martes, 13 de mayo de 2014

Crítica: EL FANTASMA Y LA SEÑORA MUIR (1947) -Parte 2/3-

JOSEPH L. MANKIEWICZ












Tras el romanticismo volvemos a la comedia. Magnífica la escena de la visita de la cuñada y la suegra a Lucy, con la presencia “invisible” del capitán Gregg. Una escena de pura comedia de enredo y donde Mankiewicz maneja a la perfección a la figura invisible del fantasma, para generar divertidas situaciones y salpicarlas de grandes frases de diálogo.


 


La conversación romántica entre Lucy y Gregg parece dar frutos, ya que ante los apuros económicos de Lucy, que le explican sus parientes, el fantasma del capitán Gregg le pedirá que se quede y le ofrecerá ayuda. Parece haberse encariñado con ella.

Mankiewicz seguirá desgranando características de la personalidad de los dos protagonistas, así veremos que Gregg es posesivo y que Lucy es emprendedora e inteligente.





Pero soy real. Estoy aquí porque usted quiere creerlo así. Siga creyendo en mí y seguiré siendo una realidad”.

Con estas ambiguas palabras se acentúa la idea de que Daniel Gregg pueda ser un producto de la imaginación de Lucy, real sí, pero sólo para Lucy. En esta conversación Lucy pasará a llamar Daniel al capitán Gregg. La intimidad y relación entre ambos más estrecha.




Aquí se expone a las claras, y se mencionará en otras ocasiones, el tema de la realidad y la ficción, que como ya se mencionó en el análisis de “Eva al desnudo” (1950), es un tema importante en el universo de Mankiewicz.

Un libro, “Sangre y valor”, sobre su vida es la solución que plantea Daniel para los apuros económicos de Lucy. La atractiva y sensacional vida del marino. Así se iniciará una colaboración que acabará por desarrollar y afianzar una relación que desembocará en un irrefrenable enamoramiento. En dicha colaboración habrá tiempo para el romanticismo, pero también para el humor, como la polémica palabra que Lucy se niega a escribir en principio, cediendo posteriormente ante la insistencia de Daniel. Poco a poco ella va adaptándose y acostumbrándose al estilo, costumbres y lenguaje del capitán.




Lucy queda embriagada y fascinada por Daniel, sus historias vitalistas, su búsqueda de aventuras, su intensa juventud, el halo romántico que todo ello desprende colma a Lucy, una soñadora, de todo aquello que le gusta y añora. La creación artística como sustitutivo de la experiencia vital, algo también muy socorrido en las cintas de Mankiewicz. El enamoramiento de ella no puede contenerse ante estas circunstancias, su lucha contra los esquemas biempensantes es breve.

Los dos personajes no pueden ser, en principio, más antagónicos, él es un vividor poco sofisticado y educado, ella una señorita con clase, formal y… pecosa. Muchas diferencias pero a la vez cada uno de ellos tiene lo que el otro más desea, ambos son apasionados, desprenden intensidad, de distinta manera, él tiene todo el misterio, la aventura y el romanticismo que ella busca en la vida, y a su vez ella tiene la pureza, inteligencia y clase que a él le pierden. Una atracción incontrolable.



Un bello e imposible amor platónico.

Gregg: ¿En qué está pensando?

Lucy: En lo sola que debía sentirse su tía viendo las alfombras limpias.



La película contiene un gran romanticismo poético, expresado de manera especial visualmente, las cortinas mecidas por el viento, el paisaje costero, la niebla que baña a los personajes en escenas nocturnas… Un ejemplo lo tenemos en la escena mencionada donde Lucy y Daniel trabajan en su libro, cuando Lucy cita la última frase entrecomillada Daniel desaparecerá sin mediar palabra y sólo veremos unas cortinas mecidas por el viento en el lugar que aquel ocupaba.



Llegamos al final del trabajo, otra maravillosa escena romántica como conclusión a meses de colaboración. El enamoramiento está a flor de piel, las nostálgicas reflexiones de Daniel confirman los inevitables sentimientos. 

Daniel da a Lucy todo lo que anhelaba, la hace feliz, la hace sentirse completa, la consuma intelectual y espiritualmente… no a nivel físico. Lucy siente la felicidad del presente pero también la incertidumbre del futuro. Está completamente entregada a su capitán, por eso no para de decir…





Sí, Daniel”.







Daniel, perdidamente enamorado de Lucy, es consciente del problema, por eso la instará a conocer a otros hombres, un desgarrador sacrificio de amor.

Daniel, me parece que nos hemos metido en un lio tremendo”.

Enamoramiento consumado.

La historia girará por completo tras esta escena, la petición y renuncia de Daniel será tenida en cuenta por Lucy. En su visita al editor para entregar el libro acabado conocerá a un galán, Miles Fairley, interpretado por el excelente George Sanders. Éste quedará prendado nada más verla y su insistencia tendrá sus frutos.

Publico muchas porquerías porque es lo que se vende, pero no pienso leer ni una más”.



El editor también quedará fascinado, pero especialmente por el libro de Daniel. Habrá otra tormenta, lluvia, lo que posibilitará las galanterías del insistente Fairley, un personaje que tanto Mankiewicz como su guionista Dunne dibujan perfectamente, osado, atrevido, descarado, “fresco”, cínico, como bien corresponde a un papel interpretado por Sanders, y a la vez tierno autor de libros infantiles.








Lucy quedará complacida con las atenciones de Fairley, es su salida “física”, especialmente cuando le roba el pañuelo a modo de fetiche. Fairley es la carnalidad que Daniel no puede darle.

Mientras Lucy sueña en el tren sobre lo acontecido con Fairley, Daniel se aparecerá para reprocharle, celoso, su actitud. Cuando Daniel oye maldecir a Lucy queda satisfecho al reconocer en ello su influencia sobre ella, sobre su Lucía, como él la llama. Lucy, por su parte, se mostrará coqueta halagando a Fairley como autor infantil, mintiendo, como explicará Daniel en el tren, que parece conocer a la perfección los gustos de su hija Anna, devoradora de historias de piratas.






Dije hombres, no serpientes perfumadas”.

Resulta encantador ver a Harrison enfurruñado, y celoso, riéndose a mandíbula batiente.




Como era de esperar Fairley no dejará las cosas así, perseguirá a su presa usando el pañuelo robado como anzuelo. La brillantez de los diálogos vuelve a quedar ejemplificada en la magnífica conversación que mantienen Daniel y Lucy tras el beso que ésta recibió de su pretendiente Fairley.




Los criados en el cine de Mankiewicz.

Hay varios tipos de criados en Mankiewicz, los ambiciosos, ya sean criados en sí mismos (la enfermera de “Mujeres en Venecia", 1967), o con esencia de tal (el protagonista de “Operación cicerón”, 1953); o los tradicionales de toda la vida. En cualquier caso es un personaje esencial en el cine de Mankiewicz. Todos recordaremos a Thelma Ritter tanto en “Carta a tres esposas” como, sobre todo, en “Eva al desnudo”, en unos papeles memorables; también veremos a Jessica Tandy en “El castillo de Dragonwyck”; la criada negra de “Un rayo de luz” (1950), la niñera también negra en “El día de los tramposos” (1970), el de “Murmullos en la ciudad” (1951) o “Cleopatra” (1963)…



En la película que nos ocupa tenemos a Martha (Edna Best), que vuelve a tener un papel similar, aunque mucho menos vistoso, que los de Thelma Ritter, es decir, la conciencia y la lucidez. Como Ritter en las citadas películas el personaje de Martha verá con claridad las intenciones del galán que pretende a su señora, de igual modo que mirará con simpatía la imagen del capitán. Recordemos que Ritter es la única que en “Eva al desnudo” no acaba de tragar a la manipuladora Eva.

Así Martha, con un simple gesto, mirando los cuadros que cuelgan en el dormitorio de su señora, el retrato del capitán Gregg (Rex Harrison) y el que Fairley (George Sanders) le hizo en traje de baño a Lucy (Gene Tierney), manifestará lo que piensa de ambos, desdén por Fairley y simpatía por el capitán. En la conversación posterior entre Martha y Lucy, la protagonista expondrá sus motivaciones para su decisión de casarse con Fairley, excusas algo ambiguas, la mayor parte de lo que expone lo tiene con Daniel, salvo el tema de la carnalidad y la mención a “lo real”, nuevamente presente, como es habitual en Mankiewicz.





No hace falta decir que el cuadro del capitán Gregg es mucho mayor que el que pintó Fairley. La primacía, en todos los sentidos, incluido el corazón de Lucy, es para Daniel.

Dicho esto, Lucy se enamorará perdidamente del descarado Fairley, una vez convencida de la inconveniencia de elegir lo que “no es real”, un enamoramiento arrebatado donde vamos viendo la personalidad de Fairley, egoísta, al pedirle a ella prioridad por encima de su hija. La tiene conquistada…






El plano, en la romántica escena entre los dos amantes, de un vigilante Daniel observando desde una altura superior y tapando con su cuerpo la escena del beso entre la pareja es significativo. Daniel entiende que ya no debe estar allí, que debe dejar a su amada equivocarse. Como he dicho, Daniel tapará con su cuerpo la escena del fondo, igual que vimos en su primera aparición con la siesta de Lucy.






Llegamos a la que posiblemente sea la mejor escena, y más recordada, de la película. El deslumbrante y emocionante monólogo que Daniel dedica a su dormida amada, de una belleza conmovedora.

Aunque Daniel reprochará a Lucy su falta de sentido común aceptará que haya elegido la vida, como debe ser.



El momento en el que Daniel se acerca a escasos centímetros de la dormida boca de Lucy es sublime, un momento antológico, especialmente cuando poco antes de levantarse Lucy mueve sutilmente la cabeza, como deseando el beso de forma inconsciente.

Ha sido un sueño, Lucía. Y mañana y todos los días de tu vida recordarás este sueño, que acabará como acaban todos los sueños al despertar”.

Precioso, poético y mágico momento en el adiós de Daniel.





La parte final del monólogo, justo antes de desvanecerse, nos recuerda enormemente a otro monólogo indispensable en la historia del cine, el de "Blade Runner” (Ridley Scott, 1982).

¡Cómo te hubiera gustado el Cabo Norte! ¡Y los fiordos al sol de medianoche! ¡Cruzar los arrecifes de Barbados donde el agua azul se vuelve verde! ¡Las Falkland, donde la galerna del sur hace que el mar se ponga blanco de espuma! ¡Cuántas cosas nos perdimos, Lucía! ¡Cuántas cosas nos perdimos!... Adiós, mi amor.”




 





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