viernes, 20 de enero de 2017

Crítica COMANCHERÍA (2016) -Parte 2/3-

DAVID MACKENZIE









La familia.

La familia es el gran tema, o al menos uno de los pilares, de la película. La familia como idea motivadora, movilizadora, más que como núcleo concreto de relaciones complejas, amores y conflictos. Es una reflexión sobre la idea de familia, la idealización de la misma como justificación vital, catarsis necesaria, catalizador y a la vez motivo para acometer lo que sea necesario, para sobrepasar los límites, estén donde estén estos. Familia y dinero, móviles difíciles de frenar.




Esa idea desde puntos de vista opuestos, lleva a un especial choque que confluye en el centro, en un punto de acuerdo que descubre las similitudes y semejanzas de esas motivaciones y propósitos, el reconocimiento del verdadero enemigo, aunque paradójicamente esos dos puntos de vista no puedan reconciliarse… o sí. Es lo que representan los personajes que interpretan Chris Pine y Jeff Bridges. Ese enemigo reconocible serán los bancos, convertidos en opresores neutros y fríos que desencadenan el movimiento.


Así también tenemos dos opuestos, la positiva familia y su protección y los opresores bancos y su asfixia, como los contrastados acicates, motivos, de la acción de los personajes.


En un giro imprevisto, sabremos que la idea de los robos no es del expresidiario y desfasado Tanner, sino del mesurado y sensato Toby, y que su hermano está dispuesto a ayudarlo hasta el final, a dar su propia vida por él, por la familia y los hijos a los que apenas ve su hermano. Por su familia. Sin más motivos. Por amor y cariño.

Un Tanner protector, que protegerá a su hermano en todo momento, por ejemplo en el casino, tras doblar el dinero robado al póker, alejándole de una prostituta que pretendía camelarse a Toby. Pero a su vez recibirá la protección de Toby, por ejemplo en la gasolinera.



Compartirán todo, no habrá intimidad ni en los polvos, donde Toby se tapará para dejar cierto espacio a su hermano con su ligue del casino.



Los dos luchan por su familia. Toby se ocupa de sus hijos, mientras que Tanner lo hace de Toby. Por ello, en un momento dado, se separarán para que Toby acuda a ver a su ex y sus hijos mientras que Tanner se ocupa de otras gestiones funcionales en su plan maestro.

Marcus y Toby perderán a sus partenaires, morirán en la refriega. Alberto a manos de Tanner y Tanner a manos del propio Marcus. La reacción a esas muertes es estoica, firme y resignada. Marcus verá irse a su única familia, ese mexicano que lo aguanta y con el que comparte el día y casi la vida. Emotiva reacción.


Toby, por su parte, nos dejará una maravillosa escena en el casino, escuchando el consabido destino de su hermano, que se sacrificó por él, haciendo más palpable que nunca su soledad, sin mirar si quiera a la televisión que da la noticia, dirigiendo la mirada hacia el dinero que espera a su lado.




Los dos hermanos vivieron de manera distinta su vida familiar, acorde a sus caracteres. Un hermano comprensivo que cuidó a su madre hasta el último momento y otro del que ella renegó cuando mató a su padre maltratador de un disparo, un hecho que la mujer jamás perdonó. Relaciones complejas donde Tanner, el ex presidiario, no puede evitar sentir amor hacia su madre, aunque la relación fuera difícil y se niegue a sí mismo esa debilidad.



Tendrán la violencia y la justicia personal como norma necesaria para lograr su objetivo, incluso sirviéndose de la ley o al menos siendo consciente de ella, pero manteniéndose al margen en firme decisión.





Es magnífica la escena donde se comienzan a contar sus circunstancias, cuando Tanner visita la habitación donde su madre fallecida pasó sus últimos y lastimosos días. Una escena sobria e intensa, donde la protagonista es la ausente, precisamente, la difunta madre, y donde los objetos adquieren una fuerza especial.

El pasado de una familia malavenida que se va describiendo en esos escuetos diálogos en el inicio del film.

Buen estilo.

Buena depuración y estilo narrativo demuestra David Mackenzie. Una seguridad y sobriedad que potencia la historia, a la que se suma un gran gusto estético y una narrativa seca y escueta, que logra el éxito en el contraste, precisamente. Depuración y sequedad.

No corta Mackenzie innecesariamente, no gusta de hacer cortes si no es estrictamente necesario, como tampoco recurre a planos secuencias virtuosos o forzados, apuesta por el clasicismo y la depuración narrativa. Un magnífico ejemplo de esto lo tenemos en la primera secuencia, donde se plantea todo con una panorámica circular y un travelling recogiendo al coche de los hermanos protagonistas, sin que sepamos nada de ellos, y a la empleada que va a entrar a trabajar en el banco justo antes del atraco. Un plano largo y sin corte. El mismo atraco se vertebra en planos largos y con una cámara ágil que revolotea sin excesos.




En la escena final también usará ese recurso de la entrada de un coche en plano tras un movimiento de grúa, para un posterior descenso a las raíces de esa granja que motivó toda la trama.





Una cámara flotante, sin corte, presentará el rostro de los dos ladrones, Tanner y Toby Howard, encarnados por Ben Foster y Chris Pine. Es ahí además cuando confirmaremos que el coche que vimos al inicio en la panorámica es el suyo. Magnífica planificación.



Hace un gran uso del plano general, generalmente con sentido de la puesta en escena, pero también simbólico, englobando a los personajes en los entornos que los abruman, que los empequeñecen o en los que acaban fundidos. Una gran precisión en los encuadres, eligiendo con sentido cada posición y ángulo de cámara. Un buen montaje ayuda a todo esto, realzando ese buen sentido dramático-narrativo. También, en esos planos generales, Mackenzie hará aparecer elementos característicos del lugar en un movimiento de cámara, o encuadrando a sus personajes, fundiéndolos con el entorno, como mencioné.



Andrajosa civilización enmarcando una bella y caprichosa naturaleza, planos de objetos o construcciones descuidadas, como intrusos, en esa naturaleza incendiada o descansa, plácida y bella.




Una planificación que usa el plano general como norma y utiliza una cámara moderadamente inestable, pero muy sutil, sin ser un recurso, además, constante ni permanente. Un buen ejemplo del uso sutil de esa cámara que se mueve ligeramente lo tenemos en la conversación en el bar entre los hermanos, donde sabremos que Toby está divorciado, tiene dos hijos a los que hace un año que no ve y que debe su manutención, donde la cámara va cerrando el plano con discreción. Cuando pasamos a la planificación con montaje en plano y contraplanos los rostros se encuadrarán cada vez más cortos según se adentren en estas confidencias, estabilizándose la cámara además.





Usará las alturas, los picados, los contrapicados, en las escenas más tensas, donde la amenaza está latente, como en ese primer atraco.




Mackenzie rueda las escenas de acción con rudeza y realismo. Son escuetas, directas, secas y contundentes. Un planteamiento que podría extenderse a los diálogos, también concisos generalmente.

Ejemplos de esto. La repentina violencia de Toby en la gasolinera con los macarras provocadores, dando salida a una especie de ira contenida.



Una escena magnífica, perfecto exponente de la concreción y sequedad mencionada, no exenta de emoción y repleta de sinceridad. La visita de Toby a su ex mujer y sus hijos. Observen como Mackenzie rueda la rudeza texana en la conversación de la pareja, sin sentimentalismos, con planos generales donde cada uno aparece en una punta de la estancia, distanciados. El hijo aparecerá y reaccionará silencioso. Los diálogos son mínimos.

La ex mujer y el hijo recibirán la muerte de la madre de Toby con indiferencia, rudeza y sequedad, con comentarios casi ofensivos por parte de la ex incluso.

La conversación entre Toby y su hijo es excelente. Le hablará de la granja, del petróleo encontrado en ella, de que nunca les faltará el dinero y de que no lo adopten como ejemplo. Sin paños calientes, con completa sinceridad. De nuevo iremos de planos generales a otros más cercanos y en plano-contraplano.





-Toby: Tal vez escuches muchas cosas con respecto a mí y a tu tío. No seas como nosotros, ¿entiendes?

-Hijo: No creeré nada de lo que escuche.

-Toby: Sí, créelo. Hice todo eso. Tú sé diferente.

El momento con la cerveza, asegurándose de que su consejo de padre surte efecto, es maravilloso.

-Toby: ¿No la vas a beber?

-Hijo: ¿Me dices que no sea como tú y me ofreces una cerveza? ¿De qué vas?

-Toby: Buen chico.

La despedida de los hermanos, que es puro estoicismo y sequedad texana…


Este realismo se mantiene en las escenas de acción, donde no se fuerzan las situaciones ni se estiran gratuitamente, buscando la verosimilitud y la autenticidad. Tan solo se enfatizará ese suspense, se recurrirá a cierto artificio, en la escena del control de carretera, donde Toby se ve obligado a parar. Es el único momento ambiguo y el más artificioso, sin que implique un defecto, sólo una ligera inconsistencia con respecto al resto del film.




Las pausas, los largos silencios entre frases o en general, las cervezas… dan un tempo y un sabor al film francamente excepcional, rezumando naturalidad y realismo. Y es que lo cotidiano tiene importancia fundamental en el film, que pretende ese verismo, ese realismo y esa autenticidad. Lo vemos en las conversaciones de las dos parejas protagonistas, en sus momentos de pausa, que abundan en el film, de reflexión… en ese desayuno antes del último atraco…








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