jueves, 2 de febrero de 2017

Crítica MOONLIGHT (2016) -Parte 1/2-

BARRY JENKINS










Seguramente, la máxima competidora de “La la land” en los Oscar al estar nominada en ocho categorías y venir de ganar el Globo de Oro a mejor película dramática, sumado a esa posible intención de compensar la polémica racial del año pasado.

Son varias las películas con presencia afroamericana, ya que a esta hay que sumar “Fences” (Denzel Washington, 2016) y ”Figuras ocultas” (Theodore Melfi, 2016), que tratan de distinta manera el problema racial.


Esta versión afroamericana de “Boyhood” (Richard Linklater, 2014) es una buena película, correcta, que deja buenos momentos y tiene algunas buenas ideas, pero queda lastrada por ciertos defectos y otras ideas poco convincentes. Se antoja sobrevalorada.

Nos cuentan la historia de “Little”, al que seguiremos en tres edades distintas: Infancia, adolescencia y edad adulta. En cada una de ellas está interpretado por un actor distinto. En la infancia lo conoceremos como “Little” (Alex L. Hibbert), en la adolescencia como “Chiron” (Ashton Sanders) y de adulto como “Black” (Trevante Rhodes). La película también se dividirá en tres actos, titulados con los sucesivos nombres del chico. Transgresión siguiendo las andanzas de un afroamericano gay.






Jenkins plantea su film como una especie de círculo vicioso e infernal donde la comunidad negra parece condenada a repetir los mismos errores, porque no hay otra salida, pero con redención. Es por ello que los paralelismos serán constantes, apareciendo muchas de las mismas ideas y personajes en los tres episodios, donde el chico protagonista acabará convertido en una especie de copia de aquel que fue su mentor y protector en la infancia (Juan)… Las exploraciones sexuales (los chicos enseñándose sus miembros en la infancia, la escena de la playa en la adolescencia, la polución nocturna en la edad adulta…); el chico acosado por gente de su colegio; los encuentros con el amigo que parece el único con el que mantiene relación; la sexualidad, de la escena donde se muestran los miembros en la infancia a las historias de Kevin y sus polvos y su encuentro playero tras el colocón de porros; la pregunta infantil sobre los “maricas” y sus pulsiones sexuales posteriores; los sueños eróticos, en la adolescencia y edad adulta; el grito humillante de la madre en la infancia que será recordado en la edad adulta; hundiendo su cara en hielo, primero para bajar la inflamación tras la adolescente paliza (es cuando se produce el cambio en él), luego como ritual mañanero... Eternos Sísifos condenados en busca de redención.





Jenkins cuenta mucho con sutilezas (ver bailar a “Little” con soltura, pero incómodo jugando al fútbol, esa televisión que el chico desea ver y que luego desaparecerá de la casa…); la desaparición de Juan sugiere un trágico final para el vendedor de drogas… Su juego con las miradas y los silencios, muy significativos, también es notable.



Pero donde alcanza el clímax emocional es en la magnífica escena madre-hijo en la edad adulta del protagonista, cuando va a visitarla en su internamiento. Una petición de perdón, una declaración de amor y un derrumbamiento emocional francamente bello. Una preciosa escena. Atentos a los momentos con el cigarro, la lágrima que el hijo seca a su madre y el abrazo.


Barry Jenkins se deleita con un ejercicio de estilo en exceso esteticista para el tema que trata, ensimismándose demasiado en recursos estilísticos que generen una poesía que chirría un tanto. Un estilo que pretende un tono y una atmósfera cuidada, algo que logra, con pulso y tacto, con sensibilidad en muchas ocasiones, y alejado de la sensiblería y lugares manidos de este tipo de dramas, pero que se integra mal con el fondo, con el tema de la película, fondo conceptual y forma no hacen un buen matrimonio. Una sencillez que pretende ser sofisticada que no encaja del todo bien. Retrata un ambiente sórdido sin enfatizar esa sordidez, aunque de una forma en exceso estilizada.

Una película lenta, tranquila, que dedica más tiempo a indagar en los rostros el impacto de los sucesos que acontecen (pocos), que a crearlos o a definir una narración, ya que es un fresco impresionista, episódico.

El rasgo de estilo más destacado y que más he apreciado, es el uso de las panorámicas, que suponen la columna vertebral narrativa de la obra. Las usa de diversas formas y casi siempre con cierto, exponiendo emociones, manejándolas con los ritmos adecuados para cada circunstancia, consiguiendo las necesarias diferencias y contrastes buscados.

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En unas ocasiones esas panorámicas serán cálidas, como esa escena en casa de Juan (Mahershala Ali) y Teresa (Janelle Monáe) junto al silencioso “Little”, antes de que hable por primera vez. Se forja un vínculo que asemeja la normalidad familiar. Una escena bonita, pausada, donde se logra el tono adecuado con los vaivenes de la cámara.

En otros casos la cámara suma a las panorámicas más movimiento, una cámara al hombro, inestable, pero que no resulta nunca molesta, dedicada al caos de la vida de ese chico, en su entorno familiar, junto a su madre, en el colegio… La enfermiza relación con su madre es mostrada con movimientos de cámara, pero también con el uso del montaje.




Zooms ensimismados y desenfocados, sin un objetivo fijo en ocasiones o con muchos elementos delante, como cuando “Little” baila alegremente frente a un espejo. O ante el descubrimiento de la televisión desaparecida (vendida para conseguir dinero).

Usa bien el color, esos azules que denotan soledad, pero también decoran momentos íntimos y bellos. O los ocres, a veces cálidos, a veces desamparados.


Con todo, desconcierta esa escena al inicio de la cinta, ese plano secuencia que sigue a Juan (Mahershala Ali), con cámara al hombro, girando y girando, mientras saluda a su amigo camello, que no parece tener especial sentido. Una idea que parece querer hacer un retrato conjunto en el que lo cotidiano se cruza con el hampa o viceversa, camellos que ven a unos chavales persiguiendo a otro colegial…




En el inicio, la cámara de Jenkins parece adoptar el punto de vista del crío, siempre junto a él, viendo pasar el mundo. También en las angulaciones se busca esa idea, solidaria siempre con él. Usa planos muy largos y mucha sobriedad en los planos y contraplanos, como en esa escena en la cafetería donde Juan da de comer a “Little”. Rueda bien Jenkins, con seguridad.




Un buen ejemplo de esa sobriedad, donde además prescinde de los movimientos de cámara, es en la sincera y seca conversación de Juan y Teresa con “Little” cuando el primero le reconoce al chico que vende droga. Rezuma comprensión y tolerancia esta conversación que termina, desgraciadamente, en decepción.




La larga secuencia final, con el “Cucurrucucú Paloma” de Caetano Veloso como preámbulo, también rezuma sobriedad y detallismo. Planos sobrios, largos, recurriendo a la planificación de planos y contraplanos en la conversación, y con travellings y panorámicas en las transiciones, como en las exposiciones de lugar. La entrada al restaurante es un ejemplo de esto último.



Es cierto que se alarga en demasía, adentrándose en la psicología de los personajes y el momento, con pulso, pero con riesgo de resultar cansina mientras uno come y el otro trabaja… Un ejemplo: las interrupciones en las conversaciones, la escena dedicada a la preparación de la cena por parte de Kevin… Hay naturalidad, pero también puede resultar aburrido. En cambio, hay otros momentos bellos y brillantes, como la mirada a la puerta, escenificando la tentación de irse, sobre todo al conocer que Kevin (André Holland) tiene un hijo, o el momento de la canción y los silencios.




Morosa, donde lo más interesante parece conocer las intenciones de ese amigo que dice conocerlo tan bien, el porqué de su llamada.







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