miércoles, 3 de septiembre de 2014

Crítica: EL GRAN HOTEL BUDAPEST (2014) -Parte 1/3-

WES ANDERSON












Wes Anderson se ha convertido en director de culto gracias a su personal estilo y al extravagante tono de sus films, más que por su profundidad conceptual o transgresión. El hecho es que guste más o guste menos, y con Anderson no suele haber término medio, es un autor en fondo y forma completamente reconocible, lo que ya es algo a su favor en principio.

A Anderson o se le ama o se le odia, encanta o repele, tiene encendidos fans o viscerales detractores, aunque su cine no merece tanta intensidad. Sus películas no suelen ser ofensivas, son desenfadadas, poseen un sentido del humor excéntrico, extraterrestre, que no es del gusto del todo el mundo ni todo el mundo entiende, un estilo visual muy depurado y definido, lo que lleva al exceso de esteticismo o la vacuidad en muchas ocasiones, y un tono humorístico con sordina poco habitual en comedias… Todos estos elementos de contraste son los que generan la controversia y que público y crítica se dividan casi siempre con cada obra del cineasta.


Esta última “El gran hotel Budapest” ha sido considerada como más accesible y ha recibido mayor beneplácito del público aunque no se sale ni un ápice de los habituales postulados éticos, estéticos y conceptuales del director.

Con “Fantástico Sr. Fox” el director logró amoldar una buena historia, accesible y reconocible, a su propio estilo, creando personajes entrañables y haciendo muy efectivo ese humor que en ocasiones produce desconcierto. Aquí parece haber vuelto a encontrar ese tono, al menos para buena parte del público.

Las claves tanto conceptuales como visuales de Anderson son muy reconocibles, las podemos ver a lo largo de toda su obra, así es bueno analizar todas ellas para comprender mejor su estilo y cómo encaja en esta cinta.


Anderson no suele lograr la perfecta comunión entre todos los elementos de los que dispone, por lo que sus obras resultan irregulares, con buenos momentos y otros que provocan el aburrimiento o la más radical indiferencia. Con “Fantástico Sr. Fox” (2009) eso cambió en cierta medida, logró su obra más cohesionada, quizá por ser una adaptación. Una película que lograba la vitalidad de la que carece su cine en muchos momentos, cayendo en el ensimismamiento o la falta de ritmo y cohesión. Todos esos defectos proceden a menudo de la manera en la que Anderson se recrea en su peculiar sentido del humor sin acabar de definir el tono y olvidando el fondo de su historia.

-Una de las características más llamativas del cine de Anderson es su humor extravagante, algo surrealista, con cierta sordina, absurdo y también entrañable. Ironía y ternura que se mezclan y que o bien entusiasma o bien deja perplejo. Un humor muy personal del que aquí desgranaremos algunas de sus claves.


-La familia, a veces disfuncional, otras desestructurada, otras normal… sus problemas y desavenencias, sus conflictos y cariños, sus interioridades... son indagadas con humor, ternura e ironía en casi toda la filmografía de Anderson.

-El viaje, generalmente físico, pero en ocasiones interior, con un objetivo mítico que simbolíce la transformación y evolución de los personajes, un mayor conocimiento de sí mismo, suele vertebrar buena parte de las cintas de Anderson, uno de sus recursos narrativos y conceptuales predilectos. Una de las estructuras más queridas por el diretor .


-La aventura sigue la misma línea y mismas intenciones que lo anterior, de hecho se fusionan a menudo. Un viaje donde siempre se viven aventuras que ayudan a la madurez y desarrollo de los personajes.

-Un símbolo. Siempre suele haber un objetivo buscado o deseado, a veces es físico, otras mitológico, inalcanzable, simbólico o revelador, que sirve de catarsis y aceptación y reconciliación con nuestra propia naturaleza y ser.

-Suele haber antagonistas, villanos de una pieza que deben existir para que los protagonistas superen sus retos, vivan las aventuras que les harán madurar y ejecuten los viajes que favorecerán su desarrollo. Villanos funcionales sin más.


-Los personajes caricaturescos, a lo que ayuda su estilo visual, siempre tendrán rasgos definitorios, gestos, elementos físicos o en el vestuario que los definan y den un toque especial, excéntrico también.


-Apatía, conformismo, desidia, hastío vital… son aspectos que definen a los personajes de Anderson y sus historia al comienzo de las mismas, ante los que se rebelarán, luchando contra ellos, para lo que usarán la aventura y los viajes mencionados como recurso. La búsqueda como apuesta para recuperar la vitalidad, las ganas de vivir.

-Las relaciones suelen tener siempre un toque entrañable y tierno, con la amistad como apuesta firme dentro del tono irónico y extraterrestre de su humor.

-Los personajes de Anderson son muy auténticos a pesar de su excentricidad y aparente superficialidad. Suelen decir siempre la verdad cuando hablan de sentimientos aunque su tono parezca frívolo o poco serio, un poco como manifestación de la propia obra del director, que peca de esteticismo vacuo en ocasiones. En ese contraste está otra de las claves del humor extraterrestre de Anderson.

-Anderson gusta de contrastar en sus escenas elementos excéntricos con otros mundanos, es uno de sus recursos humorísticos predilectos, humor a través de ese contraste que convive en aparente armonía.


No sólo definen a Anderson como autor sus elementos conceptuales, visualmente es un director muy personal, con un estilo muy definido y depurado, completamente reconocible y con rasgos muy marcados y distinguibles.

-La frontalidad y el estilo geométrico es el principal rasgo estilístico que define el cine de Anderson. No hay plano en la película que no sea frontal, sin angulación alguna al encuadrar, algo común a toda su filmografía, una depuración estilística extrema. Incluso los planos y contraplanos serán frontales, situando la cámara frente al actor para que recite su diálogo sin mostrar al otro, aislado. Cuando quiere mostrar a los dos lo hará desde un lateral, también de manera frontal. Esta frontalidad a la que me refiero es con planos estáticos, aunque se mantendrá en todo momento, con travellings o al término de panorámicas. Los travellings de acercamiento o retroceso, manteniendo escrupulosamente la frontalidad siempre, también son habituales de su cine.

-La frontalidad no implica prescindir de movimientos de cámara, sus travellings también serán frontales, cogiendo a los personajes desde su perfil y acompañándoles o retrocediendo ante ellos, pero siempre desde la extrema frontalidad.

-Anderson siempre usa el gran angular, unas veces de forma más marcada que otras, aspecto clave en su estilo visual que le permite desvirtuar ligeramente la imagen, acentuar la extravagancia, caricaturizar a personajes y entornos, darles ese aspecto irreal que tiene su cine y que se amolda a la perfección al tono y trama de sus historias.

-Las panorámicas son otro rasgo estilístico muy reconocible en Anderson y también coherente con las reglas de frontalidad y estilo geométrico y rígido que tiene su look visual. Serán panorámicas siempre de 90 o 180 grados estrictos, ni uno más ni uno menos.

Narrativa metalingüística.

El gran hotel Budapest” nos relata la historia de Gustave, un competente, brillante y seductor de maduras conserje de hotel que se ve involucrado, junto a su mozo de portería, en una aventura al recibir un cuadro en herencia de una de sus huéspedes y amantes sin comerlo ni beberlo, provocando el recelo de su perversa familia. 

La película de Anderson es un goloso juego metalingüístico, como si de un homenaje velado a “El Quijote” de Cervantes o un saludo a Paul Auster se tratara. Estamos en un relato que nos incluye en otro relato que a su vez nos incluye en un tercer relato... relatos que se transmiten de generación en generación, como Anderson muestra magistralmente al situar a una niña que lee el relato escrito de un joven que ahora es viejo al que se lo contó otro anciano…





La cinta se inicia con una joven estudiante, seguida con un travelling lateral frontal, por supuesto, que va a homenajear y leer un relato ante la estatua del autor de la obra que tiene en sus manos, autor en sentido abstracto, ya que no se cita su nombre. Esto nos introduce en el relato, que es contado por dicho autor en su mesa, interpretado por Tom Wilkinson, un flashback que nos lleva a 1985. Por supuesto, la presentación de Wilkinson, el autor, y su prólogo a la historia que va a relatar, introduciéndonos en otro relato, será con un plano frontal. La interrupción del niño es el típico elemento excéntrico de Anderson, lo cotidiano y familiar infiltrándose en lo creativo o especial… Un niño que parece un villano de James Bond y que es perdonado simpáticamente por el escritor. Está brillante Wilkinson en la escena, ya que deja traslucir su inquietud antes de la interrupción, como viéndola venir.




Esa interrupción es mostrada con una de las mencionadas panorámicas de 90 grados, donde vemos a alguien pintando la pared también. Muchas de estas panorámicas son precedidas por un travelling de retroceso. También las hay de 180 grados, son las dos opciones para las panorámicas, un ejemplo lo tenemos en las comidas de los trabajadores del hotel presididas por Gustave, ante las que recita poemas.

Estas panorámicas muestran fuertes vínculos entre un elemento de importancia o urgencia y un sujeto.

Al concluir la cinta saldremos de todos los relatos de la misma forma en la que nos introdujimos, recorriendo el camino inverso, de la historia de Gustave (Ralph Fiennes) en 1932 a la del escritor en 1968, de ahí veremos al escritor veterano y de ahí a la niña que lee el libro… De esta forma se cierra el círculo narrativo metalingüístico con plena coherencia.

Anderson recurre a la animación, lo artesanal y el stop motion, técnica que ya usó en “Fantástico Sr. Fox” (2009), por ejemplo en la presentación del hotel al introducirnos en otro relato, la vivencia del autor. Hay cierto toque Méliès. Aquí seguimos con la frontalidad, evidentemente, mientras nos introducimos en un nuevo flashback, flashback del flashback, 1968.

Los ascensores tendrán bastante presencia en la cinta, los veremos en esta parte del relato y también en la de 1932. Representan la indagación del relato, el misterio al profundizar en el interior de un recuerdo, la evolución. Como primer aparato elevador veremos el que lleva a los huéspedes a la cima donde está el hotel, que veremos subir cuando se nos relate la fama que tuvo el lugar y bajar cuando se hable de su declive. Una ciudad balneario para cuidar la salud, cosas como la neurastenia…





Tendremos otro en 1932, uno rojo donde se recitan poemas y precedido de bromas sobre esmaltes. Aparecerán muchas veces durante la historia para ver subir y bajar a los personajes, incluido en el clímax final.

El último ascensor que veremos será el que se lleve a Zero Mustafá tras haber contado su historia y despedirse del escritor. Un romántico amoroso, no por el mundo que representa Gustave.



 





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