jueves, 24 de septiembre de 2015

Crítca: LA HECHICERA BLANCA (1953)

HENRY HATHAWAY









Resulta difícil saber en qué género se manejaba mejor un artesano tan virtuoso como Henry Hathaway, del que he comentado muchas veces que es uno de los directores más regulares de la historia del cine, ya que además de prolífico no tiene película mala, una filmografía que baila entre lo bueno y muy entretenido y lo magistral. Pondría un título como lo peor que hizo, sin ser exhaustivo, “Comando en el desierto” (1971), pero no es más que una excepción que confirma la regla.




Quizá fuera en el western y el thriller o cine negro, donde encuentro al mejor Hathaway, ya que fueron dos de los géneros que más frecuentó, pero ejecutó auténticas maravillas en casi todos. También el cine de aventuras fue muy visitado por el director, género al que corresponde la película que nos ocupa, que sin ser de lo mejor de su filmografía a nivel general ni concretando en sus incursiones en dicho género, satisface y entretiene sin lugar a dudas. Una estupenda cinta de aventuras exóticas y romanticismo al más puro estilo clásico que no puede defraudar.




Particularmente prefiero “Arenas de muerte” (1957), con la pareja John Wayne y Sophia Loren en los papeles protagonistas, pero esta protagonizada por la pareja formada por Robert Mitchum y Susan Hayward no es peor en absoluto.


Un cazador (Robert Mitchum) y su socio se adentrarán en la selva del Congo Belga en busca de oro con la excusa de guiar a una joven enfermera que a su vez busca a una reputada doctora. Una vez allí, la enfermera (Susan Hayward) deberá competir tanto con la doctora como con los hechiceros de las tribus para ganarse su respeto mientras Lonni, el cazador, se convierte en su protector.




La base de la narración y desarrollo de personajes está en la relación entre Lonni y la enfermera Ellen Burton, que comenzará con reticencias, desconfianza, malos modos y discrepancias, los clásicos inicios difíciles de película de aventuras para la pareja romántica.


La chica deberá demostrar su valía a todos los niveles, no sólo en el ámbito profesional, sino también en el personal para conquistar al cazador. No valdrá sólo con su feminidad, sensualidad y belleza, deberá demostrará valor, heroísmo y valentía, competencia en los momentos más complicados. Mujer de acción y mujer de ciencia. Una vez demostrado, el cazador quedará irremediablemente cazado. Lo mismo ocurre con el hombre, que exhibirá su potencial y protección, para seducción de la dama.




No me gusta sentirme protegida”.


Un defecto mío es llegar a conclusiones prematuras”.




Mitchum nos deleitará con un buen número de sus aceradas réplicas. Se esconde en sus “borderíos”  más de una galantería, además de segundas intenciones, por ejemplo, evitar problemas y dificultades por tener que ocuparse de esa mujer. Ella, por su parte, irá descubriendo sus secretos a ese rudo hombre de fondo sensible.


Ella es coqueta, le costará renunciar a sus ropas y se sentirá halagada por los piropos de los nativos. Ellos resultan tan exóticos a los nativos como estos a nosotros… Ambos protagonistas se mostrarán ante el otro competentes en sus especialidades, Lonni con el manejo de los animales y Ellen con el de los enfermos.



Los manejos y trabajos de los nativos ayudando a los civilizados occidentales, con los animales cazados, están bien expuestos y Hathaway, hábilmente, incluirá alguna escena de acción y aventura (algún animal que se escapa), para aligerar esta fase de exposición. Mitchum, que es una bestia parda aún más temible que los animales que caza, se las verá con un gorila, por ejemplo, nada más comenzar.




Los entornos exóticos, los planos generales mostrándolos, así como el uso de las transparencias en esos parajes, son un deleite visual. Bailes y danzas rituales, jerarquías de mando y organización de las tribus, añaden el toque exótico, muy bien mostrado siempre por la cámara de Hathaway. Rituales étnicos que no buscan adecuarse a una realidad documental o concreta, más bien crear ese misterio, esa atmósfera, esa sensación de descubrimiento que nos fascine…




Las escenas de caza en plena selva, con muchos planos generales, son puro placer, el gran aliciente de la película estéticamente. Un ejemplo, esa escena en la que Mitchum intenta surtir de alimento a Hayward para su estancia entre los nativos sustituyendo a la doctora Mary, donde acaba disparando a un león que ataca a un joven que busca convertirse en guerrero.



Mitchum retratará las particularidades del entorno, las enfermedades tropicales, las dificultades para sus diagnósticos, los comportamientos y costumbres de los lugareños… Contra todo ello, la inexperta Ellen deberá luchar, logrando la admiración del entorno y del galán, por supuesto.



Y es que hay algo de reto continuo en el comportamiento de Lonni hacia Ellen, como si la probase para convencerse de que esa mujer es para él. Un ejemplo lo tendremos cuando antes de separarse le explica que tendrá que cazar como hacía su predecesora en el cargo…


Lonni es un cazador, pero defensor de los animales, así lo demuestra en su presentación, dando un puñetazo a un nativo por maltratar a un animal. El conflicto inicial entre la pareja parece algo forzado e injustificado, artificioso, más allá del evidente machismo del personaje de Mitchum.


Ellen, por su parte, deberá luchar contra los prejuicios y la ancestral cultura y ritos de las tribus nativas. Deberá imponerse para demostrar su valía, contra el recuerdo de la doctora, así como contra los hechiceros de dichas tribus. Lo cierto es que ella no es doctora, es enfermera diplomada… Es un descubrimiento mutuo, de hombre y mujer, del mismo modo que ese mundo se nos descubre ante nuestros ojos, una nueva cultura.


Esa lucha queda expuesta en una de las mejores escenas de la película, con un magnífico juego de sombras, sensual al principio con la silueta de Hayward, amenazante al final con la aparición e intento de asesinato del celoso brujo de la tribu a la enfermera.










La noche deja algunas de las mejores escenas de tensión. Otro ataque a nuestra enfermera para secuestrar a un joven nativo, con un buen juego con el segundo plano, es otro ejemplo. La cosa es que se lo llevan para nada, ya que en la escena siguiente le piden a Ellen que vaya a tratarle… Como aspecto de la trama es algo débil y poco elaborado.


Entre la pareja hay un duelo que debe resolverse: la experiencia de campo de él con la sabiduría teórica de ella, que se retan constantemente en el inicio para converger románticamente.


La muerte de la doctora obligará a Ellen a sustituirla de forma completa, el mayor reto para ella, que debe luchar contra su recuerdo y replantearse su labor, ya que iba como ayudante. Es ella la que más debe demostrar.


No todo es muerte. Ellen asistirá también en un parto, dará vida, pero uno de los gestos que implica el cambio en las costumbres de los nativos y en su forma de mirarla, la tendremos con ese personaje que se negó a ser atendido por ella al principio por un accidente en su pie que luego le pide atención por esa misma lesión que aún le duele.





La sugerente noche, la soledad, el exotismo del entorno, llevan a nuestra pareja a ceder al impulso amoroso en la orilla de un río. Miedosa y titubeante por el recuerdo de su marido, trata de resistirse a su atracción.


La evolución de su relación llega a un punto culminante con la escena del chico herido en territorio Bakuba, cuando ella muestra sus debilidades y él la reconforta valorándola, desdiciéndose de sus dudas iniciales. Momento de confesiones, ya que poco después Lonni reconocerá su mezquindad, que se sirvió de ella para buscar oro.




No esperéis con la pequeña trama del avaricioso compañero de Lonni, Huysman (Walter Slezak) algo siquiera cercano a “El tesoro de Sierra Madre” (John Huston, 1948). Ninguna reflexión profunda sobre la avaricia o la ambición obsesiva, de hecho es una trama que reaparece en el último tercio para dar impulso a una historia que parecía estancada, como añadida de repente, aunque da energía al tramo final. En realidad se podría haber pasado sin toda esta parte, es como un pegote dentro de la película.



Será el oro el que lleve a la perdición al avaro Huysman, recibirá un disparo intentando recuperar un collar de oro. El puente que cruzan Ellen y Lonni nos recuerda a la mítica escena de “Indiana Jones y el templo maldito” (Steven Spielberg, 1984).




El duelo final, que resulta atractivo y tenso con el montaje paralelo de Ellen cuidando al herido y Lonni pasando apuros, deja también torpezas, como esa pistola oportunamente tirada al lado del héroe justo antes de ser liberado… El nativo que ayuda a Lonni es el verdadero héroe de la función, lástima su final. Un buen tiroteo.





En la tradición de cintas de aventuras en África como “La reina de África” (John Huston, 1951), “Mogambo” (John Ford, 1953) o “Hatari” (Howard Hawks, 1962), sin mencionar otras más modernas.





El estilo de Hathaway es de absoluta precisión clásica, con un gran poderío visual gracias a su puesta en escena, planificación y dinamismo dentro del encuadre, un extraordinario artesano, uno de los mejores.






Un uso perfecto del plano general para que se aprecie la acción y la planificación clásica. Planos medios para conversaciones vinculadoras incluyendo a todos los intervinientes en el encuadre o en planos de situación, así como el plano y contraplano estricto para conversaciones cotidianas o donde hay confrontación. Puro cine clásico.

La música corresponde al gran Bernard Herrmann.


Una película muy correcta, como todas las de Hathaway, muy entretenida, que hará pasar un rato agradable.






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