jueves, 26 de enero de 2012

Crítica: LA CONSPIRACIÓN (2010)

ROBERT REDFORD






Robert Redford se ha mostrado como un director especialmente comprometido en sus últimas películas, tanto “Leones por corderos” (2007), como ésta que nos ocupa, incluso la que llegará en 2012 “The company you keep”, nos muestran a un Redford a disgusto con lo que ve o reivindicativo de los grandes valores americanos. Deja por tanto de lado sus films más esteticistas y románticos, en el buen sentido, donde su amor a la naturaleza es la pieza clave de su discurso y su cine (“El hombre que susurraba a los caballos”, 1998, “La leyenda de Bagger Vance”, 2000 o “El río de la vida”, 1992), un cine más intimista que si bien ahora sigue siéndolo en el sentido de su preocupación por los personajes, tiene distintas miras, sociales, políticas... que en cintas anteriores también aparecían ("Gente corriente" 1980, "Quiz Show. El dilema" 1994).


Redford siempre ha sido cuidadoso con la estética, un bello clasicismo que en general resulta algo pesado, no seré yo quien ataque a un director que apuesta por el estilo clásico de rodar, pero lo cierto es que su estilo no logra, generalmente, evitar el academicismo más agarrotado. Rueda bien, incluso con bellas estampas, pero suele carecer de verdadera emoción y alma, algo que en esta “La conspiración” es uno de sus mayores defectos.



La conspiración” es una obra de gran valor pedagógico, bien documentada pero sin verdadero sentimiento, ni emociona ni desgarra. Algo que suele ocurrirle al bueno de Redford. Lo que es elogiable es su apuesta por un cine que se aleja de los movimientos más de moda y convencionales, siempre siendo honesto e independiente.


En “El hombre que susurraba a los caballosRobert Reford se recreaba en una preciosista fotografía, grandes panorámicas que retrataban la belleza de la naturaleza y las grandes praderas con grandiosos planos generales, además de usar el tema del conflicto entre el estrés de la ciudad y la paz de la vida en el campo, pero curiosamente en ese cuidado look se apreciaba cierto toque de telefilm, de película de sobremesa, como si en general no estuviera todo lo cuidado que parecía. En cambio en “La conspiración” esa sensación no se da y su dirección es verdaderamente precisa y su juego con las luces, esos rayos que siempre se ven y entran por los ventanales resultan, además de la evidente belleza estética, un buen recurso visual para su discurso, esa maraña burocrática para ejecutar una injusticia que sólo deja el resquicio de la esperanza de ese abogado tozudo.
Plantea “La conspiración” interesantes temas acerca de la ley y la justicia, aunque con mucha menos profundidad que por ejemplo “Sed de mal” (Orson Welles, 1958), que es una de las películas que mejor ha reflexionado sobre el tema. En cualquier caso Redford expone interesante preguntas, aunque les da un prisma idealista e ingenuo pero a todas luces necesario.
La idea de que la ley es casi infalible, y sólo su mala ejecución, su incumplimiento nos lleva al desastre, es tan ingenuo e idealista como evidentemente necesario, si nos saltamos nuestras propias reglas, aunque falibles, sí que estamos abocados al desastre.
La defensa de una constitución, unas leyes que salvaguarden los derechos de todos, que busque la justicia, debe ser primordial. Curiosamente esto tan evidente no siempre es políticamente correcto o apoyado por la mayoría, que es capaz de aplaudir las mayores injusticias y desmanes por un ansia de mal entendida justicia, confundiéndola con la venganza. Es interesante el planteamiento de que la injusticia, el saltarse las normas que todos aceptamos, asumimos y votamos, cuando nos conviene por circunstancias o motivos populistas puede llegar a ser apoyada por la mayoría sin plantearse nada más. Igualmente interesante es el planteamiento de que los poderes y los que nos gobiernan creen saber lo que la sociedad quiere y necesita sin más, basándose en unos prejuicios e ideas preestablecidas que en muchos casos sólo aciertan desde la propia manipulación de esas masas desde ese mismo poder. La ingeniería social.


Más preguntas interesantes o reflexiones a las que invita esta cinta están en la responsabilidad de los gobernantes y su naturaleza. Sobre cómo un gobernante debe respetar y defender las leyes, con la Constitución a la cabeza, incluso si la mayoría está en contra, por encima de cualquier circunstancia. El respeto a los derechos fundamentales. Siempre existirá la posibilidad de cambiar cuantas leyes sean para mejorar los derechos y la prosperidad del país en cuestión. Unos gobernantes que deben tener prestigio y estar capacitados, no un cualquiera, debe ser alguien al que se le concede el privilegio y la responsabilidad del mando porque está capacitado tanto profesional como, sobre todo, moralmente. En esta época de desprestigio político los gobernantes cualificados, competentes, deben ser una exigencia.



Redford además muestra su talante liberal y su defensa del individuo dejándonos un héroe muy clásico de su cine en ese abogado interpretado por James McAvoy, que lucha contra todo y contra todos en un entorno hostil y unos prejuicios que se le oponen. Todo en contra. Algo que incluso le cuesta casi la absoluta soledad, tan solo unos amigos le acompañarán y apoyarán, pero si no fuera así él seguiría en su lucha por la justicia, su lucha por lo que es verdadero, aspectos de un personaje que hemos visto en otros de Redford.


Otro ejemplo de brillante sutileza y que muestra el liberalismo de Redford son las referencias de los amigos o la novia (Evan Rachel Wood) de Frederick Aiken (James McAvoy), cuando se refieren a los acusados con el uso de la “generalidad” (“esa gente, la gente, los que mataron a tu comandante en jefe”…), que contrasta tanto con la defensa del individuo tan proamericana como con la que el propio abogado realiza, que una vez tiene contacto con Mary Surratt no puede mantener el frio rigor de una impersonal generalidad, sino que defiende a una persona.
Estas ideas chocan con la dignidad de la que Redford dota a los sudistas, proesclavistas, con respecto a los unionistas.


Un sistema que para no tener problemas, para complacer la indignación social en vez que ampararse en la ley y los principios defendidos por todos los americanos, especialmente los que apoyan al propio Lincoln, decidieron obviar la mismísima Constitución.


Manipulación de pruebas, compra de testigos… Todo esto organizado por Edwin Stanton, interpretado por Kevin Kline, secretario de Guerra.
Como dije no hay naturaleza ni paisajes en esta cinta pero sí un plano final en un amplio césped con nuestro protagonista andando, un plano de un héroe romántico, solo en medio de toda esa pradera. Una vez más mis admirados Turner o Caspar David Friedrich presentes de alguna manera. No es el único plano de nuestro protagonista en soledad, la escena donde su novia lo abandona es cerrada con un plano de este tipo.


Toda la tesis de la cinta es por tanto irreprochable, su fondo, sólo matizado o manchado por cierto maniqueísmo sutil en la forma de tratarlo.
Un grupo conspira para asesinar el presidente Abraham Lincoln, tras el asesinato son arrestadas ocho personas acusadas de conspirar para matar al presidente, vicepresidente y secretario de Estado de los Estados Unidos. Entre esas ocho personas se encuentra Mary Surratt, interpretada por Robin Wright, que es la dueña de la posada donde John Wilkes Booth y el resto de participantes se reunían para planear el atentado. Solamente dos abogados, en especial un joven en principio renuente a defenderla, creerán que pueda ser inocente y sobre todo que merece un juicio justo ante la presión de todo el país, resentido con el sur, que clama justicia y venganza por el asesinato.


Robert Redford no puede renunciar a retratar uno de los hechos más importantes y dramáticos de la historia americana, así tras una introducción donde vemos al heroico protagonista unionista herido en la guerra seremos testigos, en primera persona, del asesinato de Abraham Lincoln, uno de los más importantes presidentes, y referente absoluto, de la historia estadounidense. La posibilidad de mostrar este hecho histórico es verdaderamente goloso para cualquier cineasta.


Tampoco a mostrarnos la muerte de John Wilkes Booth.



John Wilkes Booth, junto a un grupo de conspiradores, la noche del 14 de abril de 1865 tenían planeado matar al presidente, al vicepresidente Andrew Johnson y al Secretario de Estado William Seward. Booth personalmente se encargó de disparar en la cabeza a Lincoln mientras este disfrutaba de la comedia musical “Our american cousin” en el teatro Ford. Tras el asesinato saltó al escenario y pronunció el famoso “Sic semper tyrannis” (“Así siempre a los tiranos”), lema del estado de Virginia y atribuida a Marco Junio Bruto, que supuestamente la dijo en el apuñalamiento a Julio César.
Redford nos mostrará las disputas políticas y los intereses internos que llevarán a la injusticia cometida en el juicio contra Mary Surratt.
Mary Surratt, me encanta ese nombre, era dueña de una pensión. Sureña y católica se vio involucrada en la conspiración para asesinar al presidente Lincoln ya que los conspiradores se reunían en la mencionada pensión. La presión social y el impacto del hecho hicieron que tanto políticos, como jueces, como la sociedad entera diese por condenada a Surratt, que defendía su inocencia e ignorancia de lo que se trataba en las reuniones que se mantenían en su casa con su propio hijo involucrado en ellas.
También era una madre que quería proteger a su hijo, un hijo que posteriormente sería capturado, juzgado y absuelto.
Como en “Leones por corderosRedford no puede evitar que su puesta en escena y la sensación que produce en el espectador sea en exceso teatral. Como en aquella, y a pesar de que Redford saca su cámara en numerosas ocasiones de la sala del juicio a la posada de Surratt, a fiestas, a despachos o casas de jueces o hará flashbacks, el espectador tendrá la sensación de que la película es casi en exclusiva en la mencionada sala del juicio.
Como drama judicial “La conspiración” es interesante si bien es cierto que en ningún momento resulta apasionante.


Redford expresa y muestra de manera sutil el resentimiento hacia el sur por el acto cometido y también la opresión que sufrieron por los unionistas quedando el contexto en que se engloba el crucial suceso algo sesgado.
Redford mancha en cierta medida su pulcra propuesta al omitir aspectos, no concretar bien el contexto en que se engloba el suceso ni definir bien las motivaciones de los que comenten el asesinato que desencadena la trama. Esto sumado a determinados comentarios da cierto toque maniqueo a la cinta.
La omisión de referencias a la defensa esclavista del sur, que además deja huérfano de explicación el atentado cometido como Booth y sus compañeros, de móvil, son pequeños lastres y causa de ese ligero maniqueísmo que rezuma en la película (algo reseñado por varios críticos, como Sergi Sánchez, por ejemplo). Un caso de vulneración de derechos a alguien que no sabemos si es inocente, aunque la película tiende a mostrarla como tal, que de forma torticera obvio la presunción de inocencia y los funcionamientos habituales para cualquier acusado.
El aspecto ideológico ni quita ni pone en exceso en una valoración, o al menos no debe hacerlo, si se muestra un contexto amplio, que luego se tome partido siempre lo consideraré un gesto valiente.
El esteticismo romántico, nostálgico y algo marchito de Redford en otras cintas aquí, quizá debido a su enclaustramiento y estar basada en interiores, lo que da cierta teatralidad a la película, resulta más sobrio y efectivo. Los haces de luz que entran por las ventanas de la claustrofóbica y tenebrosa cárcel son buen ejemplo de ello. Una esperanza que acaba siendo vana.


Redford maneja sin sensiblerías las emociones, de hecho quizá le falte algo de impacto en este sentido, como he comentado. Los actores están todos correctos pero debo hacer mención especial a Robin Wright que está esplendorosa.


Por supuesto Tom Wilkinson tiene un papel… ¿en qué película no lo tiene? Interpreta a Reverdy Johnson.


Una película de aliento clásico, con el placer que ello me supone, que con un poco más de riesgo, amplitud de miras y pasión podría haber sido algo mucho más notable.



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