viernes, 20 de mayo de 2016

Crítica ALABAMA MONROE (2012) -Última Parte-

FELIX VAN GROENINGEN











Recursos de dirección.

La dirección de Felix Van Groeningen recurre a muchos simbolismos e ideas alegóricas para atenuar la crudeza del drama, posible causa de su éxito crítico. La dirección es inteligente y rica en detalles de este tipo, lo que logra dar más enjundia y brillantez de la que realmente tiene la película y la historia que nos cuenta. Además de estos aspectos que resaltaré tenemos otros recursos que definen el estilo de la película y la dirección de Groeningen.



-Hay multitud de planos detalle, planos cortos o escindidos, de objetos. Una forma de retratar el entorno y las circunstancias con medido tacto y frialdad. Un ejemplo, la inyección a la niña en la primera escena en el hospital. Estos primeros momentos dejan detalles sutiles, como ese cambio en el gesto de la enfermera que bromea con la niña antes de que el médico hable con los padres.

-Maneja bien los encuadres y el decorado Groeningen con sentido narrativo. Con ellos expresa vínculos o relaciones, define sentimientos y momentos. Utilizará encuadres con Elise y Didier juntos en plano para momentos de felicidad, mientras que en los conflictos o la crispación los separa, utiliza los desenfocados o se niegan gestos y miradas. Una cama, la de la niña enferma, separa a la pareja en un conflicto, pero se reconciliarán uniendo las manos a través de ella. Incluso cuando se usan planos y contraplanos para la pareja, estos son íntimos, retratando su complicidad.




-Cristales de todo tipo servirán de pantalla entre la cámara y los personajes, matizando y atenuando los impactos dramáticos. En varias ocasiones estos planos tras cristales serán sin voz. Un plano distorsionado de Elise, de nuevo tras cristal, adelanta la noticia de su embarazo como un oscuro presagio.



Cristales que son como pequeñas burbujas de dolor e intimidad. Coches, furgonetas… donde expanden su rabia, donde hacen el amor, donde exhiben su dolor. Cristales que los aíslan, que se escenifican como barreras y que los agobian, los frustran en su impotencia.




-Montaje inteligente que encadena ideas. Un polvo en una furgoneta y una barriga embarazada en el plano siguiente, por ejemplo. En montaje sincopado veremos el crecimiento de la niña: la vida misma, los cumpleaños, los primeros pasos, el 11-S, las diversiones y actuaciones…






Montajes paralelos incidirán en la muerte del pájaro al chocar con el porche y la operación de la pequeña.


En la parte final tenemos un bonito montaje de anhelos pasados y recuerdos con ecos trágicos (la mano no cogida en el escenario que ahora se agarra en la camilla, miradas amorosas ahora preocupadas…). Un momento muy brillante. Montaje lisérgico y recurso poético.



-Los travellings también dejan muchos momentos expresivos y con significación. Uno notable, el discreto movimiento de cámara en retroceso dejando en soledad a ese padre mirando la lluvia desde la puerta.


-Los efectos de sonido también buscan impacto dramático, resaltar puntos de vista y estados anímicos. También se hace con la imagen (desenfocados, por ejemplo). Uno de los usos más socorridos en la película es dejar la escena sorda, mostrando el ensimismamiento de los personajes, su ajenidad o desprecio del entorno. Un ejemplo, la visita a la madre de Didier el día de la madre con la cámara centrándose en Elise y sin que oigamos las conversaciones.



-Los fenómenos meteorológicos también tienen sentido dramático. Se centran en la lluvia y la tempestad. Una para la tristeza y otra para la muerte de la niña. Simbólicas.

-Me incomodan ciertos saltos de eje de los que el director abusa en demasía.

Padres y dolor.

Si interesa el tema de la pérdida de un hijo y cómo esta afecta a unos padres, debo recomendar la estupenda novela de Ian McEwanNiños en el tiempo”, muy por encima de esta película, por supuesto. Los reproches, las culpas autocompasivas, autolesivas o al prójimo, la búsqueda de culpables, de sentido, de explicación…


Conoceremos a la niña en el hospital, en tratamiento, feliz, delicada, temerosa y débil. Un cáncer de médula. Son duros los momentos en el hospital con las pruebas, el dolor, la pérdida de pelo, el malestar y sufrimiento…



El look de los dos protagonistas es llamativo y carismático, buscando salirse del estereotipo y lo convencional. Un barbado cantante de Bluegrass y una tatuadora tatuada hasta las cejas.

Veerle Baetens y Johan Heldenbergh regalan dos interpretaciones maravillosas llenas de emoción y frescura. Sientes, comprendes y compartes ese amor que se profesa la pareja, logran traspasar la pantalla en todo momento. Su relación funciona mucho mejor que el drama con respecto a la niña.

Su relación es un flechazo y la iremos conociendo en forma de episodios fragmentados que nos llevan adelante y atrás en el tiempo. Nada más conocerse tendrán sexo, muy bien retratado en una escena íntima con desnudos desprejuiciados. Las miradas de la pareja siempre serán significativas. Lo dicen todo.





En la parte final, Didier buscará a Elise con la mirada en las actuaciones, su mejor manera de comunicarse, pero no serán correspondidas.




El plano de Elise distorsionada antes de anunciar a Didier que está embarazada, además de funcionar como presagio, escenifica el miedo a ese hecho y a cómo se lo tomará su pareja.

Una vez asuman la nueva vida que llega, la pareja se convertirá en abnegados padres, que sufrirán desgarradamente la enfermedad de su hija. Algo con lo que se puede identificar cualquiera. Crearán un mundo lo más normal y feliz posible para aliviarle el trance y que le sea lo más leve posible mientras el tratamiento sigue su curso.



Unos padres que deben asumir la muerte, simbolizada en las escenas de los pájaros que chocan contra el porche acristalado. La “quimio” no funciona.



-Elise. Lo primero que destaca de Elise es su increíble fortaleza en el inicio de la película ante las malas noticias, mucho más entera que su pareja. Retratada de perfil, sola en encuadre, lo que enfatiza ese carácter estoico que irá tambaleándose.



-Didier. En un principio parecerá más débil que su chica, ya que llorará ante las perspectivas que el médico anuncia. Es músico y toca el banjo porque le recuerda al Punk Rock que tocaba tiempo atrás. Adora el Jazz acústico.


Didier y Elise son polos opuestos y complementarios que se atraen irremediablemente. Ella es creyente y él ateo, rasgos clave de sus personalidades; ella va tatuada (ha marcado su vida amorosa en su cuerpo), marcando su cuerpo, él no, no le gustan los tatuajes en su cuerpo; él es un romántico dicharachero y ella una silenciosa con mala suerte en el amor a la que le gusta escuchar; ella es más realista, él soñador, sueña con ir a América, tierra de soñadores…


La cotidianeidad de la pareja queda muy bien retratada, una vida alternativa, independiente, un tanto bohemia. Un porche, filetes rusos, amigos íntimos, una furgoneta/hogar, una casa y una familia en construcción… un parto.

Tras la muerte intentarán pasar página, redecorar la casa y su vida, eliminar recuerdos… pero nada será igual. Imposible. Incluso el sexo resulta culpable.


La pérdida será insuperable e insoportable para ellos. Una separación desembocará en cambios. Elise se cambiará el nombre, como símbolo de su evolución, del paso adelante en su vida. Pasará a llamarse Alabama. Esto no será aceptado por Didier, que lo entiende como un desprecio, un paso adelante que lo deja a él atrás, y una inmadurez.


En la actuación, Elise aparece frente a un espejo mientras Didier se burla de su decisión de cambiarse el nombre, anunciando que también se lo ha cambiado él por Monroe, en honor a su artista favorito (Bill Monroe).



Intentará el vínculo con la música y la mirada en esa actuación. Ella reticente, planos de manos, firmes y decididas las de él, retraídas las de ella… Aquí se tocará fondo.

Un intento de suicidio… que tiene éxito.



Perdiendo el foco.

La crítica anticlerical desvirtúa en demasía la película, metiendo con calzador unas reflexiones y unos discursos de mitin politiquero barato repentinamente en el último tercio de la película como reivindicación social. Un choque, el de la creyente Elise y el ateo Didier, que resulta irresoluble. Una parte que no encaja con el resto de la historia.

Le falta desarrollo y sólo tiene sentido desde un punto de vista dogmático y adoctrinador, fallido dramáticamente, con independencia de lo que opines sobre el tema. Un mensaje político e ideológico que canta demasiado, parece gratuito y mal integrado en el conjunto.



Ella dará esperanza a su hija con sus creencias, mientras que él pretende negársela con reflexiones racionales. Creencias y fe como consuelo, que Elise perderá por completo al sentir que no puede llegar a su amado, que no rompe sus barreras ni respeta sus ideas. Su aceptación es estoica, mientras que Didier se negará a aceptar esos hechos agarrándose a una ciencia que permanece limitada por concepciones religiosas, a las que culpa.

De esta manera, él parece culparla a ella, creando una ruptura total en la escena de la última canción conjunta, previa a su discurso político.

Ese acto público provoca la separación definitiva y la debacle de Elise. Reproches directos en una insufrible perorata entre teológica y revolucionaria que rezuma intolerancia.




Hay insinuaciones con ese contraste entre las creencias de ella y el ateísmo de él: las apariciones de George Bush en la televisión…


La película se convierte en una apología anticlerical y pro células madre que no habíamos apreciado en ningún momento, girando por completo sus conceptos y parámetros para insertar elementos ideológicos “mitineros” poco sutiles. Una desviación del foco que desconcierta y desagrada, más allá de lo de acuerdo que se pueda estar con sus tesis.


Alabama Monroe”  es una buena película, pero no tan buena como se cree o pretende ser. Con todo, hay momentos muy bellos y conmovedores, deja dos interpretaciones magníficas, veraces y conmovedoras, así como muy buena música, auténtica.






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