sábado, 4 de febrero de 2017

Crítica MOONLIGHT (2016) -Última Parte-

BARRY JENKINS









Se mantiene la coherencia en esas tres edades en las que vemos a nuestro protagonista, donde cada actor dota al mismo de sus propias características. Ese chico silencioso y solitario que será así en todo momento. Un niño pequeño que no quiere volver a casa, avisando de ese entorno viciado y pernicioso en el que vive (precario también, donde venderán la televisión y tendrá que calentarse el agua con ollas). Se intuye cierta dependencia en ese chico, que busca sentirse querido y aceptado de alguna forma, un clásico del cine social, infantil y juvenil. Por eso vuelve a casa de Juan (Mahershala Ali) y Teresa (Janelle Monáe) ocasionalmente. Siempre lo veremos algo encerrado en sí mismo, solitario, poco hablador, en las tres edades.




Un chico que encuentra en Juan una figura paterna, esa que le falta, mientras que el propio JuanTeresa lo adoptan como a un hijo. Un protector y un guía al que descubriremos con “Little” sus contradicciones. Esa familia le dará dinero, intentará ayudarle en lo necesario, dinero que su madre le quitará para su consumo cuando lo descubra, como vemos en una escena de la adolescencia.

La historia que le cuenta Juan en la playa tendrá implicaciones futuras y pleno sentido para ese niño que se siente diferente.



Juan se derrumbará ante su cruda realidad hipócrita, que la madre de “Little" dejará al descubierto y que él mismo se ve obligado a reconocer a su joven protegido, intentando rescatarlo de una madre consumida por la droga que él le vende… Es una escena con una coincidencia demasiado forzada.




Un solitario sufridor que siente que no encaja en ningún lado, por ello Jenkins lo sitúa a menudo en tierra de nadie, solo, en medio de caminos, de parques, paseando, en andenes, en tránsito hacia no se sabe dónde, solo en los encuadres. Acosado, burlado, vejado, perturbado, indefenso. Un chico que busca su identidad, su sitio, que se siente diferente, que le atrae lo que cree no debería o no es bien visto en su entorno (ese sueño erótico).


Un chico acostumbrado a la decepción, no solo por su familia, también con ese protector en el que creía que podía confiar y que descubre vende drogas, eso que está matando a su madre, que la hace comportarse así… Un desamparo enorme. Enjaulado.


Hay algo de perplejidad en su descubrimiento sexual, de extrañeza, pero también de alivio, evasión y desahogo. Inquieta su amigo, un buen tipo, pero débil, que en busca de la aceptación típica de la adolescencia, de instituto, lo traicionará, cediendo al juego de los matones para su mala conciencia.

Y de tirillas pasaremos al chico musculoso ya de adulto, con dientes de oro como protección estética… En esa transformación se expone algo más profundo. Ahora convertido en un matón, un mandamás, alguien importante y bueno en su mundo, es una forma de quitarse complejos, que comenzó con la venganza al malote del instituto… Complejos que no quedan atrás tan fácilmente.


Presumirá de su coche ante su amigo Kevin, se mostrará torpe en las relaciones, comunicándose más con silencios que con palabras. Un tipo sano, que sólo bebe agua y se cuida físicamente, puro, casi angelical, metido en el negocio de las drogas...


La presentación de la madre (Naomie Harris, magnífica) ya manifiesta extrañeza. Su desapego y poco cuidado, desconfiada con ese extraño que le ha traído a su hijo, agradeciendo a duras penas tras oír su historia... Un entorno demencial, duro, insensible, precario, poco edificante, que lo zarandea, y en el que encuentra un pequeño oasis con un amigo y con esa pareja que lo acoge. Una madre drogadicta y prostituta, una madre a la que parece estorbarle, que no le da un mínimo cariño, que nunca es consuelo. Una madre posesiva que acentúa la sensación de soledad de su hijo… La sombra que cae sobre ella tras quitar el dinero a su hijo retrata el abismo en el que está sumida. Egoísta y manipuladora. Pecados de drogadicta.




La relación con su amigo es entrañable y plantea bien las diferencias marcadas por la edad. Entrañable escena infantil donde Kevin (Jaden Piner) incita a sacar el carácter a “Little”, ese que parece no tener y que es el caldo de cultivo para el abuso del resto. Un alma sensible. Una cámara muy cercana retratando sus juegos y peleas, en una confusa maraña esteticista de camaradería. Una vez se reencuentren de adultos, descubriremos que Kevin ha llevado una vida heterosexual, que tiene un hijo y que estuvo en la cárcel.




En la adolescencia tendrá un breve y sutil encuentro sexual, anterior a la traición. Dicha traición es uno de los momentos más débiles de guión, demasiado forzado, repentino, artificial, cediendo a las peticiones de los malotes del instituto… Comprensible en su búsqueda de aceptación, eso sí. En la venganza de "Chiron" volverá el excesivo esteticismo.




Del mismo modo, hay cierto defecto de punto de vista en el tercer episodio. Una vez “Black” recibe la llama de Kevin (André Holland), que lo perturba, porque el pasado vuelve a él, volverá a tener un sueño erótico, pero en ese sueño le pone el rostro actual a aquel amigo que lo traicionó, cuando hace 10 años que no se ven (como dice el propio Kevin, que además se sorprende de lo musculoso que ahora está su amigo). Es un error… si al menos se mencionara Facebook…

Hay muchos aspectos que denotan sensibilidad. Ese chico silencioso que sólo parece hablar tras un buen plato de comida, y mejor si es con Teresa, la sensibilidad femenina, como en esa citada escena llena de suaves panorámicas en la mesa. Ocurre lo mismo en el final, algo que verbalizará Kevin.

¡Comes y hablas!"





La playa será el lugar predilecto de “Little”, un lugar que resultará simbólico para él, de aprendizaje e iniciación. Allí aprenderá a nadar con Juan, tendrá su primer y único encuentro sexual con Kevin (Jharrel Jerome), se resguardará del mundo disfrutando de su soledad, la mirará con cariño y añoranza en la escena final…


La escena en la playa aprendiendo a nadar es bella, pero excesivamente enfatizada con esa cámara cómplice semiacuática. De nuevo las panorámicas con los efectos de sonido.



Es interesante la estructura impresionista, episódica, del film, donde todo parece seguir igual, pero algunos personajes salen de escena sin que se nos explique qué fue de ellos. Así ocurrirá con Juan. A Teresa no la veremos en el último acto, aunque se la mencionará.

No es una película concluyente tampoco como relato adolescente, ni siquiera como retrato del universo afroamericano. No da ninguna visión original ni cuenta nada nuevo, zambulléndose en clichés y tópicos clásicos (no significa que no sean reales), recorre terrenos manidos, si bien lo hace con tacto.

El retrato de unas vidas remendadas, tristes, que sobreviven, siguen adelante, sin una pasión definida, por puro instinto de supervivencia o algo que los motiva (el hijo de Kevin), tirando por donde pueden más que por donde quieren. Y en esa vida mediocre, Kevin haya la paz y la tranquilidad.

Nunca hice algo que realmente quisiera hacer”. “Nunca he sido yo mismo realmente”.




Y es ahí donde, reconociéndose también, “Black” confesará lo que lleva dentro, una confesión que denota sufrimiento, ese secreto oculto del que parecía no poder deshacerse, ante el que creía no podría encontrar comprensión. Es muy bello ese plano casi paternal del amigo acariciando la cabeza de “Black”. Será justo antes del plano final, con “Little” en la playa, en una evocadora vuelta a la niñez, su lugar para la paz.





Buena película, correcta, realista, nada efectista, que huye con acierto de los tópicos sensibleros, aunque puede resultar monótona en muchas ocasiones, donde no hay denuncia ni se pretende. Es un retrato íntimo de un sufrimiento y un sentimiento, punto de vista que está entre las grandes virtudes del film. Pero todo suena a ya visto, sumado a esa poética estética ocasional que no logra la coherencia deseada con su fondo. Que no termina de funcionar ni en su vertiente reivindicadora de la identidad afroamericana, ni como retrato adolescente. Una divergencia del estilo con respecto a lo que cuenta que transmite cierta frialdad, que no conectemos del todo en ocasiones. Donde a pesar de ser sutil lo sabemos todo, por lo que da la sensación de excesivo ensimismamiento, lentitud, que podríamos llegar a lo mismo con menos tiempo…  Es necesario recordar la notable “Los chicos del barrio” (John Singleton, 1991).




Aunque parezca que no, quiere abarcar mucho, quedándose un poco a medias en casi todo. Es apreciable sin duda, con algunos buenos momentos, pero definitivamente sobrevalorada.




Lee aquí la 1ª Parte del análisis.


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