jueves, 9 de febrero de 2017

Crítica HASTA EL ÚLTIMO HOMBRE (2016) -Última Parte-

MEL GIBSON










La amistad que se desarrolla en combate, muy habitual en esa camaradería creada en momentos extremos, entre Desmond y Smitty (Luke Bracey) es francamente entrañable. Malas miradas, competitivas luchas en la instrucción que se cierran con victoria de Desmond, provocaciones y malos modos en el barracón… pero, sobre todo, una bellísima escena en la noche en pleno descanso tras la batalla de esos dos polos opuestos, donde rememorarán sus difíciles infancias (un flashback mostrará el día que Desmond (Andrew Garfield) se rebela contra su padre por los maltratos que propinaba a su madre, día que decidió no coger un arma) y conseguirán la definitiva complicidad y amistad, el respeto. Smitty fue abandonado por sus padres.




La tercera parte del film es puro cine. La batalla de Okinawa. Mayo de 1945. Posiblemente la más cruenta y salvaje de la 2ª Guerra Mundial.



Gibson nos va introduciendo con inteligencia en el infierno, marcando el tono y la atmósfera con pequeños detalles. Las miradas de los recién llegados a los muertos y heridos; las miradas perdidas de los supervivientes; la descripción de los combatientes japoneses y sus procedimientos por varios soldados; el soldado que vomita; la imponente toma en contrapicado al acantilado…



-Nadie puede sobrevivir a esa mierda.

-Ellos sí.






Una grandiosa grúa muestra el tremendo bombardeo americano. Comienza el infierno… y el espectáculo cinematográfico. Anunciada como la cinta bélica más violenta y salvaje de la historia, la cosa quizá no es para tanto, pero Gibson ha logrado las mejores, más potentes y contundentes imágenes de batalla desde “Salvar al soldado Ryan” (Steven Spielberg, 1998).



Suelo de muerte, vísceras y cuerpos desmembrados, banquete de ratas, antes del brutal ataque y la batalla. Se sienten los contundentes impactos de bala en los cuerpos.




La batalla está maravillosamente rodada, planificada magistralmente, en una terrorífica escenificación del caos. Una diáfana exposición. Planos asombrosos para una secuencia espectacular de unos catorce minutos. También hará un perfecto uso de la cámara lenta, sin abusar. El sentido de la continuidad, el raccord, que tiene Gibson es deslumbrante, ya que en medio de ese caos nunca te pierdes, sabes que los americanos atacan de izquierda a derecha y que los japoneses lo hacen de derecha a izquierda, algo que se respeta escrupulosamente. Una brillante concepción clásica.





Desmond irá apareciendo oportuna y ocasionalmente, pero sin eclipsar ni aglutinar el protagonismo, atendiendo a heridos, como ese chico sin piernas…




El segundo asalto será un kamikaze y repentino ataque diurno japonés que obligará a retroceder al ejército americano, que volverá a dejar espectaculares escenas en la misma línea del anterior, con cuerpos volando por las explosiones, japoneses sacrificándose y estallando junto a soldados americanos, planos generales (pocos) para apreciar la dimensión de la batalla, heroísmo, heridos, disparos, peleas, más camaradería varonil… Una división que deberá descender de nuevo por el acantilado de Hacksaw, que da título al film, ante la acometida japonesa, en la que era la séptima intentona con el mismo resultado…




Desmond tendrá que apelar a sus principios más firmes cuando vea caer a sus amigos, especialmente a Smitty, para no caer en la desolación. Tras un atisbo de duda se adentrará en ese infierno invisible para salvar vidas. Ese momento es uno de los grandes planos de la película. Un plano iconográfico, de tintes mitológicos. Un salvador adentrándose en el infierno para salvar vidas, como Orfeo en el Hades




Sólo 32 soldados lograron bajar del acantilado tras la arremetida japonesa… Desmond Doss logró salvar y bajar de allí a otros 75 después de eso… Solo.


Un tercer acto que deja momentos de épica sublime y de honda emoción, buscando, en soledad, vidas que salvar, haciéndolas descender con el nudo que le vimos hacer en la instrucción. Cuerpos descendiendo como por arte de magia del infierno por un ángel invisible. Quizá el momento más intenso, emocionante y bello de la película. Extraordinario, magníficamente apoyado por la música de Rupert Gregson-Williams.

Un suspense excelso además, sin cobertura ni ayudas, con los japoneses rodeándolo todo, repasando los cadáveres, buscando supervivientes, como Desmond, pero con propósitos distintos… Hará gala de buenos recursos, escabulléndose, camuflándose, escapando por túneles abarrotados de enemigos, la protección japonesa que hizo tan compleja la invasión y toma del lugar, hasta el límite de sus fuerzas… Y salvando a otro, otro, otro, otro, otro más… ¡Ayudará a un japonés y bajará a dos!





Si no os emocionáis con esta parte seguramente es que estáis muertos.

Por favor, Señor, ayúdame a salvar a uno más”. “Hasta ha bajado un par de japoneses”.

Y de la intimidad de la noche pasaremos al heroísmo del día, donde podrá salvar a algunos de los compañeros de barracón, incluso entre bromas, como a Hollywood (Luke Pegler). Salvará la vida por los pelos, el casco le protegerá de la bala de un francotirador que será abatido por el sargento Howell (de nuevo la divinidad parece ayudarlo), antes de rescatarlo en una espectacular escena que terminará con él a salvo descendiendo del acantilado junto al cadáver de Smitty… Pura adrenalina.




Otro plano iconográfico, el que define al héroe puro, es ese en el que el resto de soldados, admirados, le hacen un pasillo para que pase. Y otro más, la conversión definitiva en icono, ese picado y contrapicado de Desmond, un plano muy gibsoniano que también dedicó a William Wallace en “Braveheart” (1995), para su héroe, a contra luz en un beatífico plano flotante.



Gibson redime a todos. Ya lo hizo con Smitty, luego lo hará con Howell (Vince Vaughn) y, finalmente, con el capitán Glover (Sam Worthington), cuando le pida perdón y que suba con el resto en la batalla definitiva, en sabbat, a pesar de ser un día sagrado para Desmond, explicando lo que representa para sus compañeros su figura, ya iconográfica, que, como explique, es lo que interesa más a Gibson.





Vamos a trabajar”.

Una última batalla que se convierte en una especie de abstracción de la misma, con actos heroicos de Doss, que terminará herido (fue herido en tres ocasiones).

Y la misma emoción provoca cuando vemos que todos se enteran de la hazaña que ha hecho Desmond, la sorpresa en sus rostros al ver su obra de sacrificio y generosidad.

Gibson, de nuevo, mezcla la sangre y lo espiritual, de forma constante, casi hasta la extenuación, en ese infierno y con ese ser puro que salva vidas.






Mi Biblia”.

Dos objetos cobran vida propia. La Biblia y el rifle. El rifle como antagonista, con una magnífica presentación. Una Biblia que casi es un personaje más, que le regala su novia con una foto dedicada incluida. Así funde las dos ideas mencionadas y su contraste.



El símbolo de la cruz roja también tendrá su momento significativo. Gibson lo mostrará antes que al propio Desmond en Okinawa, en la misma planificación que en su noche de bodas, cuando mostró el anillo, resaltando así el contexto y el símbolo antes que nada. Uno de los médicos mencionará el símbolo de la cruz roja, aconsejando quitarlo porque solía ser objetivo prioritario de los japoneses.


Gibson no se anda con sutilezas, no es un cineasta que guste de ellas. No recurre a poesía tipo Malick, del que huye desenfrenadamente. Es pura narración y poder visual, lo que no significa que no existan o renuncie a símbolos, como he explicado durante el análisis. Aquí presenta una confrontación decididamente maniquea y expone sus principios y pensamientos sin complejo alguno, con seguridad desbordante. Japoneses sacrificándose de distinta manera, unos con el harakiri, otros como kamikazes intentando llevarse algún americano junto a ellos, unos con más dignidad, otros con menos...




Gibson rinde tributo a esta figura y a aquellos hombres con unas escenas documentales, entrevistas a los personajes reales que convivieron con Desmond y al propio Desmond, que murió el 29 de marzo de 2006, en una entrevista que le realizaron en 2003.

Los verdaderos héroes están enterrados aquí”.




En ciertos aspectos se han alterado circunstancias de la historia real para aglutinar hechos, como el tiempo que Doss se aventuró en Okinawa, o se han omitido otros, como las otras batallas en las que participó el héroe, o se han dramatizado para un mayor impacto, como el hecho de que el padre se personara en el juicio, algo que no pasó, pero en esencia lo relatado es fiel a lo ocurrido.


Hal Doss, el hermano, el capitán Jack Glover (su llanto emociona)… Desmond Doss murió con 87 años y estuvo casado con Dorothy hasta la muerte de ella en 1991. Un hombre excepcional que confirmará la autenticidad de algunas de las anécdotas y peripecias, por increíbles que parezcan, que aparecen en la película (ese soldado que creía estar ciego), estrenada 10 años después de su muerte.



Andrew Garfield esta soberbio. Transmite toda la bondad e ingenuidad, la fragilidad y determinación, ese toque vulnerable y decidido, que requería el personaje. Si ganara el Oscar a nadie le extrañaría ni parecería injusto.




Desprejuiciadamente espiritual y contundente, narrativamente ejemplar, visualmente esplendorosa. Seis nominaciones se antojan pocas. Injusto. Y lo peor es que no será raro que se vaya de vacío… quizá los Oscar sonoros hagan un poco de justicia (insuficiente) a esta excepcional obra que nos trae este maravilloso director, muy reivindicado en Cinemelodic, que es Mel Gibson.


Por favor, Mel, prodígate más, los cinéfilos te lo agradeceremos.





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