y se opone a los tejemanejes de sus cuñados, plantea y organiza todas las cuestiones que supondría una supuesta herencia y las preferencias del abuelo hacia ellos antes que hacía Gooper y Mae. Reprochará a su marido su actitud, dedicándose a la bebida en exclusiva.



Maggie da gran importancia a la clase social y al dinero, esto de alguna forma contraría a Brick, que no es nada interesado. Si bien es cierto que Maggie no quiere que su marido quede perjudicado, ni ella, no serán sus principales motivaciones, algo que Brick aún no comprende, pero lo irá haciendo conforme avance el desarrollo y la evolución de personajes y situaciones.





Maggie y Brick parecen tener un problema aparentemente irresoluble, otro eco del pasado enquistado dentro de él. Brick despreciativo, ella tenaz en su lucha, incapaz de abandonarlo. Podríamos reflexionar sobre los porqués del no abandono de Taylor, al principio se podría sospechar interés, dinero, con el retrato de ella hablando del mismo y que convierta la callada creencia de Brick en la nuestra, pero conforme avancemos en la narración descubriremos que es amor incondicional, como lo descubrirá Brick también.




Ella hablará explícitamente del atractivo y de su amor hacia él, cuando lo haga será espalda frente a espalda, la distancia que los separa, recursos de puesta en escena en el movimiento de los actores. En algún momento veremos a Maggie acariciar la cama, la sexualidad latente y deseada por Maggie, evitada por Brick.



Maggie buscará el cara a cara en los conflictos y la espalda en los comentarios amorosos, se puede comprobar en varias ocasiones en esta secuencia. De igual manera se usará el decorado para ejemplarizar esa distancia, ese muro que hay entre los personajes, con encuadres partidos, usando el marco de ventanas, puertas separándolos… barreras a derribar.

Maggie se siente “como una gata en un tejado de zinc recalentado por el sol”. La frase que da título a la cinta se dirá también en esta extensa secuencia inicial.



 

Dedicada a Rosa y a María, gatas cinéfilas.



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