lunes, 23 de abril de 2012

Crítica: EL ÍDOLO CAÍDO (1948)

CAROL REED









Carol Reed se encontraba seguramente en los mejores años de su carrera. Agrupó en 3 años títulos como, "Larga es la noche" (1947), "El ídolo caído" (1948) y "El tercer hombre" (1949), lo que debería haberle situado en un estatus mucho más alto del que nunca tuvo. Director infravalorado, nos ofrece en esta intriga una muestra más de su talento indiscutible.

Un niño, hijo de unos diplomáticos, es cuidado en la embajada por el personal de servicio, los señores Baines. El chico tiene al marido mucho cariño, ve en él a un referente, una figura excepcional, paterna, y siempre están juntos. Por el contrario con la mujer (Sonia Dresdel) su relación es difícil debido al carácter de ella. Ante el adulterio del señor Baines (Ralph Richardson) con una secretaria de la embajada (Michèle Morgan), Phillipe, el niño, se verá inmerso en una espiral de mentiras para proteger a su amigo.

La película habla de la perversión de la inocencia, de la infancia, de cómo los adultos manejan y se sirven de los niños para cubrir su propia miseria, de cómo abusan del más débil aunque sus formas sean sofisticadas. Reflexiona sobre la posición de los adultos con respecto a los jóvenes, como desde esa posición son referentes de comportamiento, profesores de educación que deben dar ejemplo, porque la falta de valores o principios que empleen en sus vidas es observado y generalmente imitado, cuando no admirado.


El señor Baines miente a Phillipe (Bobby Henrey), porque considera que su actitud no es honesta ni sincera, y por tanto esa miseria suya la traslada hacia el niño, que en ningún momento se plantea nada perverso de su amigo. Ese sentimiento de culpa adulto es trasladado al inocente y se le cuentan mentiras para aliviar ese sentimiento propio. Por supuesto se crea un pacto de confidencialidad para que Phillipe no diga nada de la amiga del señor Baines a su mujer, que el niño cumple. Cuando las cosas se tuercen, los adultos no dudan en usar y presionar al niño para lograr sus objetivos, ya sea ocultar secretos o que estos les sean desvelados. Todo esto crea en Phillipe una confusión tremenda, siente que algo se rompe en su interior, ya que él lo que quiere es ayudar a su amigo Baines que a la vez le pide que mienta. Cuando el niño no puede aguantar las presiones se crea en él un conflicto, un sentimiento de culpa, de traición con su amigo, que es un eco de los sentimientos adultos provocados por su mezquindad.


Phillipe se siente perdido en un mundo que no entiende, el mundo de los adultos, donde no distingue que está bien de que está mal, si la mentira es buena o reprochable. Reed va mostrando esta crispación y ese aislamiento e incomprensión del niño con respecto a los adultos con planos cada vez menos estables, cada vez más oblicuos al estilo Welles, usando picados, contrapicados o planos inclinados (que se acentúan a partir de la escena del escondite). Así muestra como el mundo estable del crio, donde todo eran certezas, se va tambaleando.


La mencionada escalera es un personaje más, siempre simbólico, representará la distancia, cada vez mayor, entre el mundo infantil y el adulto, entre la comprensión que tiene el niño de los adultos, el aumento de la desconfianza. También simbolizará y representará la crispación, la tensión, las diferencias o desavenencias entre personajes, por ello será escenario del crimen... La escalera en "El ídolo caído" es un personaje más y se acentúa desde la dirección con maestría mostrando con picados y profundidad de campo todo lo reseñado.




 Si bien es cierto que su apariencia es en cierta medida teatral, producto de que la trama es casi exclusivamente desarrollada en un solo escenario, no se puede negar que su esencia es de puro cine gracias al dominio del lenguaje cinematográfico de su director. Ejemplos de esto son los mencionados encuadres o el uso del punto de vista del niño en la mayoría del film.Un niño que es la mirada, siempre observa tras cristales o escondido maquinaciones, casi nunca comprendidas, de los adultos.


Una obra más que notable con final irónico, talento visual y profundidad en sus planteamientos, con pocas fisuras y que sin ser una obra maestra debido a la modestia de medios y planteamientos, junto con algún momento ingenuo de guión, poco le falta.

Es una adaptación de una historia de Graham Greene de la que él mismo hace el guión.






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