viernes, 20 de noviembre de 2015

Crítica: EL JARDÍN DEL DIABLO (1954)

HENRY HATHAWAY












Especialmente cómodo se encontraba el gran Henry Hathaway en el western, y casi todos los que hizo eran estupendos, bueno, como casi toda su filmografía, que no tiene desperdicio y es absolutamente recomendada.


Curiosamente, muchos de los títulos maestros de Hathaway no se sitúan en el western, que es en el género en el que más se prodigó, pero lo cierto es que todos ellos, en general, satisfacen y entretienen enormemente, con su estilo clásico y su narrativa concisa y poderosa.

Desde sus mismos inicios, Hathaway se sumergió en el western. Sus primeros trabajos fueron todos en este género, títulos breves con Randolph Scott como “La pradera salvaje” (1932), “To the last man” (1933) o “La horda maldita” (1933)…

Posteriormente, aunque se zambulló en todo tipo de géneros, nunca abandonaría el western, de hecho su penúltima película fue uno, “Circulo de fuego” (971) con Gregory Peck, y uno de sus más exitosos trabajos al final de su carrera fue otro, “Valor de ley” (1969), la película que le dio el Oscar a John Wayne.




Aquí tenemos un estupendo western clásico que además tiene mucho de cine de aventuras, género en el que también Hathaway dejó muchos y buenos títulos. Un duelo entre dos grandes de la escena en una especie de triángulo amoroso. Gary Cooper y Richard Widmark con Susan Hayward en medio. Un western que está en la historia del cine por ser el primero realizado en Cinemascope.

No es de los mejores de Hathaway, ni mucho menos, pero resulta más que aceptable.



Una mujer contrata a tres hombres para que la ayuden a rescatar a su marido que está atrapado en una mina, ya que dicha mina está en una zona sagrada para los apaches: el “Jardín del diablo”. Una aventura con sus riesgos donde el mayor peligro acabará resultando ellos mismos…


No fueron pocas las colaboraciones entre Henry Hathaway y Gary Cooper desde los primeros años del director. “Ahora y siempre” (1934), “Tres lanceros bengalíes” (1934), “Sueño de amor eterno” (1935), “Almas en el mar” (1937), “La jungla en armas” (1939) y “You’re in the navy” (1951) se suman a la que nos ocupa en esta fructífera colaboración.

Uno de los aspectos más destacables de la película es su colorido y fotografía, aspectos siempre muy reseñables en las cintas de Hathaway. Un colorido profundamente intenso, con espectaculares planos generales de situación, como esa llegada a México. Unos paisajes extraordinariamente fotografiados con el memorable Cinemascope y el Technicolor. Fotografía de Jorge Stahl Jr. y Milton R. Krasner. La música corre a cargo el mítico Bernard Herrnann.






Tres buscadores de oro haciendo una pausa obligada por una avería en el barco de vapor que les llevaba a California. Widmark es quejica y dicharachero, Cooper observador, culto y silencioso. El último en discordia es Cameron Mitchell. En la cantina aparece una cantante para deleitar a los visitantes, interpretada por Rita Moreno.



-Fiske: He comprobado que las mujeres bonitas hablan con propiedad en todas partes del mundo.

-Hooker: ¿Y cómo hablan las feas?

-Fiske: Nunca las escucho.



Hathaway exhibe las habilidades narrativas clásicas en el viaje de la expedición que la bella Susan Hayward dirige una vez captó a nuestros tres amigos y un sheriff mexicano. Un viaje que se trata de un descenso a los infiernos con mensajes simbólicos de advertencia de los apaches, acantilados que hay que saltar con el caballo, la creciente desconfianza entre los miembros del grupo, la aparición de la ambición, la inseguridad y el miedo, la amenaza de los indios haciéndose cada vez más cercana y real… Todo ello crea la tensa atmósfera aventurera buscada.


Los parajes naturales, la película está rodada en exteriores, son muy bellos y están magníficamente fotografiados. La épica clásica, incluso en películas pequeñas, parece inalcanzable para el cine actual.








Hathaway plantea la película como un reto masculino, una lucha a tres no sólo por el oro, sino también por la chica, en la que cada uno aplicará sus armas y las características de su carácter más destacadas. Widmark es taimado e inteligente; Mitchell visceral, pasional y directo; Cooper sosegado y honrado… Oro y amor, objetivos de la ambición.




Mitchell intentará forzar a Hayward, Widmark se mantendrá al margen, Cooper dará la cara por ella y se enfrentará al primero… Ella irá tomando nota.


Al mismo tiempo se van desvelando secretos de los personajes, su pasado, cosas que ocultan (con razón, ya que les rodean desconocidos): Así se irá descubriendo lo peligroso de la expedición, que esa mujer y su marido buscaban oro en la mina, que Mitchell era un cazarrecompensas, que Cooper fue sheriff…




Para todos Cooper va adquiriendo una vitola de héroe y persona competente, sobrado, lo que le granjeará las suspicacias e inseguridades de los otros, aunque también la admiración, en especial de la chica.

Se marca una jerarquía. Tanto el sheriff mexicano como Luke Dally (Cameron Mitchell) son más asilvestrados, primarios, perderán los papeles a las primeras de cambio y se mostrará muy inseguros. Uno intentará forzar a la mujer, ambos se emborracharán y armarán escándalo por descubrir oro, dejarán señales para poder volver… En un escalón superior estarían Fiske (Richard Widmark) y Hooker (Gary Cooper), más cerebrales, mesurados, templados e inteligentes, dos buenos hombres… En otro distinto estaría Leah Fuller (Susan Hayward), que supone el equilibrio y a la vez una de las principales causas de desestabilización en ese micromundo masculino y lleno de testosterona.


El marido de ella, John Fuller (Hugh Marlowe), representaría la degradación humana provocada por la ambición, podrido en esa búsqueda de dinero… Un camino que recorren a más velocidad Luke y el sheriff mejicano, pero que amenaza a todos.



Y es que en una película tan varonil, lo más destacado es el personaje de ella, que se aparece en muchas ocasiones como una irremediable mujer fatal, que sin esforzarse logra que los hombres hagan lo que quiere, como manifiestan varios de ellos en distintas ocasiones.

La segunda parte de la película será en la localización de la mina, la primera fue durante el viaje. Esa primera parte, con el viaje hacia la mina, quizá se alargue en demasía y haga titubear el ritmo. Allí será todo más estático, incluso claustrofóbico en ocasiones con los intentos de rescate al desafortunado marido de Susan Hayward, que interpreta Hugh Marlowe.




La caligrafía de Hathaway es estrictamente clásica, con predominio del plano general y  sosteniendo mucho los encuadres, tanto en interiores como en exteriores, donde está rodada buena parte de la película. Conversaciones con todos dentro del mismo plano, ya sean dos, tres o más los intervinientes. Los primeros planos escasean, pero los planos medios son habituales en las mencionadas conversaciones. El salto de planos generales a planos medios o planos detalle es funcional, clásica y ordenada.



Este western de Hathaway mira de lejos a “El tesoro de Sierra Madre” (John Huston, 1948).

Si el mundo hubiese sido hecho de oro, los hombres se dejarían matar por un puñado de tierra”.



El tercio final es excelente, con ese retrato del entorno bellísimo, encrespado y amenazante, visualmente extraordinario, desde la tensa espera bien modulada por un posible ataque de los indios, al ataque en sí y la escena final, llena de intensidad dramática.






La espectacular la caída de Luke desde lo alto de un pequeño acantilado en plano general a manos de un indio o la muerte del marido de Leah, atado boca abajo en una cruz, son momentos a resaltar. Uno a uno cayendo…

El mexicano, Vicente, de puro carácter latino, será el siguiente, acribillado con flechas. Esto nos lleva a una situación extrema con el trío protagonista acosado por los indios en un desfiladero. La persecución de los indios a los protagonistas, con esos espectaculares y sostenidos planos generales, es soberbia.

Tanto Fiske como Hooker son dos hombres íntegros y buenos, pero el primero se mostró más pasivo, menos decidido a enfrentar las injusticias. En el final, cuando todo se tenga que decidir en el desfiladero, Fiske se reivindicará y sacrificará para que la pareja huya y pueda dar rienda suelta a su amor, aunque, por supuesto, el personaje que interpreta Gary Cooper se ofrecerá a quedarse e incluso volverá, que para eso es el héroe, pero tendrá que asumir la decisión del personaje que interpreta el siempre magnífico Widmark. Lo cierto es que resulta innecesario poner tanto hincapié en demostrar el heroísmo de Cooper, como si el guionista y el personaje tuvieran cierto sentimiento de culpa, remordimientos y la necesidad de demostrar más que el verdadero sacrificado.



Es en lo único que soy afortunado… en las cartas”. Al menos se llevará un abracico y un casto beso en la mejilla de la chica.

Una película que comenzó a la orilla del mar, pero terminará en lo alto de un desfiladero.

Todos los intérpretes están muy correctos, la dirección es, como siempre en Hathaway, más que competente, y la fotografía excelente.




El jardín del diablo” es una película tranquila, que puede que a alguno le parezca falta de ritmo en ocasiones, pero los juegos psicológicos y las relaciones de los personajes, con atracciones, amores pervertidos por el egoísmo, la pasión y la ambición, hacen de ella un título más que estimulante. Para pasar un rato agradable.




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