martes, 5 de julio de 2016

Crítica LA MUJER PANTERA (1942) -Última Parte-

JACQUES TOURNEUR











El sexo envolviéndolo todo.

El sexo lo envuelve todo en la cinta, el miedo a él, las ganas de él, su represión, su desbocamiento… La sexualidad latente, contenida y deseada impregna cada fotograma con una sutileza metafórica ejemplar, con las panteras como principales protagonistas.

-Ese miedo al sexo es manifestado por Irena (Simone Simon) al rechazar el beso de Oliver (Kent Smiht), con su reticencia al matrimonio, a la consumación de ese matrimonio, a tener que acostarse, a ceder a sus impulsos, un miedo al sexo ilógico, una represión entroncada con un sentimiento de culpa ancestral.



-La represión de Irena se vincula a la religión cuando la vemos santiguarse ante las palabras de la mujer que parece un gato. La llama hermana.






-El rugido que se oye y hace rectificar a Irena cuando iba a abrir la puerta de Oliver para mantener una relación sexual con él es el aviso de su represión. Esa puerta, leída en clave sexual, es su propia virginidad, su vagina, la cual no abre por miedo a lo que puede desatar tener sexo. Una bella escena. Poco después sabremos que la pareja lleva un mes casada.


-La llave de la jaula de la pantera también tiene un componente de simbolismo sexual evidente. Es la llave de la virginidad, de sus impulsos, la que mantiene encerrados sus instintos. Además este aspecto se vuelve a manejar con maestría desde el guión, primero poniendo un cebo con el olvido del cuidador, al que pone remedio Irena, y luego cuando la roba en un nuevo olvido de éste. Con todo, puede resultar excesivo ese segundo olvido tan seguido por parte del encargado de limpiar las jaulas.


-La pesadilla de Irena está repleta de símbolos sexuales, algunos fálicos, como la espada del rey Juan; otros femeninos, como la llave que simboliza su virginidad, la liberación de sus instintos más ocultos e incluso oscuros…


-Por supuesto, el bastón del doctor Judd es otro símbolo fálico, que además recuerda a la espada del rey Juan mencionada con anterioridad. Como curiosidad cabe decir que en la escena donde el doctor vuelve a recuperar dicho bastón, no parece recogerlo exactamente de donde lo dejó. Como hay sombras supongo que le facilitarían la misión para dar agilidad a la escena.

Dos escenas magistrales.

El análisis de estas dos escenas podría ir en el apartado de la capacidad de sugerencia que tiene Tourneur y la película, o de su talento como director, pero son de tal maestría que prefiero dedicarles espacio aparte.

La primera es el seguimiento que Irena hace a Alice (Jane Randolph) tras llamarla al estudio y luego descubrirla junto a Oliver en un bar. Primero se usará un montaje paralelo de las dos mujeres saliendo a la calle, destinadas a encontrarse. Veremos luego a Irena reflejada en un cristal espiando a la pareja, los celos embargándola, la transformación a punto... Un cristal que explicita su dualidad.



A partir de aquí la escena es puro cine del máximo nivel, de ese que se ha imitado hasta la saciedad. El sabor del cine clásico y de terror en su máxima expresión, especialmente en blanco y negro, que para mí tiene un sabor especial. Las luces de las farolas en la densa noche; las sombras inundándolo todo; el fascinante sonido de los pasos en el asfalto mojado; los planos de los tacones pisando ese asfalto; ese plano general que muestra el paso de Alice pero no el de Irena, que supuestamente la iba siguiendo, generando una inquietud y tensión extrema, quizá convertida ya en otra cosa; algo moviendo los matorrales; la luz lechosa…





La conclusión de la escena es la excelencia de la sugerencia: cuando Alice se sienta a salvo en el autobús, un autobús de aparición abrupta que provoca el susto, recurso imitadísimo, Tourneur colocará unos planos de la pantera, de un leopardo y de unos inofensivos corderitos, algunos de ellos muertos. Sin palabras, con planos cortos y sin más subrayados, el espectador entiende que Irena ha desfogado sus impulsos, que iban dirigidos a Alice, con esos corderos, que nuestra protagonista se ha entregado a eso que temía sacar, “lo demoníaco que lleva dentro”. El travelling sobre las húmedas huellas que se transforman de pantera a tacón de mujer en el asfalto es absolutamente sublime. Quintaesencia de la excelencia. Pura poesía terrorífica y poderío visual sin mostrar explícitamente nada.



La segunda escena es una de las más recordadas, influyentes y brillantes que ha dado el cine de terror, una escena mítica que está en los primeros lugares de la antología del género. Una escena asombrosa, sugerente, perfecta, llena de tensión, transmitiendo el terror y el miedo en su más honda expresión, de la forma más abstracta y sencilla, con mínimos elementos. Es la escena por la que se recuerda a este clásico imprescindible del género.




Una visita a la piscina; un gato negro en recepción que sigue a Alice hacia el interior donde pretende darse un baño; la mirada expectante de Irena que la va siguiendo; una piscina solitaria; el gatito temeroso y con el pelo encrespado mirando al vacío, a la escalera y a la sombra de los barrotes que se refleja en la pared; la oscuridad al apagar la luz Alice con un único foco lumínico, la escalera solitaria que miraba el gato; un contraste marcadísimo de luces y sombras; el rugido y la sombra que parece descender por esa escalera que ahora mira Alice; la sensación creciente de angustia de ésta; su pánico lanzándose al agua para protegerse; el reflejo del agua en las paredes; los rugidos como único sonido junto al del agua que mueve Alice, sola en medio de la piscina; las inquietantes y terroríficas sombras rodeando la piscina, oscureciéndolo todo junto a los incesantes rugidos… No se puede crear mejor una atmósfera sin que se vea absolutamente nada, con un juego artificial de sombras y la capacidad de sugerencia del poderío visual de Tourneur.






La conclusión de la escena no puede ser mejor: la aparición de Irena, con su cuerpo de mujer, y la bata rasgada por unas garras, destrozada, nos dicen absolutamente todo sin necesidad de mostrarlo. Magistral.

Todos los cinéfilos conocerán la anécdota de cómo se crearon esas sombras que aterrorizan a Alice alrededor de la piscina. Las hacía el propio Tourneur pasando su puño por delante de los focos. Probó cientos de cosas pero no salía como Tourneur quería. Al final el puño fue la solución. El director siempre defendió la improvisación en la realización de películas. Daba soluciones tan brillantes como ésta, como decía él mismo.



El sabor de los pasos.

Pocas cosas tienen más sabor que el sonido de los pasos en el cine clásico, especialmente en los relatos de terror y de suspense. Ellos mismos son capaces de dotar de atmósfera a una escena, de crear estados de ánimo, de marcar el ritmo o generar emociones. Ritmo, sabor, suspense, tensión, cadencia, miedo. Aquí un sonido aterrador, con el que Tourneur juega de manera magistral, es lo único que se oye, atormentando a Alice, desconcertándola, aterrorizándola. El mejor ejemplo lo tenemos en la citada escena de seguimiento, donde cada paso resulta estruendoso y terrorífico, así como la ausencia de los mismos. Tourneur encuadrará los pies, por supuesto.




La consulta de Irena con el doctor Judd (Tom Conway) se salda con el coqueteo de él y su consejo para que se deshaga de todos los retratos, figuras o esculturas de felinos que tenga en su casa. Irena rechazará sus insinuaciones explícitamente. Acto seguido llegará la petición de divorcio de Oliver, que confiesa el amor que siente por Alice… confirmando que los celos de Irena eran justificados, aunque también es comprensible la decisión del pobre Oliver, casado y con unas ganas tremendas de copular sin poder dar rienda suelta a su pasión. Oliver no es del todo honesto con Irena.



Dicho todo esto, creado todo este clima tenso, viciado, onírico, tenebroso y terrorífico, la realidad es que no ha habido aún ninguna tragedia, ningún muerto, salvo un pajarito y unos corderos. Es por ello que el doctor Judd se postula como víctima propiciatoria debido a sus insinuaciones.


Hay una broma metalingüística simpática con la música en la escena donde el doctor Judd, Alice y Oliver esperan a Irena. La música que creíamos extradiegética, es decir, externa a la escena, en realidad no lo es, está dentro de la misma, es un tocadiscos.



Hay que destacar que Oliver es fan de la tarta de manzana, le vemos comerla en un par de ocasiones.

La escena en el estudio de Alice y Oliver con la aparición de la pantera es de nuevo excelsa. Asombra la modulación de la película, lo bien elaborada que está y como va creciendo la intensidad y los elementos amenazantes, de lo mínimo, pequeñas extrañezas, a situaciones de tensión, amenazas y muertes. La penumbra de la oficina, una nueva llamada en la que ya no habrá gato presente ni veremos a Irena al otro lado del teléfono y la alarma de Alice contagiando a Oliver, aunque sin excesiva explicación de por qué sucede. La mención al perfume de Irena es un eco del comentario que oímos al principio de la película para que sepamos que, efectivamente, es ella la que ha aterrorizado a la parejita.





Al salir a la calle la luz bañará a los protagonistas, agobiados por esa inquietante presencia, la niebla. Mientras, en el apartamento de Irena, será el humo el que bañe al doctor. La niebla debería ser imprescindible en toda película de terror, me produce un auténtico deleite ver niebla en pantalla, la atmósfera que logra es inenarrable, inquietante, perfecta y sugerente. Una vez más pura poesía visual.



Lo cierto es que cuando Oliver y Alice llegan al piso de Irena comprobamos que ese piso debe ser gigantesco y altísimo, porque tras oír el grito a Irena le da tiempo a esconderse y la pareja no para de subir escaleras hasta llegar a su destino… Una barbaridad.

No es baladí que sea un estoque, símbolo fálico, lo que acabe matando a Irena.




El delicado gesto de Irena desde la escalera, mirando el perfil de su enamorado, un gesto como de despedida que vemos en picado, es de una tristeza, sutileza, desolación y poesía deslumbrantes. Quizá el momento más bello de la película. Su muerte, liberando a la pantera, bañados por la niebla, es de una belleza desgarradora, una soledad intensa e indescriptible que sólo nosotros, los espectadores, parecemos comprender y sentir plenamente junto a Irena. Una muerte compartida junto a su amiga, la pantera.




Un soneto de John Donne cerrará la obra maestra.

Un personaje increíblemente trágico.

Lo cruel de “La mujer pantera” es que logra que te pongas de parte de esa villana que en realidad no es más que un personaje desamparado y trágico. Irena es encantadora durante casi toda la película, nunca repele al espectador, que acaba comprendiendo su sufrimiento y la injusticia que la rodea. No queremos que Irena acabe mal, estamos de su parte. Por eso resulta tan  perturbador que nadie parezca comprenderla o darse cuenta de su sufrimiento.



Irena es un personaje profunda y emotivamente trágico y romántico, incomprendido, maldito, víctima de un pecado original sin solución, rechazada y abandonada a su suerte por todos sin que nadie se moleste en intentar comprenderla de verdad y en profundidad. Víctima de un mundo cerebral que no cree en la magia ni las maldiciones, que intenta resolverlo todo desde la asepsia y la ciencia, desde una comprensión impostada. Ella es un personaje anacrónico, que no encaja, destinado a luchar contra todo y a morir en la lucha.





La mujer pantera” es una agudísima reflexión sobre las pasiones, la forma de gestionarlas, su peligro y a la vez la necesidad de dejarlas salir. El término medio a buscar, el peligro de entregarse de pleno a ellas sin matices, sin filtros, las diferencias entre las distintas pasiones, el placer de algunas y el horror de otras. El sexo, su importancia en las relaciones, los instintos en relación con nuestro raciocinio, ese conflicto...



Siendo una cinta de director lo cierto es que los personajes están francamente bien dibujados y desarrollados, y eso que la película, repito, dura poco más de hora y diez minutos. Alice (Jane Randolph), es un personaje directo, franco, generoso incluso, una mujer caliente, visceral y bastante respetuosa. Oliver (Kent Smith), es un buen hombre, es paciente, pero se muestra incapaz de comunicarse con su amada, es un hombre enamorado y fascinado por la belleza de Irena, pero no sabe indagar en su coraza, de entenderla, de profundizar en lo que le ocurre. Termina mostrándose cruel y deshonesto. El doctor Judd (Tom Conway), es otro personaje masculino que sólo parece ver la belleza de Irena, sin preocuparse de nada más. No creerá su historia e intentará seducirla, aprovecharse de ella. Será el único personaje que muera a manos de Irena, pagando la falsedad de sus sentimientos, que es lo que salva a Oliver.



Simone Simon es una actriz francamente expresiva, tiene una mirada risueña, alegre, que lo dice todo, muy pizpireta ella. Por lo que se ve ella era una mujer muy pasional y promiscua, no le gustaba decir no. Una mujer con grandes impulsos lascivos pero que al contrario que su personaje no los contenía. El resto del reparto cumple solventemente.

Mención especial requiere el grandísimo director de fotografía Nicholas Musuraca, quizá uno de los más grandes directores de fotografía de todos los tiempos, pieza clave en las atmósferas oníricas de Tourneur, con el que trabajó también en “Retorno al pasado” (1952), y de todo film en el que participó, especialmente en el género negro o de terror. Atmósferas oníricas, contrastes lumínicos profundamente marcados, luz lechosa… Sus películas eran un portento visual que transportaba al espectador a otro mundo, no hay mejor ejemplo que la cinta que nos ocupa. Lo hipnotizaba con el arrebatador poder poético de sus imágenes irrepetibles… Deléitense con la fotografía de “La escalera de caracol” (Robert Siodmak, 1945), “Encuentro en la noche” (1952) y “La gardenia azul” (1953) de Fritz Lang; “La séptima víctima” (Mark Robson, 1943), “El autoestopista” (Ida Lupino, 1953), “El extraño del tercer piso” (Boris Ingster, 1940) o “La huella de un recuerdo” (John Brahm, 1946) también en el cine negro…

La mujer pantera” es el paradigma de la atmósfera y la sugerencia en el cine, en especial el de terror, que tiene en estos dos elementos dos de sus ingredientes indispensables, columnas vertebrales del género.



Estamos ante una obra maestra descomunal que hay que ver con pureza, hacer el ejercicio obligado de comprender cómo, dónde y cuándo se gestó para valorar su inmensidad. Una obra que ha influido a todo el cine de terror posterior, saqueada a conciencia a menudo de mala manera. Un ejercicio que, cuando se hace, como con todo el cine clásico, acaba por deslumbrar, enamorar y fascinar, inoculando al espectador un amor por este cine, el cine, que ya no le abandonará jamás. Será eterno. Cuando se ven películas como “La mujer pantera” con esa pureza, sin prejuicios, entendiendo de dónde venimos, tiene uno que caer rendido ante tanto talento.





Una obra maestra descomunal, lástima que el género de terror no produzca más películas de esta categoría.













2 comentarios:

  1. Tenías razón en decir q faltaba la traca final al análisis simbológico. Genial!!!
    Geacias sensei, es un placer leerte.

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    1. Sí! Es mi parte favorita, creo. Me alegra que te haya gustado. Un besazo.

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