miércoles, 9 de diciembre de 2015

Crítica: EL TREN (1964) -Parte 2/4-

JOHN FRANKENHEIMER











La sencilla metáfora.

La escena donde la encargada del museo clandestino, la señorita Villard (Suzanne Flon), pide el rescate de los cuadros que Waldheim pretende llevarse en tren a Alemania, define la metáfora de la película y el simbolismo de dichos cuadros. Cuadros que representan el sentido patriótico, a la propia Francia, su esencia y legado. El alma nacional.



Esta escena estará rodada con continuos encuadres en picado y contrapicado, que resaltan de forma especial la figura del héroe, de Labiche (Burt Lancaster), sin minimizar la de la mujer, Villard. Además de la gran significación que logra Frankenheimer con los encuadres y las posiciones de cámara, la película y su dirección estarán repletas de sutilezas. Como ejemplo esa mirada complaciente y comprensiva de la señorita Villard ante el absurdo comentario de uno de los compañeros de equipo de Labiche, Didont (Albert Rémy): su ligera sonrisa piadosa y compasiva.

¿No tiene copias de esos cuadros?






-Labiche no se planteará inicialmente esa misión, querrá destruir un tren de armamento, aunque Didont mencione la idea de ayudar a la señorita Villard. La metafórica misión irá aclarándose en el horizonte del grupo de la resistencia poco a poco, como un anhelo, una sensación más fuerte que ellos, lo que la hace irremediable, como si su inconsciente les destinara a ello. La consciencia de patriotismo haciéndose visible tras la espesura. Lo genial de esta metáfora es su abstracción con respecto a los héroes: el grupo de Labiche no sabe nada de arte ni le interesa lo más mínimo, es gente práctica y no ve en esos cuadros nada de especial valor ni para ellos ni para Francia ni para la guerra, pero por algún motivo acabarán jugándose la vida para rescatarlos, sintiendo la necesidad de protegerlos, entendiendo de forma inconsciente su significado. Ahí radica la fuerza del simbolismo de esta idea y planteamiento. En cambio, el Coronel alemán, Waldheim, sí será un amante del arte, entiende a la perfección el valor de esos cuadros, más allá de su valor monetario, el valor artístico, por tanto también entiende lo que sería despojar de ellos a los franceses, pero no su simbolismo, aunque ese no sea su propósito único. Es más egoísta, es pasión por el arte pura y dura. La fuerza del conflicto es evidente: inconscientes indiferentes al arte dando su vida por rescatar unos cuadros que no comprenden contra un apasionado del arte que daría también la vida por ellos. Duelo de intangibles, el simbolismo patriótico contra la sensibilidad artística.




-Tras la muerte de Papa Boule este idealismo patriótico se exacerbará en los compañeros de Labiche, que querrán luchar por lo mismo que el difunto, por algo más elevado que sus vidas, un compromiso consigo mismos y con su país, “algo que no pueden abandonar”. Labiche tiene una visión más práctica, trata de poner sentido común sabiendo como sabe que la guerra está al acabar, que los nazis han perdido y que arriesgarse por unos cuadros no compensa… La seguridad y firmeza de sus compañeros, muy distintos pero de acuerdo en esto, hará cambiar a nuestro protagonista finalmente.



-Ese sentimiento patriótico genera vínculos y lazos invisibles, que no son necesarios verbalizar. Un sentimiento arraigado que Frankenheimer expresa brillantemente con la sencilla metáfora del tren. Así lo demuestra con el personaje de Christine (Jeanne Moreau), que ayuda a Labiche sin conocerle de nada, arriesgando su vida por una causa difusa, de la que no tiene información más allá de la lealtad a unos ideales patrióticos. Creará un vínculo afectivo vertebrado en esto con Labiche. Es la vida y el patriotismo unidos de forma metafórica en un tren y unos cuadros.



-Toda esta idea la escenifica Frankenheimer sin palabras, lazos invisibles que unen a hombres. Lo vemos con el grupo de Labiche, con la colaboración de Christine o la del propio jefe de estación, que se amordaza a sí mismo sin necesidad de instrucciones. Otro detalle del talento visual que podemos disfrutar en esta película.


-En el final Labiche, irónicamente, defenderá y se jugará la vida por algo material que en realidad no le interesa, pero entiende que lo que simboliza sí es importante, aparte de cierto orgullo personal en la empresa por los amigos perdidos. Lo importante es la conversión de esos cuadros en objetos patrióticos, un orgullo nacional al que se apela, unos objetos que acaban desposeídos de su esencia para sublimarse y trascender más allá de su consideración.

Labiche (Burt Lancaster) es un francés infiltrado en la infraestructura alemana, un francés de confianza... relativa.



Papa Boule (Michael Simon) es un nuevo personaje que se suma a la trama, colaborador del trío de la Resistencia, maquinista. Él será el encargado de llevar el tren con los cuadros. Frankenheimer lo presentará con un travelling. El director no usa en exceso el zoom, un vicio algo hortera del que se abusó en demasía en los años 70, pero cuando lo hace es con plena significación y sentido, por ejemplo el que realiza a las monedas que pide Papa Boule y que cobrará sentido posteriormente.



La asombrosa naturalidad de la puesta en escena.

La misión y el juego de ingenios no tardan en comenzar. Así lo confirma Waldheim, mintiendo para evitar que se cancele la salida de su preciado tren con los cuadros. El juego de inteligencias, ingenios y muestra de recursos de los dos antagonistas, Waldheim (Paul Scofield) y Labiche (Burt Lancaster), es uno de los pilares de la narración, realmente excelente, sabroso. La salida del tren del arte dirigido por Papa Boule nos deja un simbólico plano, el vapor inundando todo el encuadre para poco a poco ver cómo pasan los vagones. Un futuro complicado y delicado se cierne sobre ese tren, aunque al ver como ese vapor se desvanece parece indicar que su destino no será del todo trágico. El tren del armamento, conducido por Didont, por su parte, saldrá a su hora y llegará puntual a Vaires, a las 9:45. Otro zoom nos mostrará a Labiche en lo alto de la torre en Vaires, vigilante, expectante, como un Gran Hermano que cree tenerlo todo controlado. En poco tiempo se humanizará y tendrá que mancharse las manos.



-Es aquí donde tendremos un grato ejemplo de la virtuosa puesta en escena de Frankenheimer, la naturalidad y complejidad en el manejo de grandes escenarios y múltiples extras. Naturalidad y brillantez pasmosas. Trabajadores pasando indiferentes ante el tren que está a punto de llegar a la estación, maquinistas demostrando su dominio en el manejo de sus máquinas... tienes que deleitarte viendo como manejan las máquinas, desenganchan vagones, los enganchan en otros lados, juegan con las manivelas…


-Mencioné anteriormente el embelesamiento que produce a los grandes cinéfilos esos planos largos donde vemos a actores ejecutando determinados trabajos, haciéndolos artesanalmente (por ejemplo el empaquetamiento de cuadros). Aquí, con los maquinistas manejando sus locomotoras, tendremos una nueva escena para saborear, el cambio de locomotora es una virguería, aunque el clímax llegará con nuestro protagonista, Burt Lancaster, haciendo en un solo plano una pieza para una locomotora averiada, como ya señalé. Placer cinéfilo de primer nivel.


Esta escena de Lancaster haciendo una pieza para la locomotora es hipnótica. Siempre que veo escenas así me viene a la cabeza “La evasión” (Jacques Becker, 1960) y esos magistrales planos sostenidos de los guardias revisando los paquetes que los familiares envían a los presos…




-Los trabajos con la grúa para elevar las locomotoras siniestradas y dejar libres las vías también son mostrados en planos generales, sin trucos… La autenticidad y el placer de saber que no hay efectos digitales.

Es increíble la naturalidad y profesionalidad que transmiten todos los actores en sus funciones, como si se hubieran dedicado a esas labores y trabajos toda su vida. Por supuesto también hay documentalismo con trabajadores reales.

-Otro excelente ejemplo de esto: la escena donde Didont desengancha la locomotora para que choque con el tren descarrilado, momento que vemos en un solo plano, con el tren en marcha, sin trucos, de mismo modo que vemos bajarse del tren en marcha al propio Labiche (Burt Lancaster).



Frankenheimer creará una excelente atmósfera y suspense con un pleno dominio del punto de vista. El plan es ganar tiempo, los minutos necesarios para que los aliados lleguen y bombardeen sobre el tren con el armamento. Con una panorámica desde el punto de vista de Lancaster, que mira por sus prismáticos, volvemos a ver la magistral puesta en escena y la situación de cada elemento, una dirección soberbia y precisa.



Añadiendo más elementos para generar tensión: De la misma forma que Frankenheimer hizo hincapié en las monedas que cogió Papa Boule, nos resaltará la pipa que fuma un militar alemán junto a Labiche (Burt Lancaster), y que será clave posteriormente. Este juego de cebos y ecos con objetos es un magnífico detalle de guión y planificación al que el director saca todo el partido.




Un nuevo y suave zoom sobre el reloj de pulsera de un militar alemán nos delata la hora fijada para el bombardeo, las 10 en punto. La conclusión de esta portentosa secuencia no puede ser mejor: El orgullo nacional de Papa Boule llevando el tren del arte bajo las bombas; Burt Lancaster exhibiendo su virtuosismo atlético en un solo plano bajando unas escaleras y montándose en un tren en marcha, sin dobles, rememorando los tiempos del circo; y el bombardeo en plano general… Un bombardeo donde vemos muchas bombas y ni un solo avión… lo que es el talento de un director…





Una vez Papa Boule salve el tren encontraremos sentido al cebo de las monedas que vimos anteriormente, usadas para sabotear su máquina. Un sabotaje bien planificado aunque descubierto. Esto llevará a Papa Boule (Michel Simon) a ser fusilado. La forma en la que Frankenheimer retrata el dramático momento es otro ejemplo de su talento como director y del mencionado manejo de los segundos planos y los encuadres con profundidad de foco y grandes angulares. Extremos primeros planos de Labiche ante el inminente suceso que retratan su estado de ánimo, siempre en un lateral del encuadre, como también sucede con los de Waldheim, dejando el resto del mismo para mostrar el entorno, a veces indiferente o intrascendente, difuso, como en los planos de Waldheim, y en otras ocasiones influyente, vinculado al estado de ánimo del personaje, la causa del mismo, como en los planos de Labiche con el arrestado Papa Boule al fondo. Todo según las necesidades narrativas y dramáticas.




Evolución hacia el patriotismo espiritual.

La muerte de Papa Boule produce un cambio en Labiche, que a partir de ese momento se tomará como algo personal el rescate de los cuadros que tanta indiferencia le producían, por los que el maquinista entregó su vida. Esto se resalta con un encadenado de una llama sobre el rostro de Lancaster antes de la primorosa escena mencionada donde le vemos hacer una pieza para la locomotora en un solo plano. Pura genialidad, poderío y talento visual.




El trío de esta pequeña resistencia, partisanos, lo forman Labiche (Burt Lancaster), el líder, Didont (Albert Rémy) el más empático y alegre, y Pesquet (Charles Millot), el más serio y taciturno. Tres personajes muy distintos pero todos comprometidos y con una sensibilidad especial… aunque no sepan nada de arte.


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